martes, 25 de julio de 2017

Novela corta: COWBOY SONG


“Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo”
Franz Grillparzer (1791-1872)

Hola de nuevo, seguro que más de uno ya pensaba que no iba a volver a aparecer... Lo cierto es que yo casi también, porque es que han pasado ocho meses desde que publiqué por aquí, bastantes más desde que escribí algo nuevo ('PIGS' fue lo último reseñable que conseguí sacar). En medio de esta yerma fase en lo que a inspiración se refiere, he experimentado las típicas crisis (de sobra conocidas por cualquiera que haya estado en estos zapatos), en las que no terminaba de ver utilidad ninguna a plasmar las historias que se me ocurrían, haciendo que la pereza finalmente derrotara a la ilusión. Eso unido a que mi estado físico no me da demasiadas alegrías y que sigo algo quemado con el desagradable episodio que viví el año pasado en relación al mundo literario de la web (que pese a ser enorme no evita que nuestros egos colisionen de la peor manera posible), me ha tenido apartado del papel mucho tiempo. Sólo un par de poemas y canciones sin importancia me han mantenido sin desconectar completamente, lo suficiente para darme cuenta de que lo mío es más el relato largo que los versos ;)

Pero al final la cabra tira al monte y, siendo inevitablemente animal de costumbres, no es de extrañar que haya sido la música la que me ha devuelto a la senda. Escuchando a mis admirados "Thin Lizzy" y su espectacular "Cowboy Song", empecé a elucubrar esta historia, ambientada a mediados del S.XIX en un lugar indeterminado de la frontera entre los Estados Unidos y México. Vamos, un tópico con patas que avergonzaría a Clint Eastwood. Menos mal que el (re) descubrimiento del grupo "The Band" , terminó por darme las pistas para darle una vuelta de tuerca y encontrar un camino más enriquecedor en el que he podido aprender muchas cosas sobre las personas reales detrás de los personajes. De ahí nace está pequeña novela musical, que es más un relato largo, aunque por extensión se denomina con el nombre 'grande', seguido de corta, que tampoco es plan de que nadie crea que esto es "Guerra y Paz" en lo que a páginas se refiere.  

Por último me gustaría cometaros que, en el periplo de Rosalie, vais a ver que cada capítulo se refiere a una canción concreta que ha inspirado parte de lo que dentro se cuenta. Algunas lo han hecho por su letra, otras por su título y algunas simplemente por el tono que transmiten, pero todas ellas han servido como hilo conductor mientras iba narrando la aventura. Hay rock clásico british (Los Lizzy, The Who), americano (El 'Boss' Springsteen) e incluso una pizca de pop (Fleetwood Mac). Por supuesto, no podía faltar ni el folk con aire sureño y corazón canadiense (The band con sus tremendas letras), ni la banda sonora por excelencia de este continente , el country (Johnny "Dios" Cash, the builders). Si queréis echar una oída a las mismas o dar un repaso a sus letras (y traducciones), os dejo un par de enlaces, uno con la 'playlist' de la novela en youtube, y otro con las citadas letras, en las que podéis descubrir bastantes guiños (sobre todo en "The Weight").


PLAYLIST "COWBOY SONG" EN YOU TUBE
Todas las canciones funcionan en el móvil menos la última, Cowboy Song


LETRAS CANCIONES


Así mismo, y debido a la longitud del relato, os pongo un enlace para acceder directamente a cada capítulo, por si queréis hacer la lectura en varios días.

COWBOY SONG (I) - ROSALIE THE COWGIRL SONG
COWBOY SONG (II) - THE WEIGHT
COWBOY SONG (III) - BEHIND BLUE EYES
COWBOY SONG (IV) - THE CHAIN
COWBOY SONG (V) - THE NIGHT THEY DROVE OLD DIXIE DOWN
COWBOY SONG (VI) - BRINGIN' HOME THE RAIN
COWBOY SONG (VII) - DARKNESS ON THE EDGE OF TOWN
COWBOY SONG (VIII) - AINT NO GRAVE CAN HOLD MY BODY DOWN
COWBOY SONG (IX) - COWBOY SONG



Sin más dilación, os dejo con la novela corta. Espero que os guste y os animo a comentarme que es lo que más os ha gustado y lo que menos, a fin de seguir aprendiendo.

Gracias a los que seguís por ahí a pesar de la larga ausencia. Espero que os merezca la pena el haberos quedado.





COWBOY SONG


I – Rosalie, the cowgirl song

Rosalie, la canción de la vaquera (interpretada por Thin Lizzy, 1976)

Cuentan los ancianos que, en las áridas praderas a los pies de las montañas rocosas, existe un mar con la fuerza de cien olas y la majestuosidad del horizonte más brillante. Dicen además que aquel que lo ve, siente inmediatamente como el corazón se le desboca, tan salvaje y enrabietado, que sus pies quedan por siempre condenados al deseo de echarse a volar, libres de las ataduras del mundo terrenal. 

Han pasado muchos años pero Rosalie recuerda cada palabra, cada pasaje de esa historia que ha escuchado decenas de veces durante su infancia, en los tiempos en que portaba un nombre diferente. Alrededor del fuego o bajo la piel del ciervo antes de cerrar los ojos, era un relato de los que destacaba sobre los demás, una leyenda popular de las que hacía soñar con mundos lejanos y aventuras que hervían la sangre de las niñas inquietas de la tribu, resignadas desde nacimiento a crecer ancladas en un mismo lugar.

«Y, a pesar de todo, un sitio mucho más acogedor que este», piensa con ironía al entrar en el pueblo de Terragreda. Aún es muy temprano, ha llegado al punto de encuentro con tiempo de sobra, no es un día en que pueda permitirse improvisar. Durante un par de minutos se detiene bajo el sucio cartel colgante que nombra la villa, observando en la distancia donde el morado apenas empieza a disolverse entre los tímidos rayos del sol. Es de esas horas en que, para ver más allá de tus narices, todavía hay que entornar los ojos. Aunque a ella eso no le hace ninguna falta, de sus cuencas brotan un par de pozos grises rodeados de secuoyas esmeralda, los cuales siempre han tenido la agudeza que suele atribuirse únicamente a los pájaros, “Profundos tal que una conversación embriagada, seductores como un cubo de sopa en un invierno hambriento”, le susurraba Emmet con ternura después de hacer el amor. “Endemoniado Irlandés amanerado, una más y duermes en el establo”, refunfuñaba ella para disimular el rubor. 

Del estrecho callejón que da a la antigua cárcel, se cuela un golpe de viento que levanta indiscreto su raído sombrero de paja y deja a la vista el resto de facciones de la mujer: una boca pequeña y agrietada que se contrae en gesto tenso y la piel cobriza, curtida igual que la del caballo salvaje. En un acto reflejo, ha sacado la mano del poncho y se ha agarrado el sombrero, quedando ahora su vista a la altura de los dedos, estrangulados estos por enredaderas de cortes, tatuajes propios del trabajo en el campo. Mientras aprieta los dientes piensa convencida en que, aunque sus manos empiezan a arrugarse, aún serán lo suficientemente fuertes para tumbar a cualquiera de un puñetazo. Ya no es tan joven, roza prácticamente su tercera década, y lo más peligroso que ha tocado últimamente ha sido una azada oxidada, pero todavía hay momentos en que siente dentro la fiereza animal, la misma que tanta preocupación causaba en su abuelo. “Pequeña como un escarabajo, pero más indomable que el propio océano”, solía quejarse ante su madre, “si no se quiebra su tempestad interior, sus olas podrían arrasar el poblado

Aquellas palabras del viejo se han ido repitiendo en su memoria de tarde en tarde, de año en año. Una nube de flechas que se clavan en los sueños y agitan su espíritu, recordándole con nostálgica amargura cómo disgustaba su alma inconformista en la tribu, cómo cada paso que daba era escudriñado y cada inadecuado comportamiento severamente castigado. Y es que sus mayores, sabedores que el peligro del hombre blanco se expandía por toda la tierra, no estaban dispuestos a permitir que el fuego que latía dentro de una chiquilla determinara el destino de todo un clan. Aseguraban que aquella plaga de buscadores de tesoros, terratenientes y cuatreros de piel nívea, no eran de los que atendían a razones o se paraban a negociar, cogían lo que querían, si hacía falta por la fuerza, y hacía demasiado tiempo que los nativos no tenían la fuerza ni la convicción para hacerles frente. De norte a sur, a un lado u otro de la frontera, habían sido cientos los asentamientos que habían probado la pólvora sin haber tenido la mínima oportunidad de defenderse. No importaba si se trataba de fieros guerreros como los Apaches o pequeños poblados Navajos, cómo tampoco los tratados que se firmasen si luego llegaban bárbaros como el Coronel Chivington, un vicioso que vivía por y para la caza de lo que llamaba ‘salvajes’, actuando en nombre de su sádico dios. 

Con tal bagaje, la mayoría tenía claro que la mejor opción para la supervivencia era pasar lo más desapercibido posible, no relacionarse más allá de lo necesario, comercio de pieles y alimentos básicos para las épocas en que la comida escaseaba. Así que, en ese convencimiento, a fin de evitar un posible incidente o desafortunado malentendido, la infancia de la niña estuvo contaminada de la disciplina más estricta, cualquier cosa que hiciese falta para convertirla en la perfecta esposa, en un árbol invisible en medio de una gris llanura. 

Y así hubiese crecido si no se hubiera encontrado con aquel inesperado océano que arrasaba con todo a su paso. “La gran ola del búfalo”, reza la leyenda. Y quién se cruza con ella, queda contagiado de su sobrenatural fortaleza.
¿Cómo permanecer encadenada, cuando existe tal fuerza en el mundo? 





II – The weight
La carga (The band, 1968)

No importa quién cuente la historia ni en qué poblado, siempre comienza de la misma manera: «La llanura duerme en calma, la yerba crece orgullosa y las cigarras llenan el aire con su festivo cortejo. Entonces, en un súbito instante, los insectos callan y miles de aves vuelan despavoridas. El silencio dura tan sólo un segundo, un momento de quietud hasta que se desata la furia»

Aun ahora, a las puertas del pueblo, únicamente necesita cerrar los ojos y vuelve a revivir la misma imagen, casi le parece que el irreparable paso del tiempo jamás hubiera sucedido. Si se concentra, Rosalie puede oler de nuevo las plantaciones de trigo que las inundaciones se llevaron y llega a oír con nitidez el aullido del coyote que advierte la llegada del peligro. Transportada de vuelta a la juventud, siente los pies desnudos, la arcilla colándose entre los dedos mientras el suelo tiembla con la tempestad que se aproxima; un estruendo que sobrecoge el mundo, miles de pisadas retumbando contra la tierra y un viento huracanado que acompaña al desfile de las bestias. Braman soberbios y embisten con violencia, tal es su fortaleza que no hay montaña que pueda frenarlos, no existe río que pueda cortarles el paso. Así es la gran ola del búfalo, un fenómeno olvidado, tan extraño que se ha convertido en superstición. Una vista reservada a aquellos privilegiados destinados a vencer al destino. 

En la época en que se había topado con aquella estampida, la chica era poco menos que una inquieta hoja maniatada por las cuerdas de la tradición, una adolescente carcomida por la desazón y el odio. Fue sólo un minuto, pero aquel encuentro marcaría para siempre la vida de la joven india. Acostumbrada a las reglas de una tribu cegada y a los silencios resignados de su madre, el contemplar a los enormes cuadrúpedos en armoniosa avanzadilla, con su imperial trote y la mirada cargada de entereza, le había resultado perturbadoramente liberador. Al caer la noche no apareció por el poblado. Tampoco lo hizo al día siguiente ni al otro. La voluntad del dios de la montaña había anidado bien hondo en su corazón, y ya no estaba dispuesta a doblegarse ante nadie.

Desde que esta mañana del verano de 1866, con la luna aún vanidosa sobre su cabeza, se levantó y salió de la granja, ha estado tratando de rememorar lo que experimentó en aquel entonces. Cree fervientemente que va a necesitar de esa firmeza, especialmente cuando le flaquee el coraje y se note ahogada por la inoportuna indecisión. Por eso, a mitad del trayecto, al percibir los primeros temblores castañeando sus rodillas, ha cerrado fuertemente los párpados y visualizado en su mente el enjambre de cornamentas deslizándose sobre los herbazales. Al instante, ha empezado a notar la bilis subiendo por la garganta y la piel helarse estremecida, en contraste al calor candente emergiendo colérico desde el estómago. La sensación febril se ha apoderado de ella y la ha llevado a apretar los brazos bajo el poncho, con las manos rozando su menudo pecho y un cosquilleo en el bajo vientre que ha hecho que se le ruborizasen la mejillas. Ha sido tal la emoción y la seguridad que, durante un segundo, se ha desvanecido la rabia y ha creído poder olvidar el cometido que la ha llevado a estar caminando hacia aquel lugar de mala muerte, con el revólver de Emmet Moses escondido bajo la falda. 

«Una ola que lo arrasará todo». 

Para cuando el astro rey empieza a dibujarse tras la montaña sobre la que se asienta el pueblo, Rosalie ya está caminando lentamente por la calle principal, erguida y orgullosa a pesar de su corta estatura. Está convencida de que una presencia que inspire confianza podría evitar más de un indeseable acercamiento, no le apetece malgastar energías lidiando con borrachos. Mantiene la barbilla elevada, con el gesto arrogante intuido en unos párpados a medio abrir que observan con detenimiento a izquierda y derecha, buscando cualquier punto muerto entre los callejones. Sin embargo, no tarda en ser consciente de que no va a ser necesaria ninguna pose todavía; el paraje que se presenta ante ella es aun más lúgubre de lo que cabía esperar, únicamente un perro famélico escondido tras un carromato abandonado rompe la quietud de la estampa. Por suerte, no se adivina ni un alma humana con la que cruzarse antes de la reunión. 

Aliviada, se permite relajar un tanto los hombros y mirar con más detenimiento lo que ya parecen los restos de una ciudad. Las cortinas de los comercios permanecen bajadas, no hay caballos paciendo en las cuadras y el silencio más sepulcral ha sustituido al cacareo de las gallinas. Cualquiera que se presentase a las puertas del lugar tendería a pensar que se trata de una villa un tanto perezosa, de esas que comienzan el ajetreo diario bien entrado el sol. Pero los pocos que quedan en la región conocen bien la oscura realidad, la tristeza que asola a la comunidad de Terragreda. 

La comúnmente conocida como ‘tierra de arcilla’, había sido en su momento uno de los cientos de prósperos asentamientos del estado de Arkansas, años antes de la guerra. El suelo era agradecido con la siembra, y el clima, seco pero misericordioso, permitía llevar una vida tranquila a los granjeros que habían llegado huyendo de las complicaciones de la ciudad. Vecinos que se nutrían del comercio entre ellos y puntuales acuerdos con los pequeños poblados indígenas, todo ello mientras iban tejiendo una sólida comunidad, una que prometía seguir creciendo en armonía con la llegada de las siguientes generaciones. Pero la contienda finiquitó su sueño, y tras la caída de la línea de defensa sureña en Richmond, todo se precipitó rápidamente. 

En unos meses, con el ejército Confederado en retroceso, el territorio del resto de los estados fue quedando a merced de los saqueos, algunos de los soldados de la Unión, y la mayoría de forajidos de pacotilla que, cual buitres, estaban esperando el momento justo en que la presa se mostrase indefensa. Así, las descorazonadoras imágenes de pueblos fantasma se fueron sucediendo a lo largo del país, la gente encerrada en sus casas gran parte del tiempo, escondidos tras un pestillo ante la amenaza del pillaje y la extorsión. Terragreda no fue una excepción, y la prometida liberación de la que hacían lema los Yankees, acabó con la mitad de la población haciendo el petate. Los que se quedaron sufrieron aun peor suerte con la llegada de un grupo de renegados venidos de Alabama; un puñado de indeseables que cual cáncer pronto infectaría de miedo a la comunidad. 

Poco a poco, los habitantes fueron perdiendo la esperanza de volver a la vida que tenían y los que pudieron, comenzaron a mandar a sus hijos a las capitales cercanas, grandes ciudades donde se suponía que imperaba algún tipo de ley lo suficientemente justa para que tuvieran su oportunidad. 

«Asquerosos hijos de serpiente», se lamenta la mujer al tiempo que escupe al suelo en señal de desprecio. La imagen desierta de la que ha sido su casa por una década la enardece, le resulta demasiado frustrante comprobar con qué facilidad se ha demolido lo que tanto había costado construir. Resignada ante la evidencia, se sacude los malos pensamientos y emprende de nuevo la marcha, con la distensión que le da el saberse libre de una posible emboscada. Mas tiene la mala fortuna que, desde el horizonte, un rayo se escabulle sobre el cerro  deslumbrándola por un momento y haciendo que gire la cabeza hacia su izquierda, yendo su vista justo a detenerse en una par de tablones de madera mohosos y abandonados en el lateral de la calzada. Bajo ellos, entre el barro rojizo, unas tímidas lilas tratan de crecer ante la adversidad, mostrando algunos pétalos alicaídos. Unas insignificantes flores que, sin embargo, traen sin aviso reminiscencias que había guardado bajo llave, en un hueco en lo más profundo de las entrañas. 

—¿Por qué los hombres blancos persiguen a su pueblo, madre? 

En la mano llevaba el ramillete color violeta que apretaba con mimo. La tez de caliza heredada del padre la hacía resplandecer bajo el sofocante calor de verano, mientras que los labios, generosos y alegres, también regalo de Emmet, se llenaban de preguntas. La curiosidad que nacía con ellas, eso sí, la había obtenido sin duda de la madre, y, como cada día que tocaba recogida de la siembra, prometía desbordarse por toda la jornada. 

—Los hombres, da igual su color, siempre encuentran a alguien a quien odiar, Anna Lee. 

La niña sonrió, ajena a la gravedad de las palabras y atacó de nuevo. 

—¿Entonces, usted a quién odia? ¿Los odia a ellos? —preguntó despreocupada. 

Rosalie se detuvo un instante antes de contestar. Parecía una respuesta fácil, pero nunca lo era cuando la que preguntaba era Anna Lee. Una parte de ella siempre trataba protegerla de los horrores del mundo, pero con los años había aprendido que las medias verdades acababan trayendo más dolor que consuelo. 

—No me corresponde a mí juzgarlos —dijo con aplomo—, pero ya has visto que, en el momento que prácticamente acabaron con los míos, no tuvieron más remedio que volver a matarse entre ellos. 

—¿Se refiere a la guerra? 

La madre asintió solemne. La chiquilla acarició las flores de su ramo y arrancó de sopetón un pétalo de una de ellas.

—Padre dice que perdimos porque no sabíamos por qué luchábamos. 

—Nosotros no perdimos nada. Sólo estábamos sobre la tierra que pisaban los que fueron derrotados. Tu padre dice muchas tonterías cuando le entra la melancolía. 

La pequeña carcajeó de manera exagerada. Le hacían mucha gracia las palabras que no terminaba de entender. 

—Pero entonces —insistió haciéndose la distraída—, ¿nos va a pasar algo a nosotros? 

—No nos pasará nada. Este lugar es lo suficientemente insustancial para que los que tienen la mente pequeña nunca noten su presencia. 

Anna Lee dio un respingo como si se acabara de dar cuenta de algo. Se incorporó enérgicamente, puso gesto serio y acercó el rostro al de su progenitora. De repente mostraba una expresión de gravedad, en su rostro infantil parecía que habían pasado décadas de golpe. 

—¿Está completamente segura, madre? —Su intensidad se reflejaba en las flores en su mano, ahora casi estranguladas— Yo estoy lista para pelear al lado suyo y al de padre, no crea que me dan miedo. 

Rosalie se sorprendió en un principio, le costaba acostumbrarse a ver tal grado de profundidad en el alma de Anna Lee, la misma que ella había tenido desde que podía recordar. Sus olas podrían arrasar el poblado”, acusaba el viejo. Daba cada día gracias a los dioses de la montaña por hacer que la chiquilla pudiera jugar y recoger flores, en lugar de haber tenido que crecer con el resentimiento cosido a su sombra. 

—En el mundo, lo único seguro es que el Dios Sol se marcha por el oeste. 

Amorosa, empezó a acariciar los cabellos tostados de la niña, al mismo tiempo que pensaba que su afirmación no era del todo sincera: «Si algo es seguro, mi pequeña guerrera, es que el fuego también bulle dentro de ti»

Aunque alguna vez esa certeza le había proporcionado la satisfacción de verse reflejada, generalmente le hacía sentir una punzada de angustia en el pecho, un miedo visceral que la llenaba de congoja. La pizpireta chiquilla definitivamente había heredado su carácter, pero, en un mundo que continuamente se despezaba, ¿serían esas ansias de libertad un regalo o una condena? 

—Pero no olvides, niña —prosiguió finalmente en voz baja—, que el veneno se extiende por todas las tierras. Demasiadas aldeas arrasadas y la sangre de las bestias a ambos lados del gran río. Sin dioses que nos protejan tienes que estar preparada para lo que el mañana pueda traer. 

Se detuvo un momento, tratando de encontrar las palabras adecuadas, enseñar la lección correcta. 

—No hagas del odio un arma —sentenció—, crea sabiduría con él. 

Al tiempo que escuchaba aquellas reflexiones, Anna Lee contenía la respiración. Había agarrado la mano a su madre y escudriñaba su rostro, buscando en sus ojos la tristeza que emanaba de sus palabras. Y, tras unos segundos, justo cuando la encontró, puso una enorme sonrisa, los pequeños dientecillos brillando contra el sol de la tarde, su cara volviendo a ser de nuevo la de una feliz criatura sin tormento alguno. 

—Pues yo he decidido que no voy a odiar a nadie, madre —zanjó como si fuera lo más sencillo del mundo. 

Rosalie experimentó entonces una enorme ternura ante la manera de pensar de su cría. Observándola cuidar de aquellas florecillas, ajena a la maldad que la rodeaba, notaba como la tristeza de los recuerdos volaba de su mente y le invadía una agradable sensación de tranquilidad. Criarla libre de la carga que tanto ella como su padre habían tenido que soportar, era motivo suficiente para que todo hubiese merecido la pena. El fuego ardía, sí, pero lejos de quemar tan sólo daba calor.

—Por supuesto que no, Anna Lee.









III – Behind blue eyes
Detrás de los ojos azules (The Who, 1971)

La cristalina mirada de la niña resplandece en la memoria igual que un candil de llama azulada, prendida de inocencia y vacía de remordimiento. No obstante, la que innumerables veces ha sido una luz con la que iluminar el camino, hoy se presenta inquisidora en el recuerdo de Rosalie, haciendo que la culpa resuene cual campana en su cabeza, y provocando que, durante un segundo, pierda el regio porte y doble la rodilla, aturdida. Bajo el prisma de sus pupilas temblorosas, el ondulado camino del pueblo parece transformarse en los rizos de Anna Lee y la mudez que envenena el aire se cubre de risas infantiles, las mismas que en una época calmaron su espíritu inquieto y que ahora lo llenan de dudas. 

Madre, cuénteme la historia una última vez...

Enfadada consigo misma, la india se muerde el labio con saña, en el intento de zafarse de esos inconvenientes espejismos que conspiran para quebrar su raciocinio. La reunión está próxima y no puede permitirse ningún sentimentalismo que la haga parecer frágil delante de esos monstruos. 

—¿Qué hace aquí, señora Moses? 

La inesperada voz la sobresalta. Con la mano palpando el acero atado a la cintura, voltea la testa poniendo cuidado de no hacer algún movimiento brusco. A su izquierda, tirado junto a una barrica a las puertas de la cantina, únicamente encuentra al viejo Luke en evidente estado de embriaguez. Encogido contra la pared y sonriendo bobalicón, el hombre aparenta llevar bastantes horas sin poder levantarse. Algo aliviada, intentando disimular el enrojecimiento en las retinas, Rosalie baja el ala del sombrero y se gira lentamente apretando la mandíbula, en guardia. 

—Buenos días, señor alcalde —saluda inclinando la cabeza. 

—¡No seas tan formal, Rosie! —ríe eufórico— Nos conocemos desde hace demasiado para que te andes con gilipolleces. 

La mujer lo mira de arriba a abajo. Lleva un gastado traje grisáceo lleno de lamparones, las mangas raídas y la camisa a medio abrochar. El serpentino bigote, descolorido, queda salpicado de lo que sea que haya en la botella que descansa junto a él. Podría ser whisky, podría ser tequila, pero a la vista de su destartalada apariencia, lo que es innegable es que no se trata de agua. 

—De acuerdo viejo, como prefieras. 

—Pues preferiría tenerte sobre mis rodillas, eso es lo que me gustaría. 

La réplica del borracho, lejos de ser una provocación, a Rosalie le suena más a infantil llamada de atención. Aun habiendo conocido a suficientes perdedores en su vida, tal patetismo la sigue poniendo bastante incómoda, especialmente viniendo de alguien como Luke.

—Mira quién dice ahora gilipolleces —contesta con sarcasmo. 

—Vale, ahí me has pillado, ‘india’. Con esos ojos de vidente que has heredado de tu gente no se te puede engañar, me tienes bien calado. 

«En realidad, antes no eras así, viejo.» 

—Es que son muchos años, Luke, más de diez si me apuras. —Hace una pausa y se desliza los dedos por el sombrero— Y a pesar de todo, casi parece que fue ayer. 

Aquel hombre había sido la persona más respetada del pueblo. Un tipo íntegro y a la vez cercano, quizás algo despreocupado para su cargo, pero sin duda justo. Ahora no era más que un chiste, un triste ejemplo del devenir de los últimos tiempos. 

—¡Menudo tópico, niña! —protesta el viejo soliviantado— Si fuera ayer, habría sido un día increíblemente largo. Y yo casi no me acuerdo de los primeros años, así que te aseguro que ayer no fue. Es más, dime, si así fuera, ¿no estaría yo tan joven que me acordaría de todas las cosas? 

El tipo exhala por la nariz, muy convencido de su argumento. Ante la falta de respuesta, vuelve a la carga, añadiendo un par de vueltas de filosofía barata al galimatías que acaba de soltar, agitando los brazos con vehemencia mientras farfulla palabras ininteligibles. De repente, parece recaer en algo y su rostro empieza a agriarse, parece le hubieran recordado una situación muy dolorosa. Rosalie no se inmuta, conoce de sobra a los borrachos para compadecerse, sabe que pasan de la alegría a la tristeza en un segundo, sin avisar. Aun así, viendo que su antiguo conocido no supone ningún peligro, decide inclinarse junto a él, abandonando por un rato la pose defensiva que estaba manteniendo. Después de la angustia que ha sentido al recordar a Anna Lee, tiene la esperanza de que hablar un poco con él pueda distraerle del sentimiento de culpa. Todavía tiene tiempo. 

—Tú ganas Luke —sonríe algo más relajada—. Está claro que hemos pasado por mucho, demasiado para resumirlo en un día. 

La mujer alarga el brazo y coge la botella que está junto al viejo para, a continuación, darle un largo trago. El sabor intenso y levemente acaramelado se balancea por dentro de sus mejillas, proporcionándole un placentero hormigueo en el paladar. Es bourbon, y de calidad. Al parecer, el antiguo alcalde sigue teniendo buen trato con el barman. 

—Demonios —exclama mientras saborea el licor—, no te estás privando de nada. 

El borracho, eleva la mirada y arquea las cejas, sacando a relucir, en su recuperada alegría, unos dientes sorprendentemente limpios y bien colocados. Se pasa la lengua por el hocico y frota la yema de los dedos, rescatando antiguas manías de cuando se dedicaba a transmitir las ordenanzas en la plaza del pueblo. Se nota a la legua que está encantado de haber encontrado compañera con la que vaciar la botella. 

—Un pequeño regalo de nuestros queridos visitantes —entona socarrón—, es aparecer ellos y todos se esconden. Incluso el tabernero lo deja todo a mano. El viejo Luke sólo tiene que estar bien atento a los movimientos del resto, que uno hace lo que tiene que hacer para sobrevivir, ¿no crees? 

Guiña un ojo a Rosalie, haciéndola partícipe de lo orgulloso que se siente de su astucia. Envalentonado, hace un ademán para que le pase de nuevo su embriagador botín. 

—Ya veo que tanta cortina echada no quería decir que os todos os habíais mudado. —La mujer se detiene un momento y observa en silencio los diferentes locales a un lado y otro de la calle, todos desiertos, lúgubres— Si hubiéramos tenido algo de valentía, este lugar aún conservaría algo decente que proteger. 

El viejo, ebrio de añoranza, no parece contagiarse del pesimismo que respiran las palabras de la india. Sigue llenándose el buche, cerrando de tanto en tanto los párpados, deleitándose en cada sorbo. 

—¿Te acuerdas, muchacha? —comenta radiante— ¡Qué bonito teníamos el pueblo! La iglesia reluciente, el bar siempre animado y las mujeres más bonitas de todo el Estado. ¿Y qué me dices de las ferias? De todas partes venían a escuchar a la banda… 

—Y eso que los patanes no sabían tocar más que un par de vals y el himno Confederado… 

—¡Y para qué necesitábamos más! Un par de tonadillas y ya estabas bailando agarrado. Y para el fin de la noche, cerveza y canciones delante del ayuntamiento. ¡Si hasta tú te animaste alguna vez! 

Ella tuerce el gesto y esquiva la mirada cómplice de su interlocutor, no tiene ningún deseo de recrearse con un pasado que no va a volver. Por su parte, el viejo Luke sigue ensimismado, rememorando tiempos más felices. Cuando no mira, ella aprovecha para observarlo, preguntándose en qué momento se esfumó su dignidad. Sin darse apenas cuenta, ha empezado a indagar en sus facciones, en busca de antiguos rasgos que la desgracia parece haberse llevado. Pero es inútil, de aquellos años sólo conserva la coronilla despoblada y unos enormes ojos azulados que otrora le hacían transmitir serenidad y hoy apenas le dan un aspecto ingenuo, casi infantil. Cuanto más se emociona, más crío parece y Rosalie se sorprende conteniéndose ante las ganas de arrullarle y decirle que todo volverá a ser como antaño, «antes de que llegaran los monstruos».

—Eso ya da igual —dictamina la mujer. En su tono se advierte el reproche—. No podemos seguir lamentándonos por lo que fue. Esa actitud pueril es la que nos ha acabado condenando. 

El viejo, esta vez sintiéndose aludido, recibe las palabras como una puñalada. La india le ha fastidiado la fiesta y su arqueada sonrisa se torna en un surco horizontal, con los ojos temerosos mirando hacia el infinito, las cejas apunto de sepultar el semblante. Ni rastro del niño que evocaba hace un momento, pocas veces se había visto tan viejo a los ojos de ella. 

—Ya lo sé, Rosie. Soy un borracho pero no un estúpido. 

—Entonces sabes por qué estoy aquí. 

—Ayer vino el demonio con su lacayo y tú apareces hoy después de no se sabe cuánto. Creo que puedo imaginarlo. 

—Pues escúchame bien, viejo —ordena—. Esta reunión es muy importante. No se te ocurra entrometerte. 

Rosalie se incorpora y queda frente a él, clavándole la mirada. Ha vuelto adoptar una pose rígida y amenazante. El hombre hunde la cabeza entre los hombros, avergonzado. 

—Tranquila, ni se me ocurriría. Si no di un paso al frente en su momento, no lo voy a hacer ahora. —Eleva la vista hacia a las alcobas que hay sobre él— Y por el resto no te preocupes, están encerrados en sus casas temblando de miedo, esperando a que se marchen. 

—Mejor. No necesito a esos cobardes lloriqueando alrededor. 

Tiene que morderse la lengua para no maldecir a los que una vez fueron amigos, demasiada rabia luchando por salir. Le costó una década aprender a vivir sin rencor y Emmet y Anna Lee fueron el hogar donde encontró la libertad que le habían prometido los búfalos, pero ahora nada parece tener el sentido que creía. Los odia a todos y, por encima de ellos, se odia a sí misma. Por haber sido tan pusilánime como los demás, por haber renunciado a la fuerza que latía dentro de ella. 

“He decidido que no voy a odiar a nadie, madre...”

—Sólo una cosa, india —el viejo Luke interrumpe sus cavilaciones—, hazle un favor a este pobre loco. 

—¿Qué es lo que quieres? —contesta lacónica. 

—Lo único que te pido es que tengas cuidado —ruega agobiado—… No te fíes de nada de lo que te digan, trata de negociar pero no te enfrentes a ellos, que crean que ya no te queda más que ofrecerles. 

—Tranquilo, los conozco bien. He bailado con muchos demonios en mi vida. 

—No como éstos, niña. Estos no saben lo que quieren… Y como no lo saben, cogen todo. 

Rosalie nota el estómago protestar con violencia al escuchar la sentencia del viejo. Desde el día en que arribaron, únicamente oír hablar de ellos ya le produce náuseas de manera inmediata. Y más cuando el antiguo alcalde, con indiferencia de su embriaguez, tiene parte de razón. Chester Lynott y sus parásitos no se parecían a otros cuatreros con los que habían tenido que lidiar a lo largo de los años, y eso la había pillado con la guardia baja. A diferencia de los soldados, no tenían ninguna intención de marcharse, así como tampoco les importaba vivir rodeados de ciudades prácticamente deshabitadas, siempre que tuvieran sus tributos en la cantidad y tiempo que se les viniese en gana. 

Pero lo peor no era eso. Lo verdaderamente terrible era que sí sabían perfectamente lo que querían. Y se trataba de algo mucho más ambicioso.

—¿No vas a intentar matarlos, verdad Rosie? —interpela Luke. 

—Sabes de sobra que no tengo ninguna oportunidad. 

—Lo sé —dice cariñoso—. Pero también recuerdo a la fiera que era capaz de liarse a golpes con toda la cantina por unos centavos. “La furia del búfalo”, lo llamabas, aunque más que eso parecías un perro enrabietado.

—No tengo ninguna intención de volver a esos tiempos, viejo. Tú mejor que nadie conoces mi historia y que enterré a aquella mujer junto con su nombre. Rosalie Moses nunca sería tan inconsciente como esa salvaje. 

—Me alegra escucharlo, querida. Aunque ya hace un año que no nos hablamos, saber que seguirás ahí para cuidar de mi hijo y de la pequeña Anna Lee, es un enorme consuelo para este estúpido borrachín. 

La india recibe la frase tal que una inesperada bofetada y vuelve bruscamente la cara, demasiado dolor para que las apariencias puedan ocultarlo. Notablemente compungida, mueve las pupilas de un lado a otro, intentando vaciar su mente de cualquier recuerdo. «Estúpidos sentimientos…». 

Sin que le dé tiempo a prevenirlo, nota un leve tirón a sus pies que la hace dar un sobresalto. Al volver el rostro al frente, descubre con estupor al anciano agarrándole el bajo de la falda con las dos manos, acercándose la prenda hacia su pecho al tiempo que tiembla como un recién nacido. Turbado por el bourbon y la situación, mira fijamente a Rosalie, con la barbilla apuntando al cielo, casi aparenta estar rezando al Dios en que una vez creyó. Sus ojos, claros igual que el cielo de verano que les contempla, escudriñan suplicantes a la que una vez fue su protegida, trayendo a esta, durante un instante, la imagen perdida del hombre al que admiró, al que respetó como a un segundo padre. 

—¿Me odias, niña? —su voz se agrieta, las palabras apenas son un susurro. 

Rosalie aguanta la respiración, su cara apenas muestra la más mínima emoción ante el ruego del anciano, necesita a toda costa no dejarse llevar por las pasiones en un día como este. Mas, a pesar de la entereza, escondidos tras las mejillas, los dientes se aprietan con desesperación, lo que sea necesario para lograr que las lágrimas no se desborden. 

—No puedo odiarte… —responde esquiva— A ti no

«Tienes sus mismos ojos, ¿cómo podría?»
 
El hombre sonríe de nuevo, los faros vidriosos llenos de satisfacción. Ella, en cambio, empieza a sentir cómo le vibra nervioso el labio inferior, cómo las sombras nublan poco a poco su cabeza. 

—¿Y tú, viejo? —pregunta dubitativa— ¿tú me odias? 

Luke Moses, antiguo y respetado alcalde de Terragreda, actualmente derrotado alcohólico y huidizo ladrón, espeta una sonora carcajada. 

—Podrías dispararme aquí y ahora, y todavía te seguiría estando agradecido. 





IV – The chain
La cadena (Fleetwood Mac, 1977)
 
Para cuando Rosalie se dispone a entrar en la cantina, el cielo de la mañana ya ha quedado empañado del añil metálico propio de los primeros compases de un julio que ha dejado atrás las tormentas de la primavera. Desde el noreste el sol rellena de color las fachadas, provocando que el frío vespertino se haya esfumado de las paredes y en la tierra se refleje el esplendoroso vuelo de  una pareja de águilas calvas, planeando siempre atentas en busca de alguna alimaña descarriada. Definitivamente se ha levantado un día inmaculado, una última ironía para la negra jornada que se cierne sobre la india. 

Dejar inconsciente al viejo Luke ha sido más desagradable de lo que le hubiera gustado. Y es que, antes de que hubiese acabado la conversación emotiva con su suegro, ya había determinado que dejarlo despierto no iba a ser una opción. El buen hombre y sus mejores intenciones se habrían seguro interpuesto en sus planes, haciendo que todo hubiera terminado, previsiblemente, con el cuerpo del alcalde en otra de las numerosas tumbas que pueblan el cementerio de las afueras del pueblo. Y un puñado de cadáveres no iban a volver a levantar Terragreda. 

«Ya me encargo yo, padre», piensa mientras contempla al viejo tumbado en el suelo, los hilillos de sangre seca sobre la moteada piel que corona su cabeza. Ha sido un golpe rápido, lo más limpio posible, del que la peor parada ha sido ella, la cual se ha clavado un par de esquirlas en los nudillos. Lo cierto es que, habiendo calculado el punto menos perjudicial y ejecutado la maniobra con agilidad, no contaba con que la botella de bourbon estallaría de tal manera, rompiéndose en decenas de trozos. Pero casi siente alivio por la punzada que le recorre los tendones, en el fondo se trata de un castigo justo por el pecado cometido. Al menos le queda el consuelo de que no podía optar por una solución diferente; no en vano, según sus propias palabras, el viejo Luke nunca había sido un tipo de los de pensar demasiado, si acaso un maestro en tomar las decisiones equivocadas. Le gustaba bromear con que la única vez que había reflexionado a fondo había sido cuando resolvió quedarse en su Dublín natal en vez de viajar al Nuevo Mundo, y que, afortunadamente, su mujer le había obligado a cambiar de idea. “Algunos nacimos para equivocarnos y otros lo hicisteis para darnos un buen capón cuando eso pasa”, solía pregonar con sorna cuando la señora de la casa le echaba la reprimenda por su perenne despreocupación. 

Rosie, como así la llama cariñosamente el viejo, siempre ha sentido un especial apego por el padre de Emmet, un hombre al que le habían importado bastante poco los comentarios despectivos del pueblo y que la había recibido con todo el afecto que siempre le habían negado. “Si mi hijo te acepta y te adora, ¿quién soy yo para contradecirle?”. Emmet sonreía y se limitaba a bromear, afirmando que había hecho falta traer a una piel roja para que su progenitor se ablandara con él. 

—Qué no te engañe, aquí donde lo ves antes era todo un tirano. 

Ella se reía ante la infantil ofuscación de su marido. 

—No te engañes tú, querido. Ambos sois más blandos que la mantequilla. 

Aquellos años, absurdamente felices, se ven ahora a través de un velo casi transparente en la frágil retentiva de Rosalie, empeñada como está en seguir siempre con la vista al frente, temerosa de lo que pueda encontrar si se para a darse la vuelta. Quizá por esa testarudez, o simplemente por la necesidad de mantenerse focalizada, ha intentado sin éxito disuadir al viejo cuando, un rato antes de ser noqueado, ha amenazado con recordar historias del pasado; fragmentos de la época en que la mujer había pasado a formar parte de la familia Moses al casarse con Emmet, el único vástago del matrimonio entre el Luke ‘el Irlandés’ y Sarah, una regordeta escocesa de gran corazón y mayor mal genio. 

Después de explayarse en un par de anécdotas y exagerar otras tantas, la conversación del hombre ha girado inevitablemente hacia su hijo. Aún amargado por su alejamiento, el anciano le ha transmitido cuánto lo echaba de menos, lo que sentía no haberle escuchado. Se sentía estúpido por haber estado tan ciego como para no darse cuenta de lo que el pelirrojo le advertía cuando aquellos bandidos, con sus bonitas palabras y brillantes promesas, se presentaron sin aviso en la villa. En su confesión, Rosalie ha percibido la angustia atada en las frases arrastradas, el dolor por el arrepentimiento que ya no sirve de nada. Aunque, por encima de todo, le ha conmovido no encontrar victimismo en su sufrimiento, en la narración no han aparecido reproches o acusaciones; únicamente el pundonor de un padre satisfecho, el aplomo asomando cada vez que el nombre de Emmet entraba en la charla. Sorprendida, ha creído vislumbrar en algunos momentos un destello del hombre virtuoso que una vez fue, uno con la dignidad de reconocer un error y la humildad de pedir disculpas. 

«Te habrías sentido orgulloso, Emmet» 

Orgullo era precisamente lo que sentía ella cada vez que pensaba en su marido. El orgullo por un hombre que se había sobrepuesto a los prejuicios raciales, luchado por su familia en los momentos difíciles, y que, finalmente, se había visto obligado a tomar responsabilidad por sus equivocaciones. 

Se habían conocido en la apestosa taberna de una gran ciudad, en una de las que despiden un hedor que impregna a todo el vecindario. Ambos eran de los que destacaban entre el resto, aunque por razones bien distintas. Emmet era alto y espigado, con la piel más blanca que había pisado el estado de Arkansas. Taciturno y algo encorvado, tenía la cara recorrida en su totalidad por pequeños lunares a juego con su rizada cabellera color calabaza, siempre cubierta ésta por un viejo sombrero de paja. A primera vista no era más que un pacífico aunque particular granjero, el cual se limitaba a intentar pasar inadvertido y beber a solas en una esquina de la barra. Rosalie, en cambio, era una jovencita sin nombre que habitualmente andaba metida en problemas. Oscura y menuda, ‘la india’, cómo se la conocía, había aprendido a mostrarse agresiva y temeraria como mecanismo de advertencia para aquel que quisiera pasarse de la raya. Aquel día, hambrienta e incapaz de conseguir un trabajo por horas, se estaba jugando lo que no tenía. 

—¡Dos dólares a que consigo tumbar a cualquiera bebiendo! —gritaba bravucona. 

No era ninguna sorpresa que esas apuestas acabasen con la chica completamente borracha, golpeando los morros de algún incauto que tuviese las pocas luces de no querer pagar. Pero esa vez la cosa se torció más que de costumbre, y la mujer se encontró con un cañón de escopeta apuntándole al pecho. Aquel día pudo comprobar cómo no todos los clientes del tugurio eran unos paletos en busca de un vaso donde olvidar la rutina, de tanto en tanto te podías topar con alguien bastante menos apacible, y esa tarde le había tocado uno con tan poca paciencia como ella. 

Podía haber acabado desangrada en el suelo del local o violada sobre la mesa, y ninguno de los presentes habría movido un músculo. Las rencillas que acababan en finales trágicos no eran tan extrañas, y se aprendía rápido que la mejor manera de no acabar bajo tierra era meterse cada uno en sus propios asuntos. Por eso, cuando Emmet se posicionó entre el arma y la muchacha, un murmullo de asombro recorrió la taberna. Ella, ebria y consumida por la rabia, aún tuvo la inconsciencia de planear su próximo ataque: utilizaría el cuerpo de aquel buen samaritano de escudo y se abalanzaría al cuello del pistolero antes de que le diera tiempo a apuntar con el arma. Pero, para su asombro, como si hubiese sido capaz de leerle la mente, el inesperado defensor levantó la mano hacia donde se encontraba, en una señal para que se estuviese quieta. Acto seguido se quitó el sombrero raído de paja y miró fijamente al hombre que le estaba encañonando. Lo que dijo a continuación se grabaría en la cabeza de la india para siempre. No fue nada valiente, ni épico, ni tan siquiera caballeroso, pero sin duda fue lo suficiente para que se diera cuenta de que aquel granjero no era tan idiota como todos los demás. 

—Diez pavos, si no le disparas. —propuso con tranquilidad. 

El pistolero, un tipo de mandíbula torcida y cejas pobladas, mostró sus piños carcomidos de sarro en una inequívoca muestra de agrado ante lo propuesto. 

—¿Y qué ganas tú, pelirrojo? Te aseguro que no quieres tirarte a una salvaje como esa. En cuanto te descuides te rajará el pescuezo. 

Emmet no hizo ningún gesto, no tenía necesidad de caerle simpático a un matón de tres al cuarto. Rosalie, desde su retaguardia, podía observar la manera en que el sudor le caía por el cuello. 

—¿Quieres el dinero o no? —espetó muy serio— Lo que yo haga con la india no es asunto tuyo. 

—¿Y quién me dice a mí que en el momento en que deje de apuntarte no vas a dispararme tú?
 
Emmet abrió mucho los ojos y puso una expresión solemne.
 
“Porque en las historias de tus enemigos, también está puesto el corazón. Sólo oyéndolo, podrá ser justa tu batalla”.
 
El forajido pareció sorprenderse ante la frase y espetó un suspiro de satisfacción.
 
—Vaya, esto sí que es inesperado, uno no esperaría escuchar en un lugar como éste uno de los lemas de la caballería. ¿Es qué acaso eres soldado?
 
—Reservista —se excusó el granjero—. Me gradué hace unos años en Lousiana.

 
Emmet agachó la cabeza, levemente avergonzado. Desde que había vuelto de su servicio obligatorio, no paraba de pensar en la posibilidad de regresar como voluntario. El quedarse en el pueblo le daba la sensación de estar escondiendo la cabeza bajo tierra. 

—Un patriota…—comentó el otro con socarronería— A decir verdad, no sería muy inteligente por mi parte el cargarme a alguien así. Dicen que tus compañeros son leales hasta la muerte.
 
—Leales y honorables, señor.
 
—Y, según las malas lenguas, también sanguinarios y viciosos con los que son como ella.
 
El irlandés frunció el ceño y dio un paso al frente, quedando su pecho a escasos centímetros de la boca de la escopeta.
 
—No se crea todo lo que dicen de nosotros.
 
—Los que lo cuentan, suenan bastante convincentes.
 
—Hay cuentos que parecen tan reales que son capaces de asustar al más valiente.
 
—No soy de los que se asustan fácilmente, eso te lo aseguro —afirmó fanfarrón. 

—Me alegro por usted. Lo único que yo puedo asegurarle es que, Dios no lo quiera, si algún día somos atacados, mis muchachos y yo mismo somos los que vamos a defender las vidas de nuestros compatriotas… incluso puede que la suya.
 
—Sí, sí, claro, a lo mejor algún día, —declaró el tipo con hastío— ¿pero eso de que me sirve ahora en esta situación?
 
—Pues para que sepa que, si le digo que no voy a dispararle delante de toda esta pobre gente, puede jurar que así será. 

Las pupilas del granero se clavaban en el rostro del forajido, casi aparentaba tener él también su propia arma, apuntando en este caso al coraje de su oponente. No obstante, aunque en su apuesta estaba presente la intimidación, lo verdaderamente importante yacía en el fundamento que había detrás de su declaración de intenciones; por más que la fama de las brigadas del Misisipi era conocida a lo largo de todo el estado, si por algo destacaban era por su estricto respeto por la autoridad, y eso jugaba a favor de la seguridad tanto de uno como del otro. Que aquel maleante fuera consciente de ello o no determinaría el desenlace.

Fueron unos minutos en que ninguno se movió un ápice, las bocas rumiando y la sospecha presente, con una audiencia expectante que a su vez contenía la respiración. Finalmente, viendo que Emmet no estaba dispuesto a achantarse, el pistolero asintió, relajando levemente la expresión. Convencido de la ausencia de peligro, empezó a bajar el arma, sin dejar de mirar de soslayo a la chica, la cual aún resoplaba iracunda. 

—¡Un soldado y una salvaje! —gritó para que toda la estancia le escuchara — ¡Qué extraños tiempos estos, que hacen los compañeros de cama más impensables!
 
Riéndose de su propia sentencia y con la expresión soberbia floreciendo en el gesto, extendió la mano hacia Emmet reclamando su botín. El granjero sacó de su pantalón un puñado de monedas oxidadas, casi una fortuna para alguien de su clase, y, tras hacer un conteo rápido de las cantidades, dejó la gran mayoría del metal en manos del cuatrero. Este, visiblemente contento, no tardó ni un minuto en subir las escaleras hacia las habitaciones, camino a gastar su recién adquirido botín. Con el sonido de un portazo proveniente de la planta de arriba, se disipó el mutismo en la cantina, y todos volvieron a sus discusiones y sus tragos. 

Con la desaparición de la amenaza, Emmet pareció flaquear durante un instante, tambaleándose tal que un beodo a la hora del cierre. Con algo de dificultad logró mantenerse en pie, apoyándose en una silla que tenía a su vera. El sudor se explayaba en su frente al tiempo que mantenía la vista perdida en la puerta del local, en la misma dirección donde hacía un par de minutos se había parado el pistolero. Y, aunque era evidente que le castañeaban las rodillas, nadie le hizo un sólo comentario, no se escuchó ninguna voz dirigida a su persona; quizá la hombría mostrada era merecedora del respeto que otorga el silencio. Cuando se hubo recompuesto, el granjero volvió a su esquina en la barra, donde le estaba esperando un vaso de whisky cortesía de la casa. 

La india, por su parte, se encontraba paralizada, sin saber cómo reaccionar. En los años que llevaba deambulando por diferentes pueblos y ciudades, nunca había recibido la ayuda de nadie sin una compensación a cambio. A veces había podido pagar el favor con su trabajo, otras eran las cartas o los dados los que decidían y en algunas ocasiones las peticiones de sus benefactores resultaban bastante más deshonrosas. Pero aquel tipo, no sólo se había jugado el sustento, incluso la vida por ella, si no que no parecía querer pedirle nada por ello; ¿era simplemente o un idiota o tenía alguna intención oculta? Incapaz de soportar la incertidumbre, se incorporó, estiró la falda y se lanzó encabritada hacia la esquina de la barra. 

—Tú, ‘blancucho’ —acusó con el dedo en alto—, no te he pedido que me ayudes. Un minuto y me lo hubiera ventilado yo sola. 

El pelirrojo levantó la cabeza muy despacio y la miró con indiferencia. 

—No me cabe duda —respondió cansado—. Si te dejo, lo despellejas aquí mismo. 

—Puedo con él y con cualquiera de vosotros. Tú no entiendes lo que la gente como yo podemos hacer. 

Emmet, aún algo atolondrado, suspiró pesadamente tratando de hacer visible que no tenía ningunas ganas de escuchar los delirios de arrogancia de una chiquilla. 

—La que no lo entiendes eres tú, muchacha —dijo solemne—, si te he parado era para salvarlo a él. 

Aquellas palabras encendieron todavía más el ánimo de la mujer, que ya no estaba segura si aquel tipo era un pusilánime o la estaba vacilando. 

—Si piensas que voy a yacer contigo por lo que has hecho, ya puedes irte olvidando. Tal y como ha dicho el otro imbécil, te rajaría el cuello en tu primer sueño. 

—Nunca lo conseguirías siendo tan evidente. La ira te ciega, y eres demasiado testaruda para darte cuenta. 

—También me da fuerzas, ‘blancucho’. Mientras los tuyos os dedicabais a plantar y a cuidar ganado, yo luchaba cada día para no ser débil. 

A medida que hablaba, más frágil se iba sintiendo, las manos tiritando de cólera, reclamando una pelea con la que calmar su inseguridad.
 
—No tienes ni idea de lo que es aguantar el peso de los que intentan encadenarte —proseguía con ímpetu—. Estación tras estación las mismas pisadas y empujones, tratando de alzar la cabeza para que no te la hundan en el barro.
 
—Y, sin embargo, ahora se diría que buscas hundirte tú sola.
 
—Te equivocas —contestó contrariada—. Ya hace mucho que el búfalo me liberó de todo eso; me arrancó las cadenas y me dio la valentía necesaria para nunca temer a nada, mucho menos a una vaca como tú. 

Emmet se notaba cada vez más incómodo con el tono agresivo de la joven y su discurso autocomplaciente. Harto de lo que consideraba una pérdida de tiempo, dio un golpe con el vaso en la barra y se puso en pie, frente a ella. A pesar de su delgadez era un tipo bastante grande, le sacaba más de una cabeza, y, aunque no era precisamente de los que intimidaban, sus brazos seguramente podrían tumbar a muchos con un aspecto más feroz. 

—Escúchame, niña —sentenció amenazante—. Ni quiero nada de ti, ni me he puesto delante de ese tipo para salvarte. Yo sólo hago lo que me parece. 

—¿Cómo matar a mi gente? —cargó con sarcasmo, retándole.
 
El granjero la miró como el que observa a un animal desangrándose, con la compasión ante el que ya no tiene esperanza en el futuro. 

—Oye, no tengo la culpa de lo que os han hecho. A mi me da igual que yo sea más claro que la leche y tú morena como el grano recién recogido. No todo lo que se cuenta es mentira, pero mucho menos verdad. 

La india no supo que responder. Tenía ganas de seguir peleando, pero empezaba a ser consciente de que no estaba siendo justa.
 
—Aun así… —titubeó— eso no te da derecho a…
 
De repente, sin que se lo esperase, Emmet le plantó su sombrero de paja en la sien, regalándole al mismo tiempo una tierna sonrisa. 

—Ser libre no sólo significa quitarse las cadenas que te imponen los demás. Aquí dentro—dijo tocando la frente de la india— también tienes que romperlas. 

Y, sin mediar otra palabra, pasó delante de ella y se marchó por la puerta del bar, dejando a la chica sin nombre con los labios sellados, la cólera transformándose, poco a poco, en una extraña sensación de incertidumbre, en la que, por alguna razón que no terminaba de entender, se colaba un atisbo de esperanza. ¿Por qué habría sonreído de esa manera?
Nunca supo que le impulsó a salir corriendo de aquel tugurio tras el granjero pelirrojo, si fue porque se sentía en deuda, si es que quería seguir discutiendo o que la expresión de ese desconocido había hecho que su estómago se olvidase del hambre por un momento. Lo cierto es que, un minuto más tarde, estaba jadeando, mirando hacia todos lados tratando de encontrarlo. Y, al divisarlo al fondo de la calle que daba a la enfermería, tomó una gran bocanada de aire y gritó todo lo fuerte que le permitieron los pulmones. 

—¡Eh, tú! ¡Estás muy equivocado si piensas que voy a quedarme con tu estúpido sombrero! 

La discusión todavía duraría un par de horas, una lucha de poder a poder que acabaría con los dos guerreros agotados y desnudos colándose en la azotea de la armería local, haciendo el amor toda la noche. A aquel encuentro le seguirían después muchos otros, y para el 23 de mayo de 1858, Luke Moses los estaba casando en la pequeña capilla de Terragreda. Ella adoptaría el nombre de Rosalie, la abuela de Emmet, una luchadora de espíritu rebelde según su nieto. “Te viste perfectamente”, le vacilaba; “posiblemente sea la única manera de llamarte que el Dios Búfalo aprobaría”. De su antiguo nombre, él nunca preguntó, y ella no vio la necesidad de recuperar esos tiempos de amargura. Compraron una granja a un par de millas del pueblo y plantaron patatas y algo de café mexicano. Anna Lee llegó unos meses después, y con ella crecieron las raíces que ataban a la india, colmando el fuego que solía consumirla. 

“Aquí dentro también hay que romper las cadenas.”
 
Ocho años después de aquel encuentro, las brasas del hogar se han apagado y sobre ellas ha renacido una llama ardiente y venenosa que promete incendiar todo lo que se cruce en su camino. Rosalie nota como a medida que se acerca la hora del encuentro, se va sintiendo más impaciente, el calor acrecentándose sobre su pecho, y un incómodo cosquilleo recorriéndole los dedos. El viejo Luke yace a su vera, con una expresión de satisfacción en la comisura. Ella ha recogido los trozos de cristal más enteros y se los ha guardado en el bolsillo que tiene en las enaguas bajo la falda, no se le vaya a pasar por la cabeza hacer una tontería cuando despierte. También le ha colocado el sombrero entre los brazos; es la mejor manera que se le ocurre para que su suegro aprecie la falta de inquina en sus acciones y a lo mejor pueda perdonarla. Le agrada fantasear con que, cada vez que mire el gorro de paja, quizá se imagine a su hijo Emmet bajo el sol, regando los campos o recogiendo la siembra, y que ese cuadro le traiga alguna clase de paz. Mas no se hace ilusiones, el hombre ha pasado por demasiado para que un inútil objeto borre de un plumazo tanto peso como el que ambos llevan a cuestas.
 
“No podría odiarte”, le había prometido. Y rogaba porque fuera verdad.
 
Ya quedan sólo unos minutos para el ansiado encuentro, y Rosalie se descubre preguntándose si habría merecido la pena para los Moses salir de Irlanda con destino al Nuevo Mundo. Habían creído tocar el cielo con los dedos y lo habían perdido todo, habían huido del hambre y se habían encontrado con que la maldad de los codiciosos podía hacerles añorar incluso el rugido de los intestinos. ¿Hasta qué punto valía de algo la felicidad cuando estaba condenada? ¿Qué dirección tomar cuando todas las vías parecen llevar a la fatalidad? 

Al menos en su caso, ahora lo tiene muy claro. Al echar un último vistazo al espectacular cielo que gobierna sobre su cabeza, siente una sensación de aplomo que la invade por completo. En su fuero interno, ahora escucha el trote de la bestia por las praderas; el animal viene dispuesto a devolverle las energías, le ha traído de nuevo el olor de las flores que le regalaba Anna Lee, la euforia que provocaba la estremecedora caricia de su marido bajo la sábana. 

Por fin completamente determinada, abate las puertas de madera carcomida y se introduce en la cantina. Sabe que no tiene nada que perder. La soga con la que Emmet se anudó esta mañana terminó de despejar sus dudas y marcó el camino que debía tomar. 

Únicamente falta desencadenar a la bestia.

 




V – The night they drove old Dixie down
La noche en que arrasaron la vieja ‘Dixie’ (The band,1969)

El interior de la cantina no ha cambiado mucho desde la última vez que estuvo en el pueblo, aunque verla tan vacía la hace parecer mucho más vieja. Apenas hay un par de botellas en el expositor y algunos cristales por el piso, la barra acumula sombras de polvo y del barman no hay ni rastro. Con la visita del loco Chester conocida de antemano, era bastante previsible que el miedoso no estuviera para servir las copas. 

Sentada en una apolillada silla de nogal, Rosalie se apoya sobre la mesa de manera que le permita ver con claridad la entrada. Para calmar los nervios, tamborilea con los dedos sobre la madera, dejando que se escape el aroma del café incrustado bajo las uñas. Irónicamente, la última primavera había sido muy productiva en la cosecha, cada noche acostándose con el acogedor olor del grano en sus pieles. Dichosos con los dioses que les habían ahorrado los aguaceros o las sequías de otros años, habían rezado en su desesperación por una última ayuda divina, una que hiciese que los endemoniados bandidos que tenían sitiado el pueblo se hartaran y se marcharan a extorsionar a otra gente. Sólo entonces podrían ir en busca de Anna Lee para traerla de vuelta. 

«¡Qué ingenua!», se maldice para sus adentros. 

—Madre, cuénteme la historia una última vez —suplicaba la niña entre lágrimas—. Cuénteme cómo se encontró con la gran ola.

Rosalie, que no podía mirarla directamente a los ojos, le agarraba las manos temblorosa.

—Ten paciencia, Anna Lee, algún día lo averiguarás por ti misma.—Trataba de parecer decidida, y sin embargo la garganta, corroída por la congoja, apenas la dejaba respirar— El espíritu del dios de la pradera es libre, y como tal libera a cada uno de manera diferente. 

Todavía no se atrevía a mirarla al rostro para cuando la carreta empezó a alejarse de la granja.

“He decidido que no voy a odiar a nadie, madre.” 

Las palabras de su hija aún tratan de cavar un hoyo hasta su corazón resentido, pero ya es tarde para echarse atrás. Emponzoñada por el odio, está dispuesta a sacrificar el sentido de sus propios recuerdos con tal de no mostrar flaquezas ante el demonio que se aproxima. En su espera tiene ya las nalgas doloridas de la tensión y las pupilas cansadas de mirar fijamente a las puertas de la cantina que permanecen inmóviles, pero su efigie se muestra imponente, la espalda recta y la cabeza en alto, presuntuosa. No obstante, bajo su coraza oculta que ha empezado a impacientarse de sobremanera con la caída del mediodía. Chester Lynott no es precisamente un hombre fiel a su palabra, y la posibilidad de que no aparezca no es del todo descabellada. Es una opción que se resiste a contemplar, pues lleva todo el día luchando por controlar sus emociones, y no cree que pueda aguantar una sola hora más sin estallar en la rabia más salvaje, sin perderse en la oscuridad que nota expandirse en lo profundo de su vientre. 

Finalmente, casi llegando a las dos de la tarde, con un calor sofocante, una figura empuja impetuosamente las puertas del local.

—¡Mira quién ha llegado pronto a la reunión! —exclama Chester eufórico.

Rosalie frunce el ceño al tiempo que se muerde los carrillos. Si se aprieta con suficiente fuerza, quizá pueda contenerse y no romperle todos los dientes todavía.

Y es que la india tiene grabado a hierro cuando aquel lunático se personó en su puerta aproximadamente un año atrás, en un nublado día de mayo. Justo entonces creían haber pasado la época más dura y el verano no podía traer nada peor de lo que habían soportado los últimos meses. Habían superado los intentos de pillaje que acompañaron las primeras semanas de la desbandada de Virginia y conseguido que las reservas fueran suficientes cuando las lluvias y la falta de comercio amenazaron con matarlos de hambre. Por si fuera poco, en uno de sus viajes a la capital para la venta de lo cosechado, había llegado a oídos de Emmet que el Coronel Lee había presentado rendición y la contienda pronto habría acabado. Tras meses de penurias, aquella noticia había supuesto una inyección de euforia para el granjero. 

—Pronto podrás comer manjares dignos de reyes, Ana Lee —gritaba mientras elevaba a su hija en el aire—. Ganaremos buen dinero, y te llevaré a la ciudad para que elijas el vestido que más te guste. 

Ella no había recibido las buenas nuevas con tanto entusiasmo, pues era de la opinión de que el final de una sangría no tenía por qué venir acompañado de una pronta recuperación de la economía del condado. Todavía tendrían que pasar unos años hasta que las cosas se estabilizasen, y, si no podían vender el excedente de patata antes del invierno, no habría vestidos que comprar para la joven Anna Lee. Aun así, y a pesar de que el renovado y desmesurado optimismo de su marido la ponía de los nervios, lo dejó estar por unos días. Era un soplo de aire fresco el volver a ver la alegría en los rostros de su familia. 

Chester Lynott se presentó poco después, y lo hizo como un antiguo terrateniente de una pequeña localidad al norte del estado de Alabama. Aunque dijo el nombre de la misma, nadie en Terragreda había cabalgado tan al este, por lo que al rato nadie se acordaba del origen de tan respetado caballero. No era un tipo especialmente alto, aunque sí bastante fornido, así se reflejaba en los prietos botones a la altura del pecho, a punto de volar disparados. Llevaba una camisa oscura y unas botas de piel adornadas de brillantes tachuelas, la barba bien cortada al ras. En la tradición de los señores de la gran ciudad, mascaba tabaco con petulancia y se atusaba constantemente el cabello cubierto de loción. Aires de hombre importante que impresionaban con facilidad a un puñado de paletos. 

Con él viajaban una decena de hombres, todos con bastante peor pinta que su patrón. Los había que no se habían lavado en meses, un par que entrecerraban los ojos de manera desconfiada, e incluso un mexicano al que una cicatriz le marcaba media cara. Aunque si alguno destacaba sobre los demás, ese era Jack. Apodado el perro, en parte por ser la mano derecha de Chester y en otra por su característica dentadura animal, se trataba de un joven extremadamente delgado, con brazos larguísimos y que fácilmente le sacaría una cabeza al espigado Emmet, hasta ese momento el más alto de la villa. Además de su físico, lo que daba a Jack un aspecto verdaderamente estremecedor era su estridente risa, un sonido que podía ser a la vez cavernoso y agudo, una carcajada bobalicona de las que taladraban los oídos, no importaba si se estaba a cielo descubierto.

Conjuntamente con una muestra de la peor calaña de los estados vecinos, el terrateniente trajo bajo el brazo unas propuestas que sonaron a música celestial para una panda de granjeros y comerciantes que llevaban bastante tiempo pasando dificultades. Porque la amenaza de los saqueos ya era una realidad, y el fin de la guerra, según aquel individuo, haría del problema algo mucho más grave. Cientos de soldados que lo habían perdido todo y que iban a tener que volver a casa con las manos vacías; la tentación ante un pueblo desvalido podía ser algo demasiado jugoso para que no tomaran su oportunidad. Lo que Lynott ofrecía era bien sencillo: protección a cambio de un pequeño porcentaje en las ganancias. Un mal menor ante el desastre que se avecinaba.

La razón que él argumentaba para tal derroche de solidaridad estaba, al menos a los oídos de Rosalie, trufada de la épica y la sensibilidad más teatral. Según él mismo narraba, Chester Lynott III había sido un joven emprendedor que en pocos años había escalado en la sociedad gracias a su capacidad como negociante, ayudando a acabar con los abusos en la venta de grano a los pobres campesinos, atropellos perpetrados por parte de los grandes comerciantes. En uno de sus viajes a Pensilvania para regatear por materias primas, había conocido a su esposa y había quedado prendado de su belleza norteña y sus incorruptibles ideales de igualdad. Para completar su dicha, el negocio no paraba de crecer y fue agraciado con un heredero, un muchacho robusto al que se bautizó como Chester Junior. Pero la felicidad igual que había venido se marchó, y con la llegada de la guerra la señora Lynott enfermaría de tristeza; no podía soportar ver cómo los suyos se enfrentaban a fusil y cuchillo contra los estados del sur en los que había nacido su bondadoso marido. Al poco, ella habría dejado de comer y el brillo de sus mejillas se había ido apagando poco a poco. Para el 10 de octubre de 1861 su corazón se detuvo, dejando al hombre abatido y casi en la ruina, con un hijo que, crueles garras del destino, aparentaba carecer de seso en la misma proporción en que le sobraba cuerpo. “Aun así”, enfatizaba, “a pesar de todas las dificultades, por la memoria de mi esposa y su corazón de oro, decidí sobreponerme y volver a alzar el negocio con ambiciones renovadas”. Se vanagloriaba con grandes aspavientos de que, en el instante en que se hubo recuperado, había tenido la ingente necesidad de coger su caballo y recorrer los diferentes pueblos en pos de conseguir para otros aldeanos lo que había logrado para sus congéneres en Alabama. Reclutó a antiguos soldados y dejó, con pena y por su seguridad, a su hijo esperando en casa. “¿Cómo habría podido permanecer impasible ante todo el dolor que me rodeaba?”, sentenciaba.

Contaba su historia con la vehemencia de un sacerdote, y daba la impresión de que, ni aunque hubiese sido el protagonista de una leyenda escrita, el discurso habría sido tan benevolente con su persona. Frases grandilocuentes que repetía a cada aldeano que se acercase, normalmente acompañadas de suspiros y más de una palmada de compasión en la espalda. “Qué hombre, menuda valentía”, se escuchaba de boca de alguna jovencita, mientras las madres rezaban para que tan distinguido caballero estuviese en busca de una nueva esposa. Decididamente, aquel dibujo heroico y desinteresado de un hombre hecho a sí mismo y con la fortaleza necesaria para vencer a la desgracia, había penetrado de sobremanera en el corazón de los habitantes de Terragreda.

Emmet Moses, en cambio, creyó calarlos desde el principio. Él mismo había combatido al inicio de la guerra, concretamente desde el 61 hasta la derrota flagrante en Gettysburg dos años después. Conocía perfectamente de la amargura que uno trae a la espalda cuando vuelve a casa, la misma que tanto le había costado olvidar y que ahora veía en los ojos de aquellos muchachos. A expensas de ello, no creyó que las intenciones de los cuatreros fueran más allá de aprovecharse de la bondad del pueblo por unas semanas. “No son más que unos tristes bandidos endemoniados por la guerra, Rosie. Cuando llenen la panza y sacien sus ansias en el burdel, seguirán su camino a México”, fue la respuesta del granjero ante las inquietudes de su esposa. 

Nunca se perdonaría tal error de juicio.

Dos días pasados desde su llegada, el acalde Luke Moses sellaría un acuerdo con el supuesto comerciante, legándole a él y su pequeño ejército de maleantes un diez por ciento de todo lo que se vendiera en la cosecha, más la cesión de habitaciones en la posada y tres platos de comida caliente al día. De esa manera, Chester Lynott y su séquito acabaron siendo homenajeados en la plaza del pueblo, con bailes y cantos en su honor, adorados al instante cual mesías del plomo. De alguna forma habían devuelto la esperanza a una gente llena de incertidumbre, y además dando la impresión de no buscar demasiado a cambio. Y, lo cierto es que, durante las primeras semanas, aquella alianza por necesidad, funcionó a las mil maravillas. Un par de intentos de entrar por la fuerza en el pueblo fueron reprendidos con eficacia y el precio del grano que los comerciantes traían bajó de precio de manera considerable. Si le preguntasen hoy a cualquier ciudadano, diría que nada hacía presagiar lo que vendría después.

Pero es lo que tienen las serpientes, que nunca sabes cuándo van a lanzar su ataque. 

“Los hombres siempre encuentran alguien a quien odiar.”

La noche que el fuego devoró la granja de la Sra. Fanny, fue como si el pueblo entero despertase de un hipnótico sueño. La propietaria del terreno, era una viuda, otra más por la guerra, de lánguidas piernas y semblante abatido. Siempre medio enferma, apenas lograba sacar adelante un par de zanjas de mazorcas y a menudo se veía obligada aceptar ayuda de los vecinos para alimentar a su niña, la cual había nacido justo antes de que él partiera. “El cabezota de Virgil se avergonzaría de que no haya sido capaz de subsistir sin favores”, solía lamentarse. Contaba que su esposo, desde niño, había sido demasiado testarudo y orgulloso, aunque de nada le había servido en la primera línea de batalla. Por ello, en honor a su obstinación, se había prometido mantener la granja que habían llevado juntos por sus propios medios, pero la realidad pronto le había mostrado una cara más amarga: resultaba imposible depender únicamente de la calidad del maíz, más teniendo en cuenta su escasa producción. Cuando la cosecha no marchaba según lo esperado, algo que sucedía con frecuencia, no le quedaba otra que agachar la cabeza y acceder a la solidaridad de sus congéneres. Por eso, el día que Chester anunció que subía unilateralmente el porcentaje de sus beneficios hasta el veinte por ciento, Claire Fanny se vio en la necesidad de oponerse de manera tajante, hasta las últimas consecuencias. Con lo que no contaba, ni ella ni ninguno de los habitantes de la villa, es que estas fueran de tal magnitud. 

Tardaron casi un día en apagar las llamas por completo, con los gritos de la viuda acompañando en todo momento el proceso. El trabajo de una vida se le esfumaba convertido en ceniza y humo negro, cada cubo de agua parecía aplastar un poco más la esperanza. La dantesca escena, con dos hombres de recio porte intentando sujetar sin éxito a la raquítica señora enloquecida de dolor, sobrecogió a todos los presentes. A todos menos a un sereno Lynott, el cual asistía impasible al horror que tenía enfrente, el brillo del fuego en los ojillos de reptil. Y, aunque todos sospecharon de él y su gente, nadie se atrevió a acusar directamente a los nuevos inquilinos. 

La noticia llegó a la granja de Rosalie y Emmet a la mañana siguiente. De alguna manera no les sorprendió, llevaban tiempo con la sensación de que una tormenta se estaba acercando, durmiendo desde hacía días con la inquietud en las tripas. Tras escuchar el espeluznante relato de lo acontecido, ensillaron el caballo y fueron a reunirse con el padre del granjero, insigne alcalde de Terragreda. Si bien era fútil enfrentarse solos a una decena de hombres armados y entrenados, estaban seguros que la situación cambiaría drásticamente si el pueblo llegaba a organizarse. Y, para ello, era necesaria la participación de la persona más respetada, el ciudadano más querido, Luke Moses. 

Lo encontraron taciturno, sumido en gran preocupación. La alegría de la que solía hacer gala se había fugado y en su lugar había dejado un rostro carcomido por la culpa, no parecía siquiera razonar con la lucidez que cabía presuponer en alguien con su bagaje y conocimiento.   

—Siempre es un gusto recibiros, hijos míos. Pero de verdad, no es buen momento. 

—Es el único momento, Sr. Moses — sentenció la india. 

Pese a las reticencias iniciales del viejo en abordar el tema, eventualmente la pareja pudo exponer sus desvelos y los planes para devolver al pueblo a la situación anterior a que se introdujese aquel caballo de Troya disfrazado de justiciero. Tenían muy claro que la multitud estaría esperando una señal para lanzarse en tropel y que no dudarían en seguir a quien siempre había demostrado ser un gobernante justo y bondadoso. Sin embargo su decepción llegaría pronto, insinuada en las continuas negaciones de cabeza de su interlocutor ante el ofrecimiento. Y es que, por más que el estado de ánimo de Luke no fuera el más adecuado, no esperaban llegar al punto de encontrarse con la caricatura del hombre que ambos amaban y respetaban. 

—No tenemos pruebas de que hayan sido ellos —balbuceaba. 

—¡Qué más necesitas, viejo! —vociferaba Emmet, enrabietado— ¡Primero exigen más dinero y después castigan a quienquiera que no se someta a sus exigencias! ¿¡Qué será lo próximo, dígame!? 

El patriarca de los Moses no abrió la boca. Emmet seguía pidiéndole explicaciones, por más que se sintiera que estaba hablando a una pared. 

—¿Acaso va a esperar a que deshonren a nuestras hijas, a que se pongan a disparar al que les mire con recelo...? 

Rosalie observaba en silencio la discusión, gravemente ofendida por la falta de agallas de su suegro como para decir palabra, demasiado furiosa para atreverse a  intervenir en la contienda; en el caso de que lo hiciese, seguro no iba a ser tan benevolente como su marido. Si la furia del búfalo salía a relucir, el viejo seguramente fuera a perder varias muelas. 

«¿Dónde está el hombre que se enfrentó a todos por defendernos?» 

—Vamos hijo, no saques las cosas tan de quicio —insistía Luke—. Además quién nos asegura que cuando se vayan no nos invada alguien mucho peor. Vivimos tiempos salvajes, es el momento de ser fríos y usar la cabeza. 

Mientras trataba de encontrar argumentos, el anciano caminaba de un lado a otro de la estancia, nervioso tal que un cervatillo herido. Al mismo tiempo, y pese a la intensidad del enfado, Emmet procuraba calmar el tono, respirando profundamente en un intento de disipar la irritación. Una vez se supo en control de sí mismo, agarró a su padre por los hombros y le miró directamente en lo más hondo de sus ojos azules. Al igual que ocho años atrás en la taberna, Rosalie pudo contemplar cómo su marido, lejos de buscar la arrogancia, apelaba al  sentido común usando las palabras de la manera más eficiente, estudiando las debilidades de su interlocutor.

—¿Recuerda por qué me puso el nombre de Emmet?

—Perfectamente. ¿Cómo olvidar a un héroe de la madre patria?

—¿Y se acuerda de lo que dijo cuando lo apresaron los británicos?

La india, a pesar de nunca haber salido de los límites que marca el océano, conocía la historia de Robert Emmet como si fuese otra más de las que escuchaba de niña. Su marido se la había contado infinidad de veces a la pequeña Anna Lee, era así su manera de que la niña tuviera alguna reminiscencia de su origen irlandés, que su mente empezara a impregnarse de una cualidad que él apreciaba tanto como el honor. 

 “Cuando mi país tome su lugar entre las naciones de la tierra…” —entonó Luke Moses con energía—, “…entonces y sólo entonces, dejad que mi epitafio sea escrito”.

Se llevaba la mano al pecho y cerraba los párpados, tal era el orgullo por el hombre que le había llevado a nombrar a su hijo en forma de homenaje a su legado.
 
—Pues escúcheme bien, viejo —expuso Emmet inesperadamente calmado—. Poco me importa si le lloran los intestinos de miedo o le tiemblan tanto las piernas que no puede caminar. Lo que usted sienta por dentro no le va a importar a nadie, pero créame cuando le digo que, si se queda aquí sin hacer nada, se le recordará como el responsable de lo que aquí va a pasar. Y eso sí que no se lo van a perdonar.

—¿Crees que no conozco a nuestra gente? ¡Sé perfectamente que es lo mejor para ellos!

—Lo que yo sé es que Robert Emmet luchó hasta el final, y por eso todavía hoy le mostramos respeto. 

Con esa sentencia el hijo buscaba desesperadamente atacar al ego de su progenitor; siempre había sido buen lector de las necesidades de los demás, y un auténtico experto en explotarlas. A su padre lo conocía lo suficiente para creer que su obsesión con lograr que su nombre trascendiera en la historia sería más fuerte que el pavor que le inspiraba Lynott. “Algunos nacimos para equivocarnos”, solía afirmar, y Emmet esperaba que escucharlo de la voz de alguien de su propia sangre le hiciera recordar su innata falta de capacidad para elegir el camino correcto. 

Pero las lágrimas que brotaron en la cara del viejo no fueron una buena señal. No se trataba del llanto de un hombre emocionado por la idea de recuperar su gallardía, ni la de uno derrotado que suplica por ayuda. Su expresión había cambiado por completo y ahora estaba más cerca de una rabieta infantil, la misma que tienen los chiquillos cuando se les dice lo que no quieren oír. Al sentirse atacado, el alcalde apartó el brazo de su hijo de un violento manotazo. Con las gotas pegadas a los ojos y la piel morada de rabia, exhalaba como un animal a punto de embestir, tenía la mandíbula apretada con tanto ahínco que la saliva se le salía por la comisura del labio. En ese instante los dos visitantes se dieron cuenta de que habían fracasado. 

—¡Cómo te atreves, desagradecido! —se desgañitó— ¡Crucé el océano para salvaros a tu madre y a ti del hambre, maldito engreído. No tienes derecho a venir a mi casa y llamarme cobarde! 

El portazo de salida de Emmet sonó a despedida rotunda. La pareja, abatida y agotada, hizo el camino de vuelta sin decir una frase. Habían perdido la única carta que creían podía hacer ganar la partida y no les quedaban ases en la baraja. Rosalie, incapaz de abandonar una batalla, siguió insistiendo durante los días posteriores en la necesidad de hacer frente, de alguna manera, a los demonios que con su llegada habían aniquilado un futuro que justo empezaba a despejarse. Su marido, al contrario, había salido de la reunión completamente destruido, sin fuerza alguna para pelear, y mucho menos para dar un paso al frente y convertirse en el líder que su padre no quería ser. Confiado en que, al menos, los dejaran tranquilos en su granja de las afueras, pidió a su esposa que se mantuvieran al margen. 

—Si no quieren apagar el fuego, deja que se quemen en la hoguera que ellos mismos han creado. Ya luché una guerra por nada, no me hagas hacerlo de nuevo.

La india guardó silencio, no se atrevía a cuestionar el dolor que su compañero   había traído de la época en el frente, le había costado demasiado recuperar al hombre del que se había enamorado. Además, tenía que admitir que en su razonamiento había parte de razón. A ella también le pesaba la impotencia de saber que ninguno de sus conciudadanos estaba dispuesto a arriesgar su integridad, incluso si otros se jugaban la vida por ellos. En realidad incluso los entendía; hasta encontrar a Emmet y Anna Lee, también había sido alguien que únicamente se preocupaba por sí misma. Y si iba a terminar luchando, mejor guardar energías para hacerlo por su familia en vez de por un puñado de pusilánimes. 

Cuando un mes después el hijo del boticario apareció cadáver en la fuente de la entrada del pueblo, a nadie le sorprendió. Al pobre muchacho le habían dejado el rostro reventado a golpes, los ojos hundidos de manera que casi no podía reconocérsele. Para rematar la infamia, lo habían desnudado y le habían atado la mano a los testículos, en una forma macabra de burlarse de él. Descubrir que su padre guardaba un dinero bajo los tablones de la despensa había sido motivo bastante para lanzar tan cruel aviso. A sabiendas de que el hombre contaba con tres hijos más, estaban convencidos de que no volvería a mentir diciendo que no tenía suficiente para pagar el impuesto de protección.

Finalmente, tal y cómo había argumentado Emmet ante su padre, Chester Lynott y los suyos no habían tenido problema en cruzar todas las líneas imaginables, instaurando un régimen de terror en el que podían exigir cualquier cosa, sabiendo que ningún aldeano iba a negársela. Habían sido, eso sí, lo suficientemente hábiles para abortar cualquier mínima posibilidad de revuelta. Primero se habían agenciado las llaves que custodiaban el depósito de armamento, y más tarde soltaron a todos los caballos exceptuando los suyos. Para no dejar cabos sueltos, posteriormente metieron en una celda al sheriff local y vapulearon al pastor Helm hasta dejarlo medio muerto. Por fin se quitaban la máscara ante todos y se mostraban como eran en realidad. Ahora tenían el control y tocaba saborearlo. 

No pasaron ni dos semanas hasta que Luke Moses fue removido como alcalde y en su lugar se nombró ‘Guardián y mano de Dios’ al hombre al que, a escondidas, ya todos llamaban ‘el loco’. Con el poder y el dinero de Terragreda en sus manos, tenía todo lo que podía desear y la fuerza necesaria para mantenerlo por siempre. Pero dicen que el diablo nunca está satisfecho, y el loco Chester era de los que tenían el infierno dentro.

“Rosie, estos no saben lo que quieren… Y cómo no lo saben, cogen todo.” 
 
La india tiene grabado a hierro cuando aquel lunático se personó en su puerta justo tres días después de haberse autoproclamado líder de la comunidad. La mala fortuna quiso que la que abriera la puerta fuera la pequeña Anna Lee. Los ojos inocentes de la niña se agitaban con fascinación ante aquel hombre que nunca había visto antes, de traje impoluto y cabello reluciente. Tras un segundo de estupefacción, la niña puso una enorme sonrisa y, dando una voz hacia el interior de la casa, llamó a su madre.

Cuando Rosalie apareció en la entrada, un súbito golpe en el pecho casi la hizo ahogarse. De repente notaba cómo la temperatura del cuerpo se le había congelado hasta el punto de temer perder el sentido. Tratando de disimular, se apoyó en el quicio, rodeo con el brazo a su hija y puso lo más parecido a una sonrisa que consiguió mostrar. Chester Lynott se colocó el sombrero en el regazo e inclino levemente la cabeza en forma de saludo. Inmediatamente se puso a cuclillas, quedando su vista a la altura de Anna Lee.

—Pero, ¿qué tenemos aquí? —exclamó zalamero— Qué me parta un rayo si no eres la niña más bonita que he visto en toda mi vida. 

A Rosalie se le erizó hasta el último vello de su piel. 

«Si tan sólo lo hubiese matado allí mismo… »

­Un año más tarde, vuelve a tenerlo delante. Esta vez sin la distracción de tener que proteger a una niña pequeña, el loco tiene toda su atención. Por supuesto, no ha venido sólo a la cantina. Como a todos lados, le sigue Jack, su escuálido perro guardián, otro monstruo a la altura de su amo. Ambos están armados, Chester con un arma corta en el cinto y su compañero carga una escopeta atada al hombro. Pero se puede decir que esta vez la fortuna está del lado de la mujer: la creen tan rendida que no han traído a todo el ejército con ellos.

Con el canto de un viejo reloj de cuco anclado a la pared del local, se anuncia el cambio de hora. El sol ha disminuido su castigo y los rayos se filtran entre los polvorientos ventanales, rellenando de luminosidad los oscuros rostros de los tres únicos comensales de esta tarde. 

La tan esperada reunión acaba de empezar.





VI – Bringin’ home the rain
Trayendo la lluvia a casa (The builders and the butchers, 2007)
 
Lleva tanto esperando este momento que, aunque muestre el sosiego más absoluto, por dentro siente la hiel quemándole la boca, los ojos nublándose y mostrándole espejismos a través de las ventanas. Está tan sobreexcitada que tiene que pestañear repetidamente para no ver reflejado en los cristales el cabello ondulado de Anna Lee, no en vano hace rato que chasquea la lengua para no escuchar sus preguntas curiosas en la cabeza. Llevaba largas trenzas y un traje amarillo con volantes la mañana en que la obligó a partir. El viento lo agitaba haciéndolo danzar, asemejando pequeñas ondas que subían y bajaban. Los ríos, en cambio, se desmoronaban por sus mejillas. 

«Una ola que lo arrasará todo»
 
Sabe perfectamente que, de todas las flechas que tiene clavadas, la imagen de la niña desvaneciéndose al final del camino será siempre la que se sentirá más profunda. Una herida a pocos centímetros del corazón, siempre punzante, preparada para asestar el golpe final. Hoy que tiene en frente al responsable y sin nada que perder, está dispuesta a sacarse esa saeta o hincársela hasta el último aliento. Es el día de zanjar asuntos pendientes y ha decidido que esta negociación, alargada innecesariamente durante meses, va a derivar al fin en algún tipo de resolución. Cueste lo que cueste. 

—Y dime, querida —empieza Chester Lynott, al tiempo en que se sienta frente a la india— ¿Has podido estudiar la propuesta que te hice? 

El tipo se ve eminentemente tranquilo, si acaso demasiado confiado. Pero Rosalie no se fía de la imagen bonachona que transmite el loco. La primera vez que lo había visto, ya había detectado que, para su desgracia, no era tan estúpido como el resto de cabestros que traía consigo. El tiempo le había acabado dando la razón y éste se había desvelado un estratega paciente y meticuloso. Con lo que no había contado era con que la conquista del pueblo no fuera el único propósito de la alimaña. Descubrir que el tesoro sobre el que quería poner las garras era la granja que ella y Emmet habían mantenido durante años, había sido un desgraciado devenir de los acontecimientos. 

—¿Se refiere a la misma propuesta que no ha variado en todo este tiempo? 

—Una oferta generosa de un hombre que se preocupa por sus vecinos. 

—Una insuficiente para lo que va a sacar por ello. 

La mujer escruta sin pestañear el rostro campante del nuevo alcalde, buscando alguna chispa en su interior que delate algo de humanidad. “No saben lo que quieren”, le había asegurado horas antes el viejo Luke Moses. Ingenuo desde las botas hasta el sombrero, ni Emmet ni ella habían querido contarle en su momento todo lo que habían descubierto sobre el verdadero cometido de los nuevos usurpadores. Porque Lynott había resultado no ser un demonio cualquiera, no se trataba de alguien incapaz de ver más allá de sus zapatos, tenía sueños esculpidos en oro y ambiciones curtidas con sangre. Y, bendita su suerte, con el final de la guerra, en su afán por aprovechar un país en ruina para hacer fortuna, había sido testigo de uno de los planes más ambiciosos de la Unión: la reconstrucción del ferrocarril que conectaría el norte con el sur, el pasaje que unificaría los Estados Unidos después de años de sangrienta contienda.

—Escucha, mujer —reclama Chester—, ambos sabemos que no me va a temblar el pulso si no me lo ponéis fácil. Acepta el trato ahora que hay uno sobre la mesa.
 
—Las amenazas no van a amedrentarme, señor Lynott. Yo sobre la mesa sólo veo a un par de bandidos que han conseguido todo sin que les cueste un céntimo y pretenden ahora hacer lo mismo.
 
—No seas grosera, cariño —dice en un desaire—. Yo no te amenazo, únicamente te informo de la situación, ya que a lo mejor, como eres piel roja, puede que no sepas cómo funcionan las cosas por estas lindes. Y es que los de aquí tenemos un dicho: “no hay que meterse en una pelea que no puedes ganar”.
 
—Entre mi gente hay un proverbio muy diferente —responde ella con gravedad—. Dice que “el palo más fuerte no es aquel que no se dobla, pero tampoco es el que se parte”.
 
El tipo arruga la nariz, evidentemente contrariado. 

—Menuda tontería de refrán. ¿Quién se pone a hablar de palos para referirse a las personas? Sinceramente, no soporto esas estúpidas metáforas.
 
—Si lo prefiere lo diré de manera que lo entienda; en esta pelea tampoco las tiene usted todas consigo. 

El enfado de Chester es notable, así lo reflejan sus cejas arqueadas y el prominente pliegue que se le forma en la frente.
 
—Dejémonos de frases hechas —claudica frustrado—. Total, no son más que cuentos de viejas. ¿Qué es lo que demonios quieres?
 
—Ya le dije —insiste Rosalie— que sólo aceptaríamos un porcentaje del contrato que haga con los Yankees. 

—Y ya os aseguré, por activa y por pasiva, que no hay ningún contrato. ¿Qué os pasa a los indios, que de tanto contar historias desarrolláis una imaginación que os impide ver la realidad? 

La chica sabe que, por más que la tradición india haya tenido históricamente en la narración de leyendas una de sus señas de identidad, la realidad que Chester intenta ocultar nada tiene que ver con cuentos frente a una hoguera. Tal y cómo Emmet había escuchado meses atrás a un par de compinches del loco, borrachos y descuidados mientras celebraban en la taberna, la fijación de las vías era una empresa que iba a contar con un interesante añadido, un extra que sin duda había atraído la atención del truhan que tenían por jefe. Y es que, en la exploración del terreno, la nueva administración había encontrado un impedimento, una porción de terreno la cual quedaba en medio del paso previsto; un pueblo de granjeros y comerciantes conocido por el intenso color de sus tierras. 

Con la arrogancia moral de la que hacía gala el gobierno del recién asesinado Lincoln, no iban a permitirse la mala prensa que conllevaría la destrucción de un asentamiento sureño nada más acabar la guerra. Por ello, una partida del presupuesto contemplado iría destinado a una cuantiosa indemnización para los dueños legítimos de la propiedad. Una pequeña cantidad para un país con un deseo imperioso de reconstruirse, pero una esplendorosa suma para el afortunado. Evidentemente, Chester ‘el loco’ tenía claro que iba a hacer cualquier cosa a fin de convertirse en esa persona. Y, si bien al proclamarse alcalde de Terragreda había pasado automáticamente a tener potestad sobre cualquier decisión que incumbiese a las viviendas dentro del término municipal, había un terreno que quedaba fuera de la jurisdicción del pueblo, uno que, paradójicamente, sería el que contara con la mayor indemnización. Fue de esa manera que la granja habitada por un irlandés pelirrojo y su esposa india pasaría a ser su mayor obsesión.
 
—Sr. Lynott, no me trate como una estúpida. 

—Al contrario, querida —responde recuperando la armonía—, si estamos hoy aquí es por el respeto que os tengo. Dicho esto, la oferta se mantiene como está. 

Ella ladea la mandíbula en gesto contrariado, fingiendo que realmente aguardaba otra respuesta. Si se muestra desencantada, quizá bajen aún más la guardia y encuentre su oportunidad. A la vez que no quita ojo de la pistola que Chester lleva a la cintura, trata de no perder de su punto de visión los movimientos del perro, el cual camina tras su jefe y se dedica a acariciar su cuchillo con la yema de los dedos. De tanto en tanto, se pasa la lengua por los morros provocando que un viscoso susurro emane de su garganta. Cuando hace eso, a Rosalie se le asemeja más a un lagarto que al cánido con el que lo nombran. 

—Bueno, —interrumpe Jack con voz burlona— la oferta es la misma, pero con el añadido que os trasmitimos anoche. 

Una monstruosa carcajada sigue al comentario, y Rosalie no puede evitar dirigirle una mirada amenazadora. 

—Dile a tu perro que guarde silencio —espeta con desprecio—. Un sonido más que salga de su grasienta dentadura y no hay trato. 

Jack enmudece de repente y en un segundo todo su cuerpo se tensa, al tiempo que aprieta con fuerza la escopeta que lleva al hombro. Con la mirada infecta de rabia, da un par de zancadas en dirección a la chica. Por fortuna, un gesto con la mano de Lynott le detiene en seco. 

—Déjalo estar, Jack —le indica sin dejar de mirar a la mujer—. De acuerdo, india, no te pongas así, ya sabes que a los animales es difícil controlarlos. 

Chester gira la cabeza hacia su subordinado y le dedica una mueca cómplice que amansa a la fiera de manera inmediata, haciendo que aparezca de nuevo en éste el semblante bufonesco que tanto le caracteriza. 

—Cuidado que muerdo, ‘salvaje’ —se mofa el perro. 

Orgulloso de su juego de palabras empieza de nuevo a reír jocoso mostrando los dientes picados y puntiagudos, sin dejar, eso sí, de palpar la escopeta con los dedos, por si acaso el tono no ha dejado claro que la amenaza no tiene nada de broma. Si no fuese porque conoce de primera mano la crueldad que invade cada uno de sus poros, a Rosalie le parecería otro paleto subnormal, uno de los que se limitan a hacer de comparsa ante cualquiera que les muestre algo de interés. Pero no, Jack el perro no es ningún retrasado, sino un engendro violento que disfruta siendo brazo ejecutor de hombres más ambiciosos y menos primarios que él. 

—¿Acaso te quedaste con ganas de más, guapa? 

—Ella ya conoce de lo que eres capaz, Jack. Y estoy seguro que te prefiere con los pantalones puestos, ¿no es así Mrs. Moses? 

La india vuelve la cara, asqueada. Han pasado horas y todavía cree sentir sobre la piel la misma repugnancia que le produjo el roce del miembro lánguido y grasiento de aquel animal, una suerte de hiedra venenosa deslizándose bajo la falda hasta sus nalgas. El rostro desencajado de Emmet mientras era obligado a mirar, es una impronta que le acompañará en sus pesadillas por el tiempo que le quede. 

—Se equivoca —responde entornando los ojos con malicia—, donde prefiero sus pantalones es alrededor de su cuello, bien apretados. 

—Me encanta esta mujer —afirma Chester dando un silbido de admiración—, cada palabra es un desafío. ¿Qué hace falta para que dejes al cobarde del granjero y te haga mi esposa? 

—Lárguese de este pueblo y le prometo que me iré con usted. 

—¡Eso sí que es una oferta! —vocea con retintín— Y, créeme, nada me gustaría más que dejar atrás este sitio asqueroso y su tierra colorada que se te mete hasta en el ojo del culo. Pero sabes que no puedo hacer eso. 

—Lo único que sé es que esa tierra estaba feliz con los traseros en los que se metía. 

Ambos bandidos se miran entre sí abriendo mucho los ojos. Parece hacerles cierta gracia la sobriedad de la chica, a la que no están dispuestos a tomar muy en serio. 

—No sólo es mona —pregona el perro—, también tiene una lengua de lo más sucia…
 
—Dan ganas de ponerse a escucharla soltar improperios toda la noche, ¿cierto, Jack?
 
A Rosalie la estampa le produce vergüenza ajena; le resulta difícil de entender como unos carniceros de los de la calaña de los dos que tiene en frente, siendo capaces de la crueldad más animal, encuentran divertidas tales boberías, sin duda más propias de escolares imberbes que de hombres adultos.
 
—Muy graciosos, pueden reírse lo que quieran. Eso delata hasta que punto no son conscientes de todo lo que han… 

—¿Y eso? —la interrumpe Chester de golpe, señalándole la mano. 

Los nudillos de la mujer siguen cubiertos de sangre seca, recuerdo del botellazo que ha pegado al viejo Luke unas horas atrás. 

—La vida de campo no siempre es igual de fácil para todos —responde desafiante, manteniendo la regia postura pese a la brusca interrupción. 

—Vaya con la granjera, gélida como un témpano. Mírala Jack, tú con menos de eso ya estarías llorando. 

El bobo escuálido le sigue la broma, dando una palmada en el hombro a su patrón. 

—Yo con eso ya me habría muerto. 

—Bueno, quizás un poco de sangre no es tan malo—sentencia Lynott—. A veces el dolor físico es incluso reconfortante, te focaliza y endurece, ayuda a descansar de las penas del alma. ¿No es cierto, piel roja? 

«Cómo si tú tuvieses alma» 

—Mejor un puñal en la piel, que una duda en el corazón —contesta irónica. El loco se muerde el labio con lascivia. 

—¿Te he dicho ya que me encanta esa sangre vuestra? Tan orgullosa y salvaje… ¿Estás segura que no intentas seducirme? 

La insinuación del monstruo le produce una náusea en la parte baja del vientre. Visualizarse yaciendo con ese hombre le turba aún más que la idea de no sobrevivir a esta tarde. 

—Lo único que intento es vivir tranquila con mi gente —comenta tratando de desviar el tema—, cosechando lo que la tierra tenga a bien proporcionarnos. 

—Menuda decepción me das, ¿sabes? Yo creo que la vida de granja no es para una india, un ser tan libre, tan feroz. Tendrías que estar danzando para que llueva, en vez de esperar a que se te echen a perder los cultivos. 

—Nosotros no hacemos eso, Lynott. 

—Claro que sí —afirma convencido—, os ponéis con vuestros penachos y cantáis con lobos, así de locos estáis. 

—Creo que me confunde con los Apaches. Mis orígenes son Arapahoes. 

El idiota de Jack sisea con la lengua y pone cara de asco. 

—Esta nos quiere engañar, jefe. Los ‘arrapastrosos’ esos son de más al norte. Hágame caso, esa gente nunca está tan cerca de la frontera. 

—Me he movido mucho —replica ella echando una mirada retadora al perro. 

—No le tengas en cuenta —susurra Chester con suavidad—. Éste no se ha enterado todavía que os tenemos corriendo de un lado a otro del país. 

­Las palabras del baboso alcalde se cuelan virulentas por sus tímpanos y tiene que hacer de tripas corazón para no devolver la vileza y acabar entrando en el juego intimidatorio que propone. Aunque hace veinte años que no es parte de la tribu, se ha preguntado muchas veces por el devenir de su gente. Emmet incluso la había descubierto en una ocasión presa del tormento, temblando de miedo. Su turbación coincidía con la llegada de un regimiento de soldados de la caballería que había parado en el pueblo, los cuales, tras unas cuantas copas y ebrios de grandeza, habían empezado a contar historias sobre sus últimas incursiones: “¡Teníais que haber visto cómo gritaban esos salvajes!”, se vanagloriaba uno de ellos, “Muchos hasta pedían clemencia”, se burlaba otro. Y ella experimentaba entonces una horrible sensación de traición, culpándose por no haber estado ahí para ayudarles a defenderse. 

—Es cierto que nací allá en el norte de la gran llanura —contesta tratando de parecer calmada—, pero hace mucho que dejé atrás esa vida. 

—Ya nos dijo el viejo alcalde que habías enterrado tu nombre y habías jurado no hacer daño ni a una mosca. 

La india carraspea a propósito. 

—Las moscas no me arrebatan mi medio de vida, ‘nuevo’ alcalde. 

—¡Qué te crees tú eso! Dales tiempo y acabarán contaminando las cosechas. No existe bicho viviente al que debas menospreciar. 

«¿Cómo tú haces conmigo, demonio?» 

—¿Eso también se lo dijo el viejo? —añade sarcástica. 

Chester frunce el ceño y se queda parado, «no te pases de lista», parece estar pensando. 

—Pues lo que sí nos dijo fue que erais gente razonable —replica finalmente, atusándose el grasiento cabello—. Y, sinceramente, después de lo de ayer, yo tampoco esperaba tanta reticencia, amor. Supongo que el carcamal se equivocaba, ¿no piensas lo mismo Jack? 

—Ese viejo borracho no sabe una mierda, jefe. Cree que todos son tan gallinas como él. 

A ella, en el papel de hija agradecida, le gustaría salir en defensa de Luke Moses, pero, además de no servir para nada, tiene que reconocer que ellos tienen bastante razón; el viejo siempre ha vivido en su propia y edulcorada realidad, y precisamente esa enajenación había sido uno de los clavos con los que Terragreda se había enterrado en su propia tumba.
 
—No se ofusque, señor —comenta lisonjera, lo perverso asomando bajo las cejas—. Con que suba un poco la cantidad creo que podremos llegar a entendernos. 

—Parece que no captaron bien el mensaje de ayer, jefe —protesta el joven matón. 

Lynott hace un ademán con el brazo, pidiendo paciencia a su guardaespaldas. 

—Estoy seguro de que sí, amigo. Pero cuando las cartas están sobre la mesa, hay que intentar subir la apuesta mientras quede partida. Y a veces se gana y otras... 

El hombre se encoge de hombros y pone una sonrisilla. La india se limita a asentir, siguiéndole en el juego del tira y afloja. Durante unos minutos ninguno de los dos abre la boca, estudiándose el uno al otro, esperando que alguno pierda los nervios y haga alguna estupidez, cualquier cosa que les de ventaja a la hora de negociar. A un lado de la mesa, Chester prolonga su mirada penetrante, disfrutando de esta lucha de egos de la que se considera vencedor, pero en su lengua, continuamente en movimiento por los carrillos, se empieza adivinar la impaciencia. En el lado opuesto, Rosalie respira con temple, manteniendo bajo control su estado de ansiedad. Cree que el momento ha llegado, y aprovechando las risas de los dos idiotas, ha cargado el tambor del revólver sin que se percaten de ello. El primer disparo al perro será sencillo, lo que tarde en recargar determinará si puede acabar con el loco de un solo intento. Qué salga viva ya será cuestión de suerte. 

—Hablemos entonces de lo importante —profiere finalmente el jefe. 

—Me parece bien. Ya sabe usted lo que quiero. 

—Mientras me digas dónde están los documentos que acreditan la propiedad, quizá podamos llegar a algo. 

Rosalie se recuesta sobre la silla y deja salir una pícara curva de sus labios, pues, aun en medio del odio y el sufrimiento, queda un pequeño hueco para sentirse orgullosa. No en vano, su jugada maestra les había mantenido con vida durante todo un año, de no haber escondido los documentos aquellos mercenarios los habrían degollado el primer día. Ahora en cambio están obligados a convencerla. Pobres infelices, no saben que el dinero no tiene ya ningún valor para ella. 

—Eso, danos los putos papeles —agrega Jack siguiendo la corriente.

El chico, algo azorado ante un duelo psicológico en el que no tiene cabida, ha dado un paso al frente y se acerca resoplando al rostro de su capataz.
 
—Pues yo destrozaría la casa, jefe. Seguro que los tienen escondidos en algún lado. 

—No seas idiota —contesta Chester fastidiado—. ¿Es que acaso no viste la cara del pelirrojo? Si estuviesen en la casa, él lo habría sabido, y después de lo que vio, nos habría entregado hasta a su madre. 

—A lo mejor no le quedó tan claro y sólo necesita otra vuelta de tuerca —apostilla el perro, salivando por un poco más de violencia. 

—Te aseguro que ésta es la única que sabe dónde están los papeles. Desde el principio nos la ha estado jugando. 

La india observa en silencio, los dientes apretados no logran impedir que en su cabeza comience a sonar el trote de las bestias, la furia del búfalo haciéndose cada vez más presente. Es tal la ira que le produce ver cómo hablan con total ligereza de su dolor y el de los suyos. 

“No voy a odiar a nadie”, prometía Anna Lee. Allá donde se encuentre, Rosalie implora por qué pueda mantener esa inocencia. Para ella ya no existe tal posibilidad, la sangre le quema en las venas. 

—He hecho lo que hacía falta para proteger a mi familia —interviene la mujer. 

—Pues mira lo bien que te ha salido —se jacta Jack, palpándose el trasero. 

—Asquerosa sabandija sin cerebro —contesta furiosa—, debería arrancarte los testículos y ponértelos de sombrero. 

El joven flacucho se agarra provocativo la entrepierna mientras ella araña la mesa intentando contenerse. El jefe da un golpe sobre la mesa con la mano abierta para llamar la atención de ambos. 

—¡Vamos todos a calmarnos!
 
—Eso díselo a tu lacayo. Pensaba que había quedado claro que no quería oírlo de nuevo.
El patrón da una palmadita fraternal en el hombro a Jack, el cual da un paso atrás, volviendo a cubrir la retaguardia de su jefe. 

—Vamos, Señora Moses, no sea tan dura con el chico. 

—Debe estar bromeando…
 
—En fin —prosigue Lynott ignorándola—, hablemos en serio,  qué no se diga que somos unos salvajes que no pueden discutir como personas civilizadas. 

El tipo lanza un guiño cómplice a la mujer, que niega con la cabeza ante la enésima ofensa que sale de la boca del pistolero. 

—Estoy dispuesto a pagaros mil dólares por el terreno y las escrituras—propone confiado—. Sabes que no vale ni la mitad. 

—Y, aun así, es mucho menos de lo que usted obtendrá del gobierno. 

—Y dale con el tema. Qué tendrás tú que querer con un gobierno que te considera, lo menos, una antigualla. No creas que los herederos del señor Lincoln no pensarán lo mismo que yo de los bailes alrededor del fuego. Qué una cosa son los negros, pero tu gente…
 
—Mi gente son la que usted ha esclavizado en este pueblo durante un año.
 
—Eso es lo que tú crees, y está bien por mí. El problema es que, cuando lleguen aquí los nuevos colonos van a mirar tu color de piel antes que cualquier otra cosa. Los mismos que van de liberadores de los oprimidos tienen idénticos prejuicios que el resto de nosotros, chiquilla. 

Rosalie cruza los brazos, exhibiendo su apatía ante el vago intento de cerrar rápido las negociaciones por parte de su interlocutor.
 
—No le quito la razón, no me descubre usted un secreto divino. Pero el problema real aquí, señor, no es lo que piensen o dejen de pensar los Unionistas o si les gusta o no la tonalidad que vean en mi cara. 

—Si tú lo dices…
 
—Lo que yo digo es que la cuestión por la que de verdad estamos aquí sentados se debe principalmente a que, dado su historial, necesito una garantía de pago y, más importante, la certeza de que no habrá represalias…
 
—Cuando tenga lo que quiero, ni volverás a escuchar mi nombre.
 
Aún se tiran varios minutos discutiendo cifras y formas, cada uno con la seguridad que le da el sentir el arma pegada a la cadera y la precaución que da saber que hay mucho que perder si se tuercen las cosas. 

La llegada de una nueva hora los encuentra con la mirada suspicaz, analizándose el uno al otro cual jugador en una mesa de póker. El reloj de cuco de la pared entona su alegre piar, un colorido sonido que contrasta a la tensión que se respira entre los presentes. Con el sol descendiendo poco a poco, las sombras que se re reflejan contra la barra se hacen cada vez más enormes, más siniestras. 

El loco ha mandado a su perro a que le traiga una botella de bourbon de detrás de la barra y ahora degusta el dulce licor, los chorros corriéndole por la barbilla oscurecida por el corte de la navaja a contrapelo. Tras dar un par de tragos, acerca la botella a Rosalie que duda un instante, no es la galantería una de las virtudes principales que él atesora. Aun así, acaba aceptando la oferta, pues, qué demonios, un poco de alcohol podría ayudarla a mantener la calma unos minutos más. Saciar parcialmente la sed de sangre.
 
—¿Podrás aguantar algo tan fuerte? —importuna el hombre.
 
—Esto no es más duro que el agua de un abrevadero.
 
—Te haces la valiente, pero seguro que un cuarto de botella y caes desmayada.
 
Ella baja la testa y dedica una sonrisa perversa a su oponente. 

—He ganado muchos dólares por suposiciones como la suya. ¿Quiere apostar?
 
Chester alza las manos y pone una cómica expresión.
 
—Por dios, no. En temas de dinero ya me estás costando más de lo que me puedo permitir.
 
—Y un carajo —dice ella entre dientes al tiempo que pega un largo lingotazo a la botella. 

El perro suelta una risilla nerviosa y mira a su jefe, el cual sigue tratando de mantener un gesto agradable, en un ejercicio de contención al que se nota no está acostumbrado. 

—Vamos, señora, no pierda las formas. Para algo ha elegido usted ser una mujer de bien y vivir una vida aburrida en lugar de andar cazando por ahí. 

—No toda las vidas en estos tiempos están llenas de aventuras —responde algo molesta—. La mayoría estábamos muy a gusto con nuestras aburridas existencias hasta que llegaron ustedes.
 
—Encantado de traer algo de picante a vuestro sinsabor —se pavonea el loco.
 
—Gracias por la parte que me toca —interviene Jack.
 
Las pupilas de Rosalie se dirigen coléricas hacia las manos enjutas del perro. Le encantaría poder coger un martillo y destrozárselas desde el primer al último hueso. 

Nunca lo conseguirías siendo tan evidente.

Distraída con la cruenta quimera que elucubra su cabeza y rememorando las sabias advertencias que le daba su marido, no se da cuenta que, inesperadamente, Lynott se ha incorporado sobre la silla y se ha colocado prácticamente a un palmo de ella. Su expresión es levemente torva, con las cejas apretadas y clavando los ojos en los pozos verdes de la india. 

—Oye, por más que disfrute tu compañía, no dejo de preguntármelo, ¿por qué no está aquí tu marido? —pregunta casi rozando la nariz de su oponente. 

Ella, indudablemente desconcertada, se ha sobresaltado por un instante, tener la respiración hedionda del tipo encima le violenta lo suficiente para haber tenido que arquear la espalda hacia atrás. Mas la severidad de la pregunta le obliga a actuar rápidamente y con el mayor disimulo, por lo que en seguida hace acopio de todo el aplomo que puede y recupera la compostura, con la indiferencia por bandera.
 
—Como puede comprobar, Sr. Lynott, yo soy mejor negociadora. 

—También eres más vulnerable.
—Depende de que es lo que esté en juego. —La india se mantiene impasible ante el tono intimidatorio que le muestra Chester. 

—Por lo que se ve, la integridad de tu esposo, hoy no. 

—Y espero que la mía tampoco, señor alcalde de Terragreda. 

—No hay de qué preocuparse. No se puede permitir que la gente vaya por ahí diciendo que una eminencia no es capaz de llevar una negociación pacífica. 

—Por supuesto que no. Dejemos entonces a Emmet tranquilo con su arado —miente la mujer, la culpabilidad apuñalándola en el instante en que el nombre de su marido sale de sus labios. 

—¿Puedo confiar en que él no se opondrá a lo que acordemos aquí? 

—Para lo que usted desea, tengo toda la potestad para tomar una decisión.

El demonio sonríe satisfecho y vuelve a sentarse. Ella respira tranquila, por un momento ha creído en que, si seguía indagando, habría acabado por descubrir la tragedia con la que ha amanecido la mañana. 

—No me cabe duda, Señora Moses. Simplemente pensaba que vendría el pelo de zanahoria, le echamos de menos. 

El perro carcajea ante la ingeniosidad de su jefe. Rosalie imagina su cráneo rodando por el suelo y siente un cosquilleo por dentro, no puede negar que le produciría un placer macabro que el odioso cacareo del cretino pronto se convirtiese un grito ahogado. 

—Retomando lo de antes —continúa Chester interrumpiéndole la fantasía—, lo que sigo sin entender es que hayas elegido una vida tan sosa, en lugar de ser libre como un pájaro.
—La libertad no tiene siempre que ver con llanuras extensas y cielos infinitos. A veces no ver el final del paisaje es una jaula en sí misma.
 
—¡Eso es palabrería barata! —exclama sacudiendo los brazos— Desde el principio el hombre ha buscado liberarse de las cuerdas, ya sea con su fuerza, su intelecto… o si no, con un buen puñado de armas.
 
—¿Me está queriendo decir que se considera un hombre libre?
 
Rosalie le vuelve a pasar la botella al loco, el cual la agarra sin dejar de fijar la vista en la mujer, apretando el cristal con inusitada fuerza.
 
—Por supuesto. Nadie me dice qué hacer o dónde debo estar. En esta era, eso es un privilegio del que no todos pueden alardear.
 
—Y, sin embargo, hay cadenas que no se ven a simple vista.
 
—¿Te refieres a las tuyas? Porque, corrígeme si me equivoco, si no tuvieses una familia que te atase, hace ya mucho que habrías echado a correr huyendo de nosotros, libre y salvaje como naciste.
 
—Ya corrí suficiente en el pasado —musita lacónica—. Ahora prefiero quedarme donde estoy.
 
—Pues, ¿qué quieres que te diga? Tenía entendido que los tuyos despreciaban la forma de vida del hombre blanco, tan encadenada a lo material, y esas cosas que decís vosotros. 

—No se crea todo lo que cuentan de los indios, señor Lynott
 
—No se trata de creer o no, niña, pero no puedes negarme que eres un caso único. Nunca he visto a una piel roja huir de su tribu para tratar de vivir como una simple esposa, y para colmo, en un pueblo más aburrido que la arena que lo sostiene.
 
El hombre da otro largo sorbo a la botella. La india comienza a impacientarse, ¿hasta cuándo va a seguir esta pantomima?.
 
—¿Por qué hacer tal cosa? —se empecina Chester— ¿Acaso no te gustaban las pichas coloradas?
 
Justo antes de acabar el chiste, el loco ya está soltando otra carcajada que casi le hace caerse de la silla. Por suerte para los oídos de Rosalie, esta vez Jack parece haberse perdido la broma y no ha dejado salir su sardónica risa.
 
—Para su desgracia, no tiene nada que ver con lo que hay debajo de los pantalones. 

—Una lástima, sobre todo para aquí mi amigo. Pero, ya en serio, ¿me estás diciendo que a alguien como tú prefiere ser granjera que, yo que sé, ser guerrera o algo así? 

—Créame si le digo que tiene usted muchos cuentos en la cabeza. Pero, contestando a su pregunta, sí, esta es la vida que he elegido para mí. 

—Sí ya, supongo que para casarte con el pelirrojo. Mira que no hiciste muy buen negocio.
—Uno muy malo, jefe —se burla Jack—, el tirillas no le duró ni un asalto. 

Rosalie sabía que Emmet se había dejado dar todos los golpes para evitar un mal mayor. No pudo prever que acabaría siendo apaleado y apuntado con un arma mientras violaban a su mujer. Mas no le guarda ningún rencor, no había tenido la culpa de que las cosas hubieran acabado de la manera que lo hicieron. El no habérselo dejado claro era un remordimiento que iba a llevarse a la tumba. 

—Es la vida que elegí —murmura en voz queda, convenciéndose—, no me arrepiento de nada.
 
El granjero, siempre oportuno, no se marchó sin dejarle un último regalo a su esposa. La cuerda con la que la que se ahorcó esta mañana le arrebató los miedos y le dio la rabia necesaria para cumplir su cometido. 

«Permite que la ola crezca, deja que traiga la tempestad.»






VII – Darkness on the edge of town
Oscuridad en las afueras de la ciudad (Bruce Springsteen, 1978)
 
“Porque en las historias de tus enemigos, también está puesto el corazón. Sólo oyéndolo, podrá ser justa tu batalla”. —Mientras le agarraba del cuello, Chester leía en voz alta la inscripción bordada en la chaqueta de Emmet. 

Aquel sanguinario lo tenía encañonado, el frío del acero balanceándose desde la sien hasta la barbilla, la cual se estremecía en un escalofrío. Inmóvil y de rodillas, el granjero se asemejaba más a un devoto a punto de rezar a la cruz un día de misa cualquiera, aunque su rostro, henchido de horror y marcado por las heridas, delataba una expresión de súplica como nunca había visto ninguna parroquia local. 

—Menuda mierda de lema, pelirrojo —continuó menospreciando el loco—. Dime, ¿es que acaso quieres oír mi corazón? 

La hemorragia provocada por golpe de la frente le bajaba por el ojo izquierdo que pestañeaba incansable en un esfuerzo por no quedar cubierto por el plasma. Aún mareado, Emmet trataba con dificultad de mantener la verticalidad, aferrándose a una inútil dignidad. Pero lo cierto era que, frente a su borrosa vista, ya únicamente alcanzaba a divisar los senos de Rosalie, los cuales se balanceaban con virulencia a través de la rasgadura en el vestido verde oliva que se había puesto esta mañana. Tras ella, Jack iba de atrás hacia adelante, acompañando cada embate con el sonido metálico de la hebilla del cinturón al chocar contra el suelo. 

—El vestido… —logró decir el granjero entre balbuceos. 

Chester se agachó hasta quedar a la altura de su rostro y puso sus labios junto al oído de su prisionero. 

—Escúchalo bien, oye cómo suena la historia de tu enemigo: Habla de un tipo que siente que le están tomando el pelo, y, como represalia, te va a meter un tiro si dejas de mirar a esos dos….

El captor hizo una leve parada en su narración y se separó del joven magullado, volviéndolo volviéndolo a otear desde lo alto.

—…En mi cuento, no os necesito vivos a ambos. 

Ella había tratado de permanecer con el porte inmutable mientras el perro la embestía, en un intento de aplacar el sentimiento de culpa que los ojos de Emmet le transmitían, mas había sido en vano. Para cuando la sangre empezó a escurrirse desde sus muslos, pudo apreciar en su semblante que él ya había decido no perdonarse. 

Se habían marchado fijando la reunión para el día siguiente. La visita había servido, en teoría, para establecer los términos con los que iba a comenzar la negociación; No obstante la realidad era que el cometido de la cita no había valido para otra cosa sino para que Lynott mostrase que estaba dispuesto a forzar hasta el límite con tal de conseguir las escrituras de la granja. 

“Hasta hoy no creía que un hombre pudiera carecer completamente de bondad”, había confesado Emmet a altas horas de la madrugada. “Disculpa mi ingenuidad”, sería lo último que diría antes de desaparecer en la oscuridad. Palabras contaminadas de amargura y culpabilidad, carentes de la ternura o el humor que tanto le caracterizaban. 

Han pasado unas pocas horas desde entonces, menos aún desde que ella se ha encontrado el cuerpo de su marido balanceándose en el granero. Demasiado poco para evitar que a Rosalie la mandíbula se le haya cubierto de un sabor agrio cuando los bandidos han empezado a bromear sobre la noche anterior, haciendo gala de una depravación sin límites. En estos momentos, los contempla sin mover un músculo, cuidándose de que ellos crean que su ira se debe únicamente a la profanación que el perro hizo de su cuerpo. 

Sobre la mesa, la botella apenas conserva ya una línea del dorado brebaje que se funde con la luz, la cual ha comenzado a tornarse anaranjada, anuncio de que el atardecer está cerca. Un par de coyotes envalentonados por el desértico panorama del pueblo, han metido los hocicos por la puerta para, a continuación, salir huyendo al divisar presencia humana en la taberna. «Tan mortificado está el pueblo…», piensa la mujer, «…que hasta los animales se acobardan ante la presencia de este maníaco».
 
Casi como si la visita de los cánidos hubiese sido una señal, Rosalie se va notando menos envalentonada con el paso de los minutos. Por mucho que no pueda esperar a sacar el arma y meterle una bala en la cabeza al monstruo que tanto aborrece, la inseguridad empieza a asomarse. Lleva un rato buscando un hueco en el que alguno de los dos no esté en contacto con su arma, pero Jack tiene en todo momento la escopeta agarrada, por lo que necesitaría despistarle para crear una apertura. Es consciente de que el alcohol y el tono relajado juegan en su favor, aunque, en contraposición, los constantes desprecios y la vaguedad de la conversación la desconcentran, teniendo que hacer un  gran esfuerzo para permanecer serena y aguardar el momento. No es tan estúpida para desperdiciar la posibilidad de salir viva en el intento de cumplir su venganza. 

Atareados como están los dos con sus mofas, ahora sería un buen momento para comenzar la estrategia de distracción, al menos si no tuviese la sensación de que, en medio de las risas, los dos tipos están esperando que acometa un movimiento en falso. “El paso más evidente no es siempre el más correcto”, le aleccionaba constantemente Emmet cada vez que tendía a precipitarse en sus acciones. Y, si bien es probable que tuviese razón, ¿cómo sabrá cuándo sí lo es?
 
—La verdad es que con ese cuerpo tan grandote, esperaba que al menos se defendiese un poco más —sigue satirizando Chester, dirigiéndose a su lacayo.
 
—No se trata de el cuerpo que tengas sino cómo lo utilices.
 
El flacucho muestra sus brazos enjutos y hace un intento de sacar músculo. Ambos bromean por lo bajo, al tiempo que Rosalie permanece con el rictus invariable. Al percibirlo, el loco se gira para volver a enfocarse en ella.
 
—No nos lo tengas en cuenta, muchacha. Este licor le da a un hombre alegría a la lengua para hablar de más.  
 
—Me gustaría verles a ustedes devolver los golpes desarmados y con sus esposas maniatadas —se queja muy seria. 

—Vamos, no seas cría, la culpa es tuya. Sabías donde te metías cuando decidiste no darme lo que es mío.
 
La india se estremece con virulencia y golpea la mesa con las dos manos, soliviantada.
 
—¿Y por eso me violasteis? —sentencia con crudeza.
 
—Yo no te toqué —responde soberbio—. Aunque, de todas maneras y cómo te iba diciendo, una mujer nunca debería meterse en las cosas que no puede controlar.
 
A Rosalie le indignan las excusas del tipo hasta tal punto que tiene que pillarse la lengua contra los dientes, notando crecer el escozor en su sexo a medida que las imágenes de ayer vuelven a entrar en su cabeza. Pero al menos, más allá de la humillante sensación, cree haber descubierto en el impostado orgullo del loco un resquicio para sacarle las cosquillas.  
 
—¿Y qué hay de su esposa de la que tanto ha alardeado en el pueblo? ¿Ella no se metía en nada que no le correspondiera?
 
—Ella era más lista —responde fanfarrón—. Y lo único bueno que he tenido en mi vida, por si te lo estás preguntando. 

—En realidad me preguntaba cómo logró engañarla.
 
—Vale, como te dé la gana. Pero deberías saber que, aunque a tus ojos no soy ningún santo, también tengo sentimientos. Hubo un tiempo en que ella lo fue todo para mí.
 
—¿Es la verdad u otra de las historias que inventa para los pueblerinos ignorantes?
 
—Es tan cierto como que, cuando Dios me la arrebató, me di cuenta de lo ciego que había estado. 

—¿Ciego?

—Sí, ciego. Y es que hasta ese día no descubrí que no venimos a esta tierra para preocuparnos de nadie que no sea de nosotros mismos.  
 
Rosalie calla. Le produce cierta vergüenza descubrir que Lynott se parece más de lo que le gustaría a la mujer que una vez fue. De no haberse cruzado con Emmet en aquel tugurio, quién sabe si no habría acabado siendo una viciosa asesina como las aberraciones que tiene en frente.
 
—Serás más feliz —prosigue el hombre— cuando te des cuenta de que la vida es un árido camino que hay que recorrer sólo, niña. Eso del amor no son más que chorradas.
 
—¿De veras opina semejante cosa? ¿Y qué pasará cuando eche la vista atrás y no vea a nadie?
 
—Yo no soy de los que mira atrás. Nunca.
 
—No puedo creer que su esposa estuviese de acuerdo con esa manera de pensar.
 
—Qué más da ya. —El loco se queda pensativo por un instante— Aunque una cosa sí que echo de menos de ella, ¿sabes lo qué es?
 
Ella se limita a curvar los labios e inclinar la cabeza, la verdad es que realmente no sabría qué contestar. En todo caso lo único que podría sentir por la difunta esposa no sería otra cosa que compasión. Darle un hijo a semejante alimaña debió ser la tortura que la consumió por dentro y la llevó bajo tierra.
 
—Cada vez que yacíamos  —empieza Chester con voz melosa—, se creaba entre nosotros una atmósfera especial. Ella se desnudaba muy despacio, me miraba con pasión y se abrazaba fuerte a mí. Y entonces… 

El tipo deja respirar la frase buscando crear expectación. Jack, contagiado, pone una cara ansiosa ante lo que su jefe puede decir, el adolescente que esconden sus horribles facciones es de los que pierde el norte con cualquier insinuación de corte sexual. A diferencia de ellos, la mujer abre y cierra la mano con tensión; no deja de sentir un cierto desagrado ante lo que parece una confesión íntima del hombre que más le repugna.
 
—¿y entonces, qué? —pregunta el joven impaciente. 

Chester se moja los labios y se frota las manos, disfrutando el momento. 

—… y entonces gritaba, ¡follas mejor que un Yankee!
 
El loco rompe en un estallido de carcajadas, llevándose la mano a la boca sin poder contenerse, sofocado por la gracia. A él le sigue el grimoso cacareo de su perro, que, ésta vez sí, parece estar disfrutando con el escatológico humor de su patrón.
 
—¡Menudo piropo, señor! Difícil que le dijeran algo más romántico.
 
—Y qué lo digas. Además lo gritaba tan fuerte que pronto me convertí en la admiración de toda la ciudad…
 
Rosalie contempla asqueada cómo los dos siguen jactándose con la ordinariez durante un rato. Por más que ese desgraciado le haya querido asegurar que su esposa había sido lo más importante para él, su actitud delata que en el corazón del monstruo nunca hubo lugar para el cariño. Mientras imagina a la pobre Sra. Lynott gritando bajo el peludo cuerpo de su marido, no logra evitar pensar en lo diferente que había sido para ella. 

“Haré el amor contigo cada noche hasta mi último respiro”, le había prometido Emmet el primer día. “Más te vale cumplirlo, o te arrastraré de los pelos hasta la cama, tan fuerte que desearás volver a tu vieja patria”, amenazó ella. Y sin duda la tierra sobre la que plantaban había sido testigo de lo que disfrutaron cumpliendo lo acordado. Por desgracia, en la última noche el juramento se había perdido, privando a ambos de un último recuerdo dulce, y quizás la redención que el granjero andaba buscando.
 
«Aunque es posible que no hubieras querido volver a desnudarme», se pregunta inquieta.
 
Sin apenas darse cuenta se ha dejado llevar y se ha puesto a evocar con nostálgica tristeza los momentos compartidos con el irlandés, aquellos en los que las caricias premiaban las jornadas de trabajo duro. En sus oídos las burlas de sus enemigos se han ido apagando y su lugar lo ocupan ahora sonidos que le resultan tan familiares como el respirar; el roce de su barba anaranjada, el deslizar de los dedos al enredarse en sus cabellos, sus absurdas canciones que entonaba cuando le invadía el gozo…

“Sólo soy un ‘cowboy’ solitario por el camino.
Una noche estrellada, la luz de una hoguera,
la llamada del coyote,  y el aullido de los vientos huracanados.
Así cabalgo tras la eternal puesta de sol.

Sólo soy un ‘cowboy’ solitario por el camino.
Señor, estoy pensando en cierta mujer.
Las noches que pasamos juntos, cabalgando por la pradera.
Viéndolo ahora, parece muy extraño

Dame la vuelta y gírame…” *

Abstraída como está, no aprecia que el loco ha detenido su parodia y la observa con ojos de gato, escarbando en el fondo de sus pupilas.

—¡Eh, tú! —le chista— ¿Qué es lo que pasa por esa cabecita tuya?
 
La india se ruboriza por la indiscreción y entrelaza inmediatamente los brazos sobre su vientre, tratando de esconder la vergüenza que le da el haber sido descubierta pensando en intimidades.
 
—Negocios —se excusa—, sólo negocios.
 
—Bien. No me gustaría que estuvieses pensando en mi esposa de maneras raras. No me gustan ese tipo de mujeres, ¿entiendes?
 
Ella queda pasmada por enésima vez, la mente de Chester es tan retorcida que no tiene parangón.
 
—Pensaría antes en ella que en usted —responde orgullosa.
 
—A mí sí que me gustaría ver a las dos juntas, jefe —exclama Jack.
 
La gracieta del perro funciona igual que un resorte para su patrón, el cual se levanta de un brinco y le propina una bofetada. Tanto el flaco como la mujer se quedan mudos, no esperaban una reacción tan brusca del loco, por más que su apodo haga referencia, entre otras cosas, a lo imprevisible de su carácter.
 
—Ni se te vuelva a ocurrir decir esas guarradas sobre mi esposa, ¿comprendes?
 
Jack se limita a asentir, humillado. Chester, viendo que ha dejado claro su intención, recupera la sonrisa seductora y vuelve a sentarse, dedicando un guiño a una Rosalie todavía desconcertada.
 
“Hasta hoy no creía que un hombre pudiera carecer completamente de bondad.”

Lynott, hace un gesto a su joven aliado para que acerque otra botella. El lacayo, con la cabeza gacha, obedece sin rechistar y pone sobre la mesa lo pedido y dos mugrientos vasos cubiertos de polvo. El loco se apresura a llenarlos y pasa uno a la muchacha, a la vez que levanta el suyo en señal de brindis. 

—Y bueno, chica sin nombre —vuelve un adulador Chester a la carga—, supongo que necesitaremos saber cómo llamarte si vamos a hacer la transacción. 

—¿Nombre?— pregunta algo aturdida. 

La petición golpea como un disparo para la india, haciéndola temblar en un escalofrío. El giro la ha pillado desprevenida y no sabe cómo disimular la incomodidad que le supone que le hagan esa pregunta. 

—Sí, el nombre. No es una pregunta tan difícil.
 
«Es la más difícil.»
 
Han pasado tantos años que casi no recuerda el calificativo con el que su padre le había dado la bienvenida al mundo. Un nombre cargado de fuerza y simbolismo, que eventualmente acabaría sintiéndose tal que una irónica puñalada. Arrastrar el legado de su significado había sido un lastre que había decidido soltar como forma de enterrar un pasado que la atormentaba, una época que empezó a alejarse cuando se encontró con la gran ola del búfalo y finiquitó su marcha con el nacimiento de Anna Lee. 

Libre al fin no necesitaba un ancla que le hiciese echar la vista atrás. 

—Ya lo sabes —comenta descreída—, Rosalie Moses. 

—No hablo del nombre que te inventaste para parecer una blanquita. Me refiero a tu verdadero nombre, tu nombre de india. 

—¿Y para qué diablos querría usted saber eso? —insiste agresiva— Mi antiguo nombre no tiene relevancia alguna para los documentos que tanto le interesan. 

El loco agarra con suavidad las manos de la mujer, mostrando en su rostro una cándida expresión. Disfruta de sobremanera cómo definitivamente han tornado los papeles y ahora es ella la que se encuentra violentada. 

—Vamos, es sólo que tengo curiosidad. ¿No vas a hacer el favor a este admirador apasionado? 

Rosalie aparta las manos con rudeza, asqueada del tacto del loco.  No tiene nada claro si lo hace conscientemente o simplemente es un sádico irreprimible, pero de lo que está segura es que no le gusta el continuo intento de amedrentarla con frases envenenadas acompañadas de gestos melosos. Aunque, más allá de las formas, lo que le produce la mayor desazón es el súbito interés en conocer su antiguo nombre, su secreto más oculto. Demasiado tiempo huyendo de esos fantasmas, nunca se imaginó que en un momento como éste, volverían para recordarle sus ataduras. 

Abrumada, bebe el vaso de whisky que tiene delante y agarra la botella para servirse otra copa.
 
—Qué más da eso. Un nombre u otro, sigo siendo la que tiene usted delante. 

—Pues si da lo mismo, no pasará nada si me lo dices.
 
—¿Y si me niego?
 
El hombre la atraviesa con la mirada, como si pudiese leer a través de sus dudas.
 
—¿De qué tienes miedo chiquilla? 

«De que me importe.» 

—¿Por qué cree que tendría miedo? 

—No sé. A lo mejor es que si lo dices en alto, acabas aceptándote como la india que eres. Y entonces, a lo mejor también te das cuenta de que no perteneces a nada de todo esto.
 
Abre las manos y apunta hacia arriba tratando de escenificar ese ‘todo’. Ella ni siquiera le mira, ha encogido la cabeza y fija sus ojos en la falda, asaltada por las cavilaciones. Las suposiciones del loco le resultan indignantes, nunca percibió tener un hogar hasta llegar a Terragreda, jamás dejó de pelear hasta que Emmet compartió su cama para que pudiese descansar. Sin embargo, la amenaza del pasado siempre ha estado presente, el miedo irracional a volver a estar encadenada a la vida que otros habrían decidido por ella. Ahora, con los recuerdos en procesión y agitando su respiración, en el día más importante, tiene que tomar una decisión: seguir huyendo o plantarse frente a sus demonios y dejar atrás los remordimientos.
 
—¿Y bien, ‘Rosalie Moses’? —Chester arrastra las palabras con sarcasmo.
 
Se agarra la falda, notando el frío metal del revolver a través de la tela. El dolor en los nudillos es un recordatorio de su propia vulnerabilidad, la ausencia de Emmet hace que crea notar el tacto de los grilletes de nuevo en las muñecas. 

“Madre, ¿Cómo se sabe si uno es de un sitio o de otro?”
“Muy fácil, Anna Lee. Uno es de un lugar cuando todo el mundo te conoce”
“¿Cuándo saben su nombre?”
“¿Un nombre no te convierte en nadie, niña.”
“¿Entonces, por qué ponemos nombre a las cosas?”
 
Enredada en su particular obstinación, repasa en su mente todas las veces en las que ha encontrado mil razones para no pronunciarlo de nuevo, deseando que a nadie le importara quién había sido, portando con orgullo ser una Moses. Mas, por primera vez, se ha dado cuenta de que ya no significa nada; todas esas razones se han marchado. 

“Libera las cadenas de la mente”
 
Tras unos segundos interminables, finalmente un hilo de voz emerge de su garganta.
 
—‘Niyol’ —confiesa temblorosa. 

No se atreve a levantar la cabeza, la gravedad de escucharse decirlo por primera vez en décadas le hace percibir que la cabeza pesa tanto como para no alzar la vista del suelo. Se le viene de nuevo la figura de su pequeña, y con ella, el arrepentimiento de no habérselo contado nunca.
 
 —‘Niyol’ —repite Chester acariciándose el mentón—. Suena bien, directo, con fortaleza. ¿Y se puede saber qué significa?
 
—No significa nada, señor Lynott.
 
—¡Venga ya, no me vengas con majaderías! —protesta— Tú gente le pone nombres con sentido a todo. Hasta a los caballos.
 
Rosalie lo mira con tristeza. Aprieta los pies contra el suelo, irritada por sentirse desbordada por las emociones, más aun cuando para el loco todo parece un juego infantil.
 
—Sinceramente, era demasiado pequeña cuando me escapé para recordarlo. Y nunca me importó lo bastante para averiguarlo más tarde.
 
Es innegable que se acuerda con detalle del motivo de su nombre, así como lo absurdo que resultaba el ser denominada con un apelativo lleno de fuerza y reprimida con la misma intensidad. Tanto tiempo aguantando las burlas del destino, no piensa darle al loco más material para hacer leña del árbol caído.
 
—De acuerdo —acepta el hombre resignado—, tendré que conformarme con un nombre que no sabemos qué cojones significa. Sinceramente, esperaba algo más épico.
 
Al ver cómo desiste, ella comienza a calmarse. Por suerte no es consciente de la ironía que supone que lo que él cree una pregunta inocente la ha desestabilizado más que ninguna otra cosa. De saberlo, seguro habría seguido haciendo más sangre.
 
—Ya le he asegurado que mi vida es más aburrida de lo que parece —disimula.
 
—Es realmente triste. Con las ilusiones que me había hecho…
 
Chester se cruza de brazos, teatralizando una rabieta infantil. A continuación da una palmadita fraternal a Jack en la pierna. Este, hasta ese momento cabizbajo, recupera en un instante su espeluznante sonrisa de teclas de piano.
 
—Ilusiones, sí —añade—, yo también me había hecho muchas.
 
El jefe afirma con la cabeza en señal de aprobación, y se vuelve para mirar a la mujer con desconfianza.
 
—Puede que seas realmente una insustancial señora, pero, ¿sabes qué, ‘Niyol’? —añade Lynott enfatizando el nombre— Me recuerdas a una historia que escuchaba de niño. ¿Conoces la leyenda de Carmen y el diablo? 

La india, algo recuperada del mal trago, niega con la cabeza. Ni siquiera trata de disimular la falta de interés que le produce escuchar otra de las divagaciones del loco. Éste, ajeno al tedio que provoca, sigue su narración como si nada. 

—Pues verás, hay una vieja canción allá en mi tierra que se canta a los chiquillos para que se duerman. La serenata empieza cuando aparece en la ciudad una mestiza con la belleza más arrebatadora que nadie había visto. 

«¿Qué pretende ahora?», se pregunta Rosalie. A la espalda del hombre, su lacayo ya recuperado, ha dejado por un momento de tener la mano apoyada en la escopeta. «Puede que sea el momento que estaba esperando para llenarlos de plomo.» 

—Esto promete. —Jack se cruje las manos, expectante.
 
—No te hablo de una chica guapa corriente —prosigue Chester cerrando los ojos—, sino de una que era tan bella que se diría sacada de los sueños más impuros que puedas imaginar. 

El hombre se relame de una forma que a la chica se le eriza toda la piel.  
 
—Sus ojos eran puro fuego y su cuerpo… su cuerpo era tan ardiente como un revólver tras un duelo a muerte. O al menos así lo cuentan. 

El perro emite un silbido. Lynott aplaude divertido. 

—Justo así se ponían al verla pasar —continúa señalando a su compinche—. El caso es que, lo que nadie sabía, era que Carmen iba siempre caminando de la mano del diablo. Pero, claro, nadie podía verlo, ya que al mirar a la mujer quedaban tan prendados que no eran capaces de fijarse en la cola puntiaguda que asomaba a su espalda. Y así, con su aspecto angelical, fue conquistando a decenas de hombres. Cada vez que iba a una cantina como esta, salía con una nueva presa. 

—¿A dónde quiere llegar? —protesta ella incómoda. 

—A ninguna parte, sólo te cuento una historia, preciosa. 

La india le mira con hastío y hace un gesto con la mano para que siga contando. 

—Pues, como te iba diciendo, para cuando Carmen hubo salido del condado, había dejado, nada más y nada menos que alrededor de treinta cadáveres a sus espaldas. 

—Vaya panda de idiotas —se burla el perro. 

—Bueno amigo, hay que verse en esa situación. Y es que, cuando estaban con la guardia baja, en medio del fornicio, era el momento en que les pasaba el cuchillo por la yugular. Y, pobres ingenuos, todos y cada uno de ellos morían con el último pensamiento de que habían tocado el cielo por haber estado con la muchacha más bonita del estado.

—Bueno, a lo mejor sí que era difícil resistirse— admite Jack con pillería.
 
—Hay cosas a las que un hombre no puede resistirse. Por algo somos humanos, ¿no creéis?
 
El loco está encantado de oírse a sí mismo, parece creerse un trovador de taberna, de los que congregan a un montón de borrachos coreando sus batallitas. A Rosalie por el contrario se le asemeja, cada vez más, a un hombre pequeño, patético. 

—Pues, por una vez tengo que estar de acuerdo con su perro, Señor Lynott —interviene cortante—. Sin duda eran todos unos idiotas. 

El jefe refunfuña por la interrupción y se pone muy serio, el flequillo grasiento comienza a caerse por su frente.   

—Idiotas o no, lo que quiero decirte, india, es que cada vez que te veo, me acuerdo de esta historia. Al igual que Carmen, eres muy bonita, y, también como ella, tienes al diablo cogido de la mano. 

La acusación le produce extrañeza. Sigue sin comprender que es lo que Chester está intentando.
 
—Lo único que puedo decirle es que mi gente no cree en su diablo. 

—Bueno, es sólo una leyenda. Lo que importa aquí es el mensaje ¿no? 

El tipo mira a Rosalie de arriba a abajo con suspicacia, buscando algún gesto que delate intenciones ocultas. Ella, sintiéndose vulnerada, cruza de nuevo los brazos entorno a su pecho.
 
—¿Y cuál es ese mensaje si puede saberse?
 
—Parece bastante claro —entona con suficiencia—. El mensaje, o la moraleja si prefieres llamarlo así, es que aunque a simple vista parezcas una preciosa mujer…

El loco hace una pausa y, eleva los dedos haciendo una señal. En menos de un parpadeo, Jack se ha abalanzado sobre la mujer, sin que a ella le haya dado tiempo a reaccionar. 

—…veo tu cola de diablo.

*Estrofa traducida de la canción “Cowboy Song” de Thin Lizzy







VIII – Ain’t no grave can hold my body down
No hay tumba que pueda sujetar mi cuerpo (interpretada por Johnny Cash, 2003)
 
Rosalie trata de resistirse, pero el perro la ha agarrado con ambos brazos, impidiendo cualquier posibilidad de zafarse. Patalea y trata de morder a su asaltante, sin embargo, al igual que pudo comprobar la noche anterior, Jack es mucho más fuerte de lo que aparenta. Por si no fuera suficiente y para su desesperación, el delgaducho ha empezado a palpar alrededor de su falda, y enseguida es consciente que no es para volver a violarla. Tras un par de pasadas, da con el sonido metálico que anda buscando y, de un brusco tirón, saca el revólver de Emmet escondido entre las enaguas. 

—Tú ni siquiera ibas a esperar a meterme en la cama, ¿cierto? —ironiza Chester. 

El perro suelta a la mujer y la empuja contra el suelo. Ella observa paralizada cómo se acerca a su amo y pone en las manos de éste su esperanza revestida en acero, la única posibilidad de venganza que le quedaba. Para cuando el actual alcalde abre el tambor y lanza las balas contra suelo, ella ya ha dejado de notar en los pulmones el retumbar de las pisadas, se ha esfumado de su mente la poderosa estampida. Una lágrima impotente se derrama por el canto de su ojo derecho. 

—¿Por qué no acaba ya conmigo? —suplica. 

—Eso sí que me daría placer, muchacha. De hecho, te reconozco que anoche tuve que contenerme para no reventaros a golpes a los dos. Pero no soy un animal como tú, no me juzgues tan a la ligera. 

La india, rabiosa, escupe al suelo. 

—Mentiroso. Lo que pasa es que nos necesita con vida. Si nos manda bajo tierra, se queda sin los papeles de la granja. 

Sin previo aviso, el hombre se levanta furioso y da un violento puñetazo en la cara de Rosalie, haciéndola caer hacia atrás. 

—¡Déjate de tonterías, niña! —acusa fuera de sí— ¡Ya he perdido excesivo tiempo en tu maldita familia! Quiero tu asquerosa granja, claro que sí, pero en el momento en que vea que no la voy a obtener, no voy a dudar en joderos a todos. 

El loco tiene el rostro desencajado, las babas se deslizan por su barbilla y las venas que le nacen en del iris parecen a punto de estallar. 

—Calma, jefe —le pide el perro mientras le pone la mano en la espalda—. Aún no le ha dicho lo otro para que…

—¡Lo sé, Jack, no me jodas! —se enoja apartando a su compañero con el brazo— Pero es que llevo demasiado tiempo aguantando a esta india de mierda, lo rápido que aprendieron su papel el resto del pueblo y en cambio ésta es demasiado tonta para entenderlo.

Chester se ha puesto completamente rojo y resopla acelerado. Al tiempo que va perdiendo los nervios, el odio reflejado en su cara empieza a funcionar como un bálsamo para Rosalie. Verle tan desesperado es justo el anhelo que necesitaba para volver a creer en que no todo está perdido. 

Un hombre ansioso comete errores. 

—Estamos discutiendo los pormenores, Sr. Lynott —contesta socarrona mientras se limpia la sangre del labio—. Y nadie debería ir diciendo por ahí que una eminencia como usted no puede llevar una negociación pacífica. 

El tipo cambia súbitamente la expresión iracunda por un gesto de  estupefacción, extrañado de no haber causado un impacto mayor pese a su brutalidad. Se percibe a sí mismo aún enfadado, y no puede negar que la frustración le está pidiendo que saque de nuevo a pasear los puños, pero, en el fondo, nota que la entereza de su rival le está empezando a intimidar. A sus pies, la india que hace un minuto rogaba por una ejecución, ahora se percibe orgullosa, el rostro ensangrentado la hace verse casi como un animal, una aparición fantasmal similar a la de las historias que muchos soldados cuentan tras volver de una batalla y que, en secreto, le atemorizan; “silenciosos igual que lobos, cuando los descubres, no hay donde correr”

—Y estás en lo cierto —dice él jadeando—. Aquí estamos para llegar a un entendimiento, es lo que queremos todos. 

—Siempre que te comportes no hay problema, salvaje— replica Jack. 

Todavía sofocado y tratando de calmarse, Chester toma asiento y con un ademán pide a la mujer que haga lo mismo. Ésta, magullada y dolorida, se incorpora con dificultad y se coloca frente a su agresor. Una vez sentada, esputa un chorreón de sangre contra el suelo y muestra una provocadora sonrisa, los dientes cubiertos de hilillos de rojo bermellón. 

—Te ves horrible, con tanta sangre por la cara —dice Lynott con repulsa.

—La sangre da la vida, señor… y también la quita.

—No me vengas con metafísicas de mierda, mujer, vamos a dejarnos de historias y terminar con esto de una vez —dictamina Lynott visiblemente incómodo.

—No puedo esperar.

Rosalie se acaricia las puntas del largo cabello con parsimonia, enseñando a su rival la resucitada confianza. No es sólo por el nerviosismo del de Alabama, además, el brutal golpe le ha despejado la mente y ha avivado el fuego de su interior. De nuevo oye los cascos retumbar y el mugir de las bestias. Tiene claro que no va a irse de este mundo sin pelear. 

—Antes de nada, quiero que sepas que no era mi intención que llegásemos tan lejos —se excusa el loco con tono pausado.

—¿Se refiere a mí personalmente o a toda Terragreda?

—¡Qué le den por culo al pueblo! —espeta— Aquí estamos tú y yo, y lo que pretendo es disculparme por lo de anoche, eso no tenía que haber ocurrido. ¿Te vale eso, o tu ira va a seguir cegándote?

“La ira te ciega, y eres demasiado testaruda para darte cuenta”. Similares palabras a las que Emmet había pronunciado, eran ahora usadas por un monstruo como Chester Lynott. Pero ella siente que donde el granjero hablaba con  sabiduría, el bandido lo está haciendo con miedo.

—Puede meterse sus disculpas por dónde le quepan, prefiero morir aquí que doblegarme ante usted.

—Eres más tozuda que una mula en cinta. Escucha, no sé qué mosca te ha picado ahora, pero que te quede claro que dejándote cadáver en esta taberna, no ganamos ninguno. 

—Lleva toda la tarde amenazándome con tomar represalias aun mayores. ¿Por qué habría de creerle? 

Él se acaricia la barba afeitada, pensativo.

—Porque, ya que tu plan de hacernos fiambre ha fracasado, sé que me vas a dar los documentos. Y además, gracias al numerito de la pistola, no estás en posición de pedir tanto cómo pretendías.

—Lo que quiere decir que ya no tengo nada que perder. 

—¿Ah no? —responde con asombro— ¿Y qué me dices de vivir tranquila con tu familia? Con el pelirrojo y, ¿cómo se llamaba la chiquita? ¿Alice?

Rosalie se percata de que se ha dejado inundar por la euforia y ha perdido de vista que los dos cuatreros no saben la realidad del destino de su familia. Quizás aún pueda jugar con esa ventaja.

—Anna Lee —contesta rehuyendo la mirada del hombre. 

—¡Claro! Mi precioso ángel de ojos azules. ¿Cómo está mi querida Anna Lee?

Aún en medio de tanta farsa, a la india le sigue doliendo sólo con oír el nombre. Ni siquiera la penuria por la pérdida de Emmet puede compararse mínimamente a haber dicho adiós a su pequeña. En sus desvelos nocturnos lleva semanas visualizando, como el que mira a través de una ventana, la parte de atrás de la carreta de aquel mercader; a una niña llorando porque no entiende que ocurre, en su cabeza no hay explicación posible para que sus padres la aparten así y la manden lejos de su lado. Anna Lee aún es demasiado ingenua para comprender el peligro que conlleva que una chica como ella, con el exotismo propio de la mezcla de razas, se quedase alrededor de hombres viciosos como la cuadrilla de Chester. 

A pesar de la aflicción de la pequeña, de las dudas de Emmet, e incluso de su propia culpabilidad, ya había tomado la decisión la misma mañana en que el loco se encontró con la pequeña. “Qué me parta un rayo si no eres la niña más bonita que he visto en toda mi vida”, había dicho. Y sólo se había salvado de un tiro en la sien porque no estaba dispuesta a matar a un hombre delante de su hija. Mandarla dos meses atrás a un pueblo de Tennessee con una tía lejana había sido la decisión más horrible que tanto ella como su esposo habían tenido que afrontar jamás, pero, a día de hoy, la india no puede estar más satisfecha con la elección tomada. 

—Murió de disentería este invierno pasado—miente con la serenidad que le da el haber ensayado la frase muchas veces. 

—Vaya —exclama Lynott atónito—, es una auténtica lástima. 

El jefe mira de soslayo a su compinche y cambia la expresión, media sonrisa y los ojos fanfarrones. 

—Una verdadera pérdida, Jack, te lo aseguro.

—Me hubiera gustado conocerla, patrón. 

—Te habría encantado. En pocos años se habría convertido en la mujer más guapa de todo el estado. 

—Viendo a la presente, no me extraña. Quién sabe, a lo mejor hubiera sido una buena candidata para ser la nueva Señora Lynott.

—Tienes tanta razón —exagera Chester—. Es lo que tienen las mestizas, que se me hacen irresistibles. Esa mezcla que tienen me produce unos temblores… ¿sabes lo que te digo?

El perro ríe y vuelve a rascarse la entrepierna. Rosalie está a punto de vomitar al escuchar cómo se refieren a su niña con lascivia. Al menos, recapacita para sí, no han puesto en duda el trágico desenlace.

—Es un verdadero fastidio no poder ver esa maravilla —insiste el delgado.

Lynott le dedica un guiño cómplice a su asistente, y cruza los brazos tras la cabeza. A la mujer le inquieta verlo tan relajado de nuevo, con la ira apaciguada y su insoportable sarcasmo. Su estómago burbujea alterado al tiempo que la confianza que había regresado amenaza con resquebrajarse.

Bueno —concluye Chester—, nada me gustaría más que darte esa satisfacción. Supongo que no tendremos más remedio que ir a buscarla a Tennessee.

La india recibe la frase con espanto. La bilis se desborda por la garganta y su rostro, ya de por sí turbado, empieza a tornarse en puro horror. 

«No, por favor, no»

Rosalie se deja caer de nuevo al suelo, las rodillas no pueden sostenerla, son ahora dos ramas muertas incapaces de moverse. La sangre se le acumula en el cerebro y la vista empieza a nublarse. En medio de la bruma aún consigue distinguir al demonio, que desde arriba la juzga con arrogancia.

—Sí, —continúa el loco— sabemos que no está muerta. ¿Creías que no me iba a enterar?
Ella va notando cómo los pulmones se le colapsan, el miedo inundando cada uno de los poros de su piel. El corazón trota con tal violencia que cree que va a salirse del pecho.

—¿Pero…? —tiembla— ¿Pero… cómo? ¿Cómo es que…?

—Tú que has vivido tanto, deberías saber ya que un mercader habla siempre más de la cuenta. Y en este pueblo, tengo oídos en cada esquina.

La mujer se vence finalmente y empieza a sollozar. Todo el esfuerzo de contención y concentración que ha mantenido durante las últimas horas desaparece y deja paso al corazón roto de una madre contaminado por el miedo.

—Se lo ruego, señor Lynott —pide entre lágrimas—, haré lo que quiera, pero deje a mi hija fuera de esto.

—Sabes lo que quiero —responde con frialdad.

Frente a ella, los dos hombres que antes creía pequeños en alma, ahora le parecen gigantescos ejecutores. Confusa y todavía compungida, intenta dejar de llorar y tranquilizarse un poco, debe recuperar el temple ahora que la vida de Anna Lee está en liza.

—De acuerdo, se lo diré. Le diré donde están los documentos.

—¿Ves cómo no era tan difícil?

El hombre, henchido de renovada seguridad, se agacha junto a ella y de sopetón, introduce la mano entre las piernas de Rosalie.

—Y da gracias que no vaya en busca de la chiquilla, a reclamar mi parte— añade con sorna.

La india, completamente a su merced, ni siquiera tiene fuerzas para empujar a Chester. Por mucho que el ser al que más detesta esté manoseando su sexo, es incapaz de pensar en otra cosa que no sea la niña. 

—Haga lo que necesite conmigo, pero prométame que no…

El hombre aparta bruscamente la mano y vuelve a incorporarse. Con el movimiento de la falda, se filtra un chasquido casi inaudible que se cuela en los oídos de ella.

—Me gustabas más cuando eras guerrera —afirma con desprecio—. Así tan debilucha no tienes el mismo atractivo.

Es cierto que su fortaleza se ha esfumado, barrida por el as que Lynott se guardaba bajo la manga. En estos momentos daría lo que fuera por recuperar una pizca de la ira que la regaba unos minutos atrás.

«¿Dónde está la ola? ¿Por qué no escucho las pisadas, Anna Lee?»

Desesperada, intenta tomar consciencia de sí misma y la situación que tiene delante. 

«Cálmate, estúpida. Necesitas hacer algo»

Poco a poco, va percibiendo cómo las pulsaciones se estabilizan y el pecho desbocado golpea con menor intensidad. Necesita unos segundos para pensar que decirle al demonio, encontrar algo más que le garantice que la niña quede a salvo, aunque hay una cosa que no la deja focalizarse, una extraña sensación de que se le escapa algo; en el aturdimiento cree haber escuchado un sonido que le resulta familiar, pero no está segura.

«¿Podría ser…?»

De repente, se le aviva la mente y cae en la cuenta de una oportunidad que no había contemplado. Se palpa con nerviosismo la parte interior de la falda, justo por encima de donde el loco le ha metido mano y descubre la esperanza en el bolsillo interior de la enagua. Es una jugada arriesgada, pero no le queda otra posibilidad.

—Señor —dice sorbiéndose los mocos—, tengo una última oferta que hacerle.

—Creía que habíamos dejado claro que no te queda nada que ofrecerme.

—Creo que lo que le voy a contar le va a resultar muy beneficioso.

El hombre bufa mostrando su impaciencia.

—¿Y bien?

—Le voy a decir donde enterré todos los papeles, y no quiero ni un dólar por ello.

—India —replica con severidad—, no sé si te has dado cuenta, pero ya estamos en ese punto. O me los das, o traigo a tu hija de los pelos hasta aquí.

—No he acabado, señor. 

Rosalie traga saliva y abre mucho los ojos, aún enrojecidos por el llanto.

—Le estoy diciendo que si me garantiza la seguridad de Anna Lee… —Las palabras se entrecortan, la voz se le quiebra— … entonces me iré con usted.

Lynott queda petrificado, con los labios a medio abrir, la excitación insinuada a través del pantalón.

—Copularé con usted —continúa ella—, pelearé en el lecho cual salvaje, o seré una esposa amable si lo desea. Haré lo que usted quiera, ¿entiende?

—¡Vaya, esto sí que no me lo esperaba! —exclama eufórico— Tenías razón, es una oferta que me interesa. 

—Me alegra oírlo, señor.

En su deje se percibe la tristeza, pero su mirada parece haber recuperado parte de la viveza. Chester, al que el ofrecimiento le ha pillado de sopetón, no termina de fiarse ante tanta sumisión. 

—Muy bonito todo, ¿pero dónde está la trampa, mujer? 

—No hay ninguna trampa. Únicamente quiero hacerle una simple petición.

El loco da un exagerado respingo y, acto seguido, emite un silbido de admiración. 

—Sí que tienes pelotas, ‘Niyol’ o cómo demonios te llames. Después de todo lo ocurrido demuestras mucho coraje para andar con demandas.

—El premio considero que lo merece —responde seductora.

—De acuerdo —añade él con alegría—, pide por esa boquita. Si es algo justo, estaré encantado de darte el placer.

Rosalie apoya las dos manos contra el suelo y observa fijamente a su oponente. A lo largo de la reunión ha estudiado tanto sus facciones que ha aprendido a ver en sus gestos la falsedad y la mentira. Sabe que no puede fiarse de las promesas de una vil serpiente como Chester Lynott, cuándo lo tenga todo, no dudará en hacer lo que le plazca. Por eso ahora es el momento de ser inteligente y jugar con él y sus expectativas. 

—Lo único que le pido es una compensación por la humillación que sufrí anoche.

—¿Y de cuánto estamos hablando? —pregunta el loco ansioso.

La india niega con la cabeza, y voltea la vista hacia Jack el perro. Alzando la barbilla hace un ademán para señalarlo.

—¿Qué es lo que quieres ahora conmigo? —se queja el joven—¿Es que acaso deseas…?

El disparo retumba en toda la estancia. El eco del estallido se mantiene en el aire durante unos instantes hasta que finalmente cesa, dejando únicamente el silencio. Para cuando se quiere dar cuenta, Jack tiene un agujero en el estómago, y un estrecho río granate le baja hasta la entrepierna. Su mirada llena de incredulidad se dirige hacia su jefe, el cual sostiene el revólver con el cañón todavía humeando. Frente a frente, ambos se observan, compartiendo un momento en el que parece que el antiguo lacayo va llenando su expresión de preguntas a las que Chester sólo responde con una mueca neutra en sus labios.

Tras unos instantes, el cuerpo del flaco se dobla sobre sí mismo y cae al suelo. En ese momento, Lynott se vira hacia Rosalie y le muestra una enorme sonrisa.

—Bien, ¿por dónde íbamos? 





IX – Cowboy song
La canción del vaquero (Thin Lizzy, 1976)

Bajo el cuerpo de Jack, se ha formado una alfombra viscosa que se hace cada vez más grande a medida que el chico se va desangrando. El denso rojo va deslizándose por el piso, acercándose con pereza a las manos de Rosalie, igual que un lodazal ansioso por enterrar todo a su paso. Con el gesto bastante desconcertado ante la cruenta escena, y sin querer hacer ningún movimiento brusco, la mujer se va apartando del charco para volver a sentarse. En su maniobra había buscado aumentar la confusión, crear reticencias entre los dos compañeros, pero nunca pensó que el desenlace fuera así de estrepitoso, tan obsceno. 

A pesar de que la crueldad del loco sin duda le ha beneficiado, se descubre sintiéndose sucia, incluso percibe cierto remordimiento. A una parte de ella le gustaría experimentar la dicha ante la fatalidad del que había profanado su intimidad y, sin embargo, no puede dejar de tener cierta lástima por el perro. Observando ahora su cuerpo inerte, se pregunta en qué momento habría dejado de ser un niño para convertirse en aquel hombre despreciable. 

«Quizá es que no queda ya lugar en este mundo para la bondad».
 
—Ahora que no nos interrumpe nadie —suelta jocoso Chester—, cerremos por fin el trato. ¿Dónde están enterrados?

Rosalie se sobresalta al escuchar de nuevo al demonio sureño. Conmocionada por lo sucedido, había quedado vagando en sus pensamientos por enésima vez, cometiendo la imprudencia de perder de vista por un instante al hombre que tiene su vida en las manos. Cuando levanta la vista y se lo encuentra apoltronado en la silla, queda espeluznada con la frialdad que transmite. Aunque había llegado a creer que el ser humano que tiene enfrente no era tan diferente del animal que ella había sido en el pasado, ahora se da cuenta de que, si alguien merece el apodo de ‘salvaje’ en todo el país, ese es Chester Lynott.

—Déjame adivinar —continúa ante el silencio de la india, rascándose la mejilla—, seguro que están soterrados bajo algún árbol, o en una tumba de un pariente, o hasta habéis sido capaces de meterlo bajo el colchón, dentro de la casa. Si así fuera, el tonto de Jack se tiene que estar descojonando en el otro mundo. Pobre patán...

El tipo suelta una risita por lo bajo. Rosalie se muerde el labio para no decir algo de lo que se arrepienta. Es consciente que las próximas palabras que salgan de su boca deberían ser las más inteligentes dada la situación.

—Dígame algo antes —solicita intentando mostrarse estoica—, cuando le dé lo que quiere y ya no tenga nada más a lo que aspirar, ¿qué es lo que cree que sentirá? 

—Menuda pregunta, mujer. Si lo que pretendes es apelar a mi compasión, pinchas en saco roto. Soy bien consciente de que no soy ningún santo, pero no me arrepiento de nada. Además, teníamos un trato, ¿no?, y los tratos están para cumplirlos. 

—Por supuesto, no faltaré a mi palabra, señor Lynott. Antes de que acabe la noche tendrá sus papeles y también a mí. 

—Eso espero. —Chester hace una pausa— No te lo tomes a mal, pero los negocios son los negocios, y si no los hubiera hecho yo, lo habría hecho otro.

—Y quién sabe si habríamos tenido peor suerte.

La mordacidad de la india queda patente en cómo agudiza el tono de su voz. El hombre, convencido de su discurso, no se da por aludido.

—Tú no lo entiendes porque has vivido siempre en tu pequeño mundo. Yo en cambio soy un empresario, y tengo que aprovechar la más mínima oportunidad para prosperar antes de que vengan los gobiernos y se lo queden todo.

—Curiosa afirmación teniendo en cuenta que es de ellos de quien piensa aprovecharse a continuación.

Chester sonríe con satisfacción.

—Te acabo de decir que tengo que aprovechar las oportunidades.

Rosalie entorna los párpados y le dedica una mirada penetrante, asesina.

—No me mires así, india —protesta con desgana—, tampoco soy tan malo. Bien sabes que, mientras no te interpongas en mi camino, no tienes por qué tener problema. Personalmente, yo no odio a nadie.

“No voy a odiar a nadie” —recita ella para sí misma.

—¿Qué has dicho?

“No voy a odiar a nadie” —repite alzando la voz—. Es algo que decía mi hija. 

—Pues decía bien la pequeña.

—Es posible que tenga razón. Aunque escuchándolo de usted, creo que empiezo por fin a darme cuenta de que la única manera de sentir eso es si eres tan inocente como un niño… o tan mezquino como usted.

«Perdóname, mi niña».

—En fin, si quieres pensar así, ya tendremos tiempo de que me vayas cogiendo cariño.

Rosalie no quiere imaginar las perversidades que se le pueden estar pasando por la cabeza al tipo. No lo dirá, pero llega a pasársele por la cabeza que, en el peor de los casos, antes de fornicar con alguien que le resulta tan repulsivo, se pegará un tiro ella misma.

—Volviendo a lo de verdad importante —reanuda Chester—, dime, ¿tenía razón? ¿están los documentos en la casa? 

—No —responde tajante—, no estaban en la casa. Tampoco en ninguno de los sitios que usted cree. 

—¿Y entonces, dónde? 

—Todo el tiempo han estado aquí mismo. Justo en el pueblo. 

“Ten a tus amigos cerca y a tus enemigos todavía más” —parafrasea él—. No esperaba menos de tu astucia. Aun así no pretenderás que me contente con una localización tan vaga. 

—No se preocupe. Los escritos están bien ubicados esperándole. 

El hombre guarda silencio, expectante. Rosalie vacila unos segundos, han sido muchos meses guardando el secreto y le cuesta soltarlo así como así. 

—En la casa del viejo Luke. Escondidos entre sus biblias —revela al fin. 

El loco se levanta de un salto, con la agilidad de un infante. La expresión de alegría que transmite no revela sino el alivio que le invade ante lo que ha deseado con eterna insistencia, tanto que se había convertido en su obsesión. 

—¡Bravo, preciosa! —grita mientras aplaude— ¡Ya pensé que este día no llegaría nunca! 

—Yo tampoco —susurra ella taciturna. 

—¿Y lo de esconderlo entre libros? ¡Menuda idea! Debiste pensar que mis chicos se mantendrían alejados de la lectura. 

—Tenía que apostar por algo, y no me parecieron de los que se encierran en la biblioteca. 

—Y dios sabe que tuviste razón —ríe venenoso—. Jodida perra… 

Cuando el naranja de la tarde los alcanza por fin, el olor de los intestinos de Jack vaciándose se hace ya palpable, espesando el aire e infectando las fosas nasales de Rosalie. En su continuo avance, la sangre que emana de su cuerpo ha terminado por alcanzar la bota de la india, empapando la piel grisácea y provocando que cada vez que mueve el pie, se produzca un pegajoso murmullo.

«Ni después de muerto parece querer dejar de acercarse a mí», reflexiona al tiempo que contempla a su jefe danzar de un lado a otro, la felicidad asomándose en cada uno de sus poros. 

Aprovechando el ímpetu de éste, la chica analiza la situación. El dantesco cuadro todavía se ve desfavorable para ella; él tiene lo que deseaba y la escopeta de Jack es inalcanzable, al menos a tiempo de no recibir un balazo. Para colmo, su recién estrenado captor está tan excitado que no para quieto, haciendo cualquier acercamiento a él una empresa demasiado arriesgada. Aun así, en medio del desatino, ha nacido un rayo de esperanza, el recordar las palabras de Anna Lee le ha hecho reavivar el espíritu, a lo lejos vuelven a oírse las pisadas de la gran ola. 

«Ya vienen…».

Ajeno a los pensamientos de la india, Chester continua su divagación, ensayando su presumible negociación gubernamental; “por supuesto, señor gobernador, esta propiedad siempre ha pertenecido a mi familia”, representa para sí mismo en voz baja, “con el dinero de la indemnización pienso devolver a este pueblo toda la gloria perdida, eminencia”. En su alucinación no cesa de construir castillos en el cielo, vislumbrándose rodeado de lujo y privilegios. Todavía prosigue recreando el teatro durante un rato hasta que, de repente, repara en algo y para de caminar. 

—Oye —apunta el loco—, ¿sabes que vamos a ir juntos a comprobar que no me estás mintiendo, verdad? 

—No esperaba otra cosa —contesta serena. 

—Bien, pues pongámonos en marcha —propone vivaracho mientras arranca hacia la puerta. 

«Es ahora o nunca»
 
—Una última cosa, señor Lynott. 

El forajido tiene ya la mano contra la madera de la entrada y ante la imagen de la mujer, todavía sentada, pone cara de fastidio. 

—¿Qué más quieres, nativa? ¿No te vale con que haya frito a tu querido amigo? 

—Sólo es una duda —dice en tono casi suplicante—. Una simple pregunta. 

—¿Otra más? 

—Concédame el placer, Chester —pide tratando de camelarlo—. Además, antes no terminó de contestarme. 

—Sí, sí, lo sé. Pero, ¿no puedes hacerlo de camino? 

—Le prometo que será un minuto. Después no le volveré a pedir nada más. 

Él no parece muy convencido, la reunión ha terminado y no ve que tenga algún sentido discutir sobre nada más. Pero tampoco le apetece malgastar fuerzas en llevarla a rastras, la tensión del tira y afloja con la india primero, y la explosión de alegría después, lo han dejado agotado. Así que, tras pensarlo unos segundos, acaba volviendo a la mesa. 

—Un minuto —advierte al momento de sentarse—. Y únicamente porque te quiero allí conmigo, que no me fío de que me hayas dicho la verdad. 

—Permítame continuar entonces por dónde lo dejé. 

Lynott hace un aspaviento con la mano para indicarle que se dé prisa.

—¿Conoce usted la leyenda de la gran ola del búfalo? 

—¿La gran ola de qué? 

—Del búfalo. Es una leyenda bastante popular entre algunas tribus. 

—Ni idea, jamás lo he escuchado. No estoy muy al tanto de vuestros cuentos. 

Rosalie sonríe traviesa a la vez que eleva las rodillas contra el pecho y pone las pies en la silla, quedándose en cuclillas sobre el asiento. Una hebra espesa y negruzca se resbala desde su bota hasta el suelo.

Colocada de esa manera casi aparenta ser de nuevo una niña, preparada para contar una historia frente al fuego.

—Pues se dice que escondido en las praderas existe un mar con la fuerza de cien olas —comienza con voz cavernosa.

—Vaya, empezamos bien, un mar en medio de la tierra…

La india levanta la palma pidiéndole paciencia.

—A medida que las olas se acercan, se percibe su naturaleza: una manada de bestias como no se ve hace décadas, cientos de dioses orgullosos marchando al unísono; tal es su grandeza que no hay montaña que pueda frenarlos y no existe río que les corte el paso. 

Rosalie recita con cadencia, degustando la historia, dejando que le calen las palabras y la inunden de fortaleza.

—Dicen que aquel que los ve, queda para siempre prendado de su majestuosidad, condenando su corazón a la búsqueda incansable de la libertad.

—Pues no termino de entender por qué unos simples animales pueden tener relación con la libertad —interrumpe quejándose—. Si algo les hacemos a esos bichos es cazarlos para comérnoslos y sacarles esas pieles tan valiosas.

Ella le mira con desdén, a sabiendas de que lo que el loco pretende es molestarla para que se dé por vencida y acabe lo antes posible. Mas ella tiene muy claro que una historia no puede terminar sin su moraleja.  

—No se trata de entenderlo, Chester, hay que sentirlo, disfrutarlo, como toda buena historia.

—Ya hace mucho que no somos niños para disfrutar con esas cosas, ¿no te parece?

—No sé, yo pienso que sería bonito poder ver algo así. Es más, la leyenda cuenta que se trata de un fenómeno tan extraño que únicamente está reservado a unos pocos privilegiados.

—¿Y se puede saber quiénes son esos afortunados? 

—Según la superstición, sólo aquellos que están destinados a vencer a su propio destino.

La india empantana más y más el ritmo de su voz, dejando que el misterio se apodere de la narración.

Seres con la fortaleza necesaria para no dejarse atemorizar ante nada ni nadie… ¿No te gustaría ser uno de ellos? —pregunta en complicidad.

—Mi bella Rosalie —comenta él pretencioso—, yo ya vencí mi destino en su día. Y no vi a ningún cuadrúpedo corriendo de aquí para allá.

—Bueno, entonces ¿quién sabe?, si tienes suerte puede que, en recompensa, un día de estos nos encontremos con un espectáculo grandioso.

El hombre, menospreciando a la narradora, bosteza y encoge los hombros evidenciando lo poco que le importa.

—No lo creo, y ni siquiera sé si me gustaría encontrarme de frente con una estampida como esa. —Hace un alto y carraspea— Pero, yendo al grano, ¿por qué demonios me cuentas esta fábula? ¿A dónde quieres llegar?

—Antes le pregunté si se sentía libre y usted me contesto que sí.

—Así es. Completamente.

—Pero entonces —dice mostrando una falsa inocencia—, ¿no se siente nunca atrapado en su propia vida? Quizá presionado por sus propias ambiciones, o encadenado por la obligación de hacer lo que se espera de usted.

—Cómo podría sentirme así. Yo decido sobre lo que hago en cada momento. 

—¿Y no tiene a veces el impulso de cambiar? De notar, no sé, por ejemplo, el aire cargado de sencillez de un campo en primavera o el descargo de sentir el agua congelada del río en su piel. Deleitarse, al fin de al cabo, sin estar preocupado por lo que vendrá mañana. 
 
—Qué equivocada estás, niña. En nuestros tiempos, el dinero es lo único que te hace libre. Ni nadar en cueros ni correr por los maizales van a hacer que prosperes en la vida.

—Aun así, el dinero no le hace el amor, ni le abraza en las noches de frío.

—Eso son supercherías para los mojigatos, la jodida realidad es que el dinero hace lo que tú quieras que haga —responde alzando el tono—. Si quieres alguien que te caliente las sábanas, puedes tener a quién quieras. No trates de enseñarme lo que es el calor humano. A diferencia de ti, yo sé distinguir cuando amar a alguien y cuando utilizarlo para lograr mis fines. 

Rosalie achata la nariz, incapaz de disimular el asco que le produce la filosofía de vida de su enemigo. Le está resultando muy complicado dilucidar si el tipo es todo fachada o verdaderamente se cree sus propias bobadas. La sangre que ha empezado a transpirarse por dentro de la bota le inclina a pensar que se trata de lo segundo. 

—Acaba de matar al que podría ser su mejor amigo por un puñado de dólares —sentencia muy seria—. A decir verdad, no tengo nada claro que sepa usted bien lo que es el amor. 

—¿Jack? —se mofa— Te aseguro que le echaré de menos, pero siempre ha sido un instrumento. Muy útil, pero un instrumento. Y ha muerto sirviendo su propósito: me ha logrado la localización y un premio adicional, ‘Niyol’…

Chester vuelve a recalcar el nombre, buscando la provocación. Rosalie no aparta la vista, contrayendo los labios, apretando los puños. 

—¿Me va a mostrar entonces que sabe lo que es el amor? —pregunta con agresividad.

—Eso tenlo por seguro, cariño. —Hace un amago para emprender la marcha— De hecho, vámonos ya y quizá tengamos tiempo de que te lo enseñe esta noche.

—¡Espere! —exclama— Aún no he terminado mi historia…

El loco gruñe molesto y se deja caer sobre la silla con brusquedad.

—¿Pero que más cojones tienes que contarme del mar ese?

—La gran ola —le corrige.

—Lo que te dé la gana, mar, ola o el océano entero si te vale. ¿Qué es lo que quieres con eso?

La mujer respira profundamente y apoya las manos sobre la mesa. Chester se extraña al advertir que se ha producido un cambio en su futura amante que no alcanza a comprender. Ante él, Rosalie se percibe rodeada de una especie de halo de solemnidad, apreciándose en sus facciones una tranquilidad pasmosa. Las angustias y arrugas parecen haber desaparecido por arte de magia, dejando su rostro yermo de cualquier marca de preocupación.

«Dentro de la mente también hay que romper las cadenas.»
 
—Una única cosa ¿sabe usted lo que hace falta para que se forme una ola? 

—¿Qué…? 

El ruido del cristal al penetrar la carne se siente casi imperceptible en el oído de Chester Lynott, tan silencioso como esos indios con forma de lobo de las historias que tanto le asustaban. Frente a él, en cambio, no hay un sigiloso lobo, sino un orgulloso búfalo, bravo y salvaje, la furia rezumando por su piel.  

—Hace falta viento, hijo de puta.

El fornido hombretón estaba tan extasiado observándola que, cuando se ha querido dar cuenta, ella ya había saltado felinamente desde la silla y se había abalanzado sobre él. Impulsándose en sus cuatro extremidades, la india ha parecido volar durante un segundo para seguidamente caer en picado con toda su fuerza sobre su cuerpo. 

El golpe al chocar contra el suelo le ha atolondrado por un instante, y ahora batalla por recuperar la consciencia y reaccionar. Aunque trata de moverse le resulta imposible, ni siquiera las palabras parecen salir de su boca. Sabe que en el fugaz instante en que la percibió saltar cual animal salvaje, él ha intentado sacar el revólver y disparar. Mas, en estos momentos de incertidumbre, es incapaz de descifrar si ha llegado o no a apretar el gatillo, únicamente recuerda el brillo del cristal en la mano de la india, y cómo se dirigía letalmente a su garganta.

Un calor infernal le sube por el cuello y le empieza a anegar los pulmones, sus ojos apenas pueden distinguir las facciones de la mujer que lo tiene inmovilizado. Tan sólo oye su respiración agitada, un gruñido espeluznante que ni siquiera le parece humano.

—‘Niyol’, significa viento, —espeta ella rabiosa— lo que significa que no puedes encerrarme, significa que derribaré tus puertas con mis olas, sin importar la fuerza que tengas. 
   
La saliva teñida de carmín se escapa de los labios de Rosalie, mientras su expresión eufórica se asemeja a la de un demente. La adrenalina le bombea las sienes y siente muchas ganas de reír ante la burla que supone este desenlace; que hayan sido los restos de la botella con la que había noqueado a Luke los que vayan a acabar con el hombre que tanto había arrebatado a la familia Moses, debe tratarse de una forma de justicia divina. Eso o simplemente que el destino ha demostrado tener un curioso sentido del humor.

«¿Oyes mi historia ahora, demonio?»

En el momento en que la india extrae el cristal del cuello del vencido monstruo, una oscura cascada se precipita sobre el suelo. En los ojos del bandido se refleja un terror brillante, sus pupilas no parecen haber tenido jamás tanta vida dentro. Pero, a medida que su boca, babeando y torcida en una exagerada mueca, se va cerrando, las cuencas se van vaciando de color, hasta quedar en unas grises e inertes bolas redondas fijas en los dientes furiosos de su asesina. 


“Dame la vuelta y gírame,
Déjame seguir girando hasta que caiga al suelo” *


Cuando Rosalie deja atrás las puertas de la taberna, el sol ya se está escondiendo  a su espalda, al fondo de la llanura. El calor tenue de su abrazo le cosquillea la piel, casi siente que le proporciona algo de frescor comparado con el ardor que brota del vientre. 

A medida que avanza, sus pasos se van haciendo cada vez más cortos, dejando en la arena el angosto rastro que emana de su interior. Le resulta difícil respirar y a la vista le cuesta enfocarse, percibe el peso en la espalda y el crujir en las costillas. No tiene sentido apretar la herida, lo sabe desde el momento en que oyó el disparo, por eso su mayor esfuerzo se concentra en seguir andando hasta rodear el edificio. 

Al momento de lograrlo, queda frente a la imponente cadena montañosa que preside al pueblo en su cara oeste. Se frota los ojos, pintando de rojo sus párpados, y con dificultad logra visualizar la cima del pico principal, un majestuoso valle cubierto de frondoso esmeralda y rematado con una imponente secuoya. A la sombra del árbol, cree intuir una figura, quizás un animal o un ser humano, quizás un borroso recuerdo. 

Una sonrisa brota de la pequeña boca de la Rosalie Moses.

Exhausta y libre por fin de la ira y del remordimiento, cierra los ojos y siente por última vez los pasos del dios de la montaña, que tras la larga carrera empieza a aminorar la marcha, poco a poco, pisada a pisada, hasta que finalmente se detiene. Lo último que escucha de él es el bramido de la victoria, un grito que viaja subido en el viento, removiendo la tierra y estremeciendo el cielo.

En el instante en que su rostro golpea la tierra, nota que la consciencia se despide de ella por última vez. Únicamente tiene el tiempo justo para rememorar a una pequeña niña con trenzas y volantes amarillos, que corre con el viento sin mirar atrás, libre como un búfalo. 

Después, sólo la muerte; salvaje, sin arrepentimiento. 


 “Dame la vuelta y déjame ir,
corriendo libre con el búfalo” *


¿Dígame al menos cómo podré ver alguna vez a los búfalos, madre?

Aquí dentro los tienes, Anna Lee dijo tocando con sus dedos la frente de la niña—, esperando al día en que los necesites. 


“Dame la vuelta y libérame,
La vida de ‘cowboy’ es la vida para mí.” *



-COWBOY SONG-

*Estrofas traducidas de la canción “Cowboy Song” de Thin Lizzy


25 comentarios:

  1. ¡Anda Alejandrito....! ¡Qué sorpresa mas buena! ¡Habemus novela!
    Pues permíteme que pille los capítulos para leerlos con calma, y comentartelos de uno en uno, como hice con "Relatos Pigs" creo que se titulaba y ya te diré compañero.
    ¡Qué alegría Alejandro! Rebienvenido amigo.

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  2. Yo no he podido esperar a leer uno a uno cada capítulo. Me he puesto tan contenta cuando he visto que habías publicado, que me he tirado de cabeza y no he parado de leer hasta que he llegado al final. Me has dejado fascinada con la historia, que he saboreado cada palabra. ¡Qué delicia leerte de nuevo, Alejandro! Casi había olvidado lo bien que escribes, eres un regalo. Me has enamorado con esta Rosalie tan llena de matices, que tan bien sabe medir los tiempos para no estropear su venganza. Su temple, que tan bien le sirve para esconder el odio y el dolor. Se me ha puesto la piel de gallina cuando Chester le dice que sabe dónde está la niña y parece que se va a venir abajo. Es maravilloso ver cuántos matices tiene esta mujer, cómo lucha. Y el duelo con tan buen rival, porque el personaje de Chester no se queda atrás. En sí mismo es un enigma del que se puede esperar cualquier cosa, que creo que es lo que le pasa a ella y por eso sabe que no puede bajar la guardia. ¿Sabes lo que me ha hecho recordar tu historia? El duelo de "Solo ante el peligro", aunque en este caso en vez de pistolas tenemos unos diálogos fabulosos.
    Yo, que sé que te gusta tanto el cine, tu novela es un western de los buenos, porque cuando te metes en ella te olvidas que la estás leyendo y ves cada escena como si estuvieras ante la pantalla.
    Felicidades, Alejandro. Es un regalo leerte.
    Un besazo

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    1. Muchas gracias, Ana. Me alegra mucho que te haya gustado.
      Aunque me encanta el cine, nunca me han llamado especialmente los westerns, pero en este caso me topé con unos personajes que daban un perfil que si me interesaba mucho.
      Sobre una situación difícil (guerra, hambre, violencia), veía a los que están predestinados a ser perdedores y aquellos que usan su brutalidad para sobrevivir. Rosalie se me antojaba un término medio que me interesaba explorar, con el añadido de pertenecer a una etnia perseguida y ser mujer en un mundo especialmente cosificador.
      Me congratula especialmente que te haya parecido que tiene muchos matices, pues es justo lo que pretendía.
      Gracias, compañera.

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  3. Mira que llevaba tiempo asomándome por aquí infructuosamente, más desde que conozco las primeras aventuras de Rosalie/Niyol:¡menuda MUJER has creado! Y como ya te han dicho, la replica de su enemigo, no le queda a la zaga. El relato transmite mucho y te has esforzado un montón en trazar los perfiles de los personajes utilizando sobre todo los diálogos. Me alegra un montón que hayas roto la sequía de esta manera. Enhorabuena. Un abrazo.

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    1. Gracias por tus palabras, jefe. Ya sabes que mi debilidad son los diálogos, y ya me cuesta mucho alejarme de ellos, para bien o para mal. Me alegra que creas que transmite pues era sobre todo mi intención, que lo que le pasa a Rosalie importe, que se le coja cariño al personaje.
      A ver si la sequía esta vez no es tan prolongada. Un abrazo amigo.

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  4. I – Rosalie, the cowgirl song


    Sin duda Alejandro este “parón” ha dado lugar a que aumentes ya de por sí tu buena calidad narrativa, y tú sabes que te lo digo de verdad, de corazón.
    Me asombra que de la impresión de que cuentes desde la cercanía en un género, no sé si llamarlo novela del lejano oeste o “far west” de los que en España creo que no abundamos en autores (corrígeme si me equivoco) Recuerdo solo el clásico “El coyote” una novelita que tenía la biblioteca de mi padre y que recuerdo que leí. No es un género que en general me atraiga ni siquiera me gustan las pelis del oeste con todos sus clásicos tópicos del bandido, el Cherif, los buenos(que siempre eran los vaqueros) y los malos (que siempre eran los indios), el salón, las hacienda con sus vacas, los buscadores de oro y las chica del salón. Pero, ¡colega! te las has ingeniado para atraparme desde casi la primera línea con el tono de leyenda, con el “Cuenta los ancianos que…”, y con este inicio me preparo para escuchar un buen cuento.

    El escenario grandioso, y utilizo la palabra grande a conciencia, por las montañas, por la fuerza comparativa de las cien olas, por el casi imbatible mar de búfalos, por el horizonte abierto, por la libertad que respira el paisaje.

    Nos haces ver a la mujer de ojos entornados (unos ojos con poesía, pues hay en ellos pozos grises de secuoyas esmeralda) Con la descripción detallada del físico resulta hasta atrayente unas manos estropeadas, una boca pequeña y agrietada, indomable y decidida, una piel curtida (experiencia de vida dura al aire libre), 30 años que el duro oeste parece 60.

    Y no solo describes el paisaje externo del lugar, no te olvidas de las circunstancias del lugar, los enfrentamientos, las etnias, las distinciones no solo raciales sino sociales. Una documentación estudiada y precisa puesta a disposición del discurso narrativo.
    No quiero que se me olvide comentar que ¡cómo no! tu faceta musical siempre presente, y que me ha gustado mucho la pintura o vieja fotografía ilustrativa.

    Este primer capítulo promete que vamos a ser partícipes de una gran aventura contada por Alejandro Gallardo y abre boca y la curiosidad por saber la historia de Rosalie. No me los pienso perder compañero.





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    1. Gracias, Isabel, como me alegra que tú lo leas, que ya sabes que te tengo por maestra de maestros, yo también te lo digo con sinceridad.
      Lo que comentas del western, tienes razón, aunque te animo a que no le des importancia a ese contexto, ya que he querido huir de algunos tópicos de ese género (lo que dices de los indios, que el protagonsta sea una mujer), y centrarme más en lo que supone una época real en que las penurias de la guerra, el odio y la violencia contaminaban la vida de la gente. Ya me dirás al final si he conseguido contar eso, o me ha salido un topicazo, jeje.

      Con respecto a las descripciones ya me conoces, sabes que tengo el defecto de contar como una cámara debido a lo que fueron mis estudios, y a veces no tengo muy claro si es algo bueno o malo. Supongo que ayuda a empaparse, pero puede llegar a ralentizar demasiado. Es algo que me causa bastantes dudas, eso y mi desbarre con los diálogos.

      Pero bueno, no me enrollo más. Espero que disfrutes el resto de capítulos y llegues a conectar con Rosalie.

      Muchas gracias por el comentario, y por los ánimos en estos meses de sequía.

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    2. Sobre las dudas que dices que tienes de contar como si enfocaras una cámara, es unas de las faceta tuyas Made in Alejandro, que me encantan, marca de la casa, es tu impronta. En el II Capítulo que te acabo de comentar la cámara ha ido a favor de la narrativa, que lo sepas, así que quédate tranquilo y explota al máximo lo que tan bien sabes hacer.

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  5. Antes que nada Alejandro, decirte que me alegra ver que has vuelto a escribir y publicar tras tu larga ausencia y espero que no pase tanto tiempo hasta que lo hagas de nuevo. Se te ha echado de menos por estos mundos blogueros.

    Vuelves a lo grande, con una historia larga y compleja, de esas que te obligan a pensar durante muchas horas para atar todos los posibles flecos que pudieran quedar sueltos en la trama. Una trama que he de decir me ha parecido absolutamente consistente y muy trabajada, de la que nos vas desvelando retazos poco a poco dosificando muy bien la información. Desde la aparición de la banda del Loco, el modo en que se hacen con el pueblo ante la decadencia social después de la guerra, el asunto del ferrocarril y las indemnizaciones, el modo en que Rosalind acaba con su antagonista… todo elaborado al detalle y con cuidado. También se nota la exhaustiva labor de documentación que subyace detrás del relato aunque me parece que el tema del lejano oeste te gusta y parte del camino ya lo tenías andado. Destacar aquí especialmente todo lo referente a la guerra de Secesión, donde los pasajes que hacen referencia a ella me han parecido excelentes.

    No descuidas como es costumbre la psicología de los personajes, en este caso te has centrado en Rosalind, en su huída de un pasado con el que no estaba conforme pero que la marca durante toda su vida y al que vuelve una y otra vez aunque no quiera reconocerlo, escapando hacia un presente en el que creo adivinar que encuentra las mismas limitaciones de las que ha huido. En sus últimos minutos se reconcilia con lo que es, muriendo en paz. También los personajes de Emmet (referencia tal vez a Emmet Braun de Regreso al Futuro?), su padre Luke (¿Lucky Luke?) y sobre todo el loco Chester a través de esos diálogos finales con Rosalind muestran los entresijos escondidos de su psique a través de tu pluma. Una labor ardua con muy buenos resultados.

    La ambientación excelente, desde las descripciones del pueblo hasta la cantina nos metes en los escenarios como si estuviésemos en un mismísimo pueblo del oeste. Me ha llamado la atención como describes ese mundo mágico de los indios, donde la realidad se mezcla con la superstición y la ensoñación, tan propio de las tribus nativas, algo que sólo está al alcance de un buen conocedor del tema. Por otro lado creo que subyace también cierta crítica hacia el papel del hombre blanco en el continente Americano, personificando éste en Chester, hombre codicioso y sin palabra que busca sólo su propio beneficio con absoluta indiferencia ante el prójimo o la sociedad de la que forma parte, en contraposición a Niyol, más auténtica aunque descreída y endurecida tras ver el negro destino al que están condenados los suyos.

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  6. Sigo... Comienzas con formato de novela más que de relato corto; si bien centras enseguida al personaje principal de forma que sabemos desde el primer momento que todo gira en torno a las vicisitudes de Rosalind, algo importante para que el lector tenga referencias, cuesta enfocar al principio el hilo principal de la trama entre las descripciones y los continuos flashback, necesarios en todo caso para ambientar la historia. Es a partir del capítulo IV, en la escena en que Rosalind conoce a Emmet y de ahí en adelante, donde a mi juicio se centra este aspecto y tenemos una referencia clara de cuál es el hilo conductor del relato, a la vez que la historia comienza realmente a engancharnos y picarnos la curiosidad.

    A partir de aquí el relato es muy dialogado, con muy buenos diálogos como también nos tienes acostumbrados, algo que como he comentado más de una vez pienso que es muy difícil de conseguir. La historia coge velocidad por momentos, aunque se pausa después con el encuentro entre Rosalind y Chester. Sé que te gustan las historias muy dialogadas Alejandro, sin embargo aquí, siempre a mi modo de ver (me permito hacerte esta observación tomándote la palabra respecto al párrafo que incluyes justo al comienzo de la lectura), me da la impresión de que los diálogos son excesivos. Por un lado tienden a volver sobre temas recurrentes una y otra vez y por otro rompen la continuidad de la trama y restan velocidad en un desenlace que se alarga en mi opinión más de lo que debiera. Tal vez tu tendencia a trasladar la escritura al cine haya influido en la conformación final de esta parte, pero no olvidemos que se trata de un relato escrito. Es quizás la única pega que le pondría, si me permites la pequeña crítica y siempre desde mi visión subjetiva.

    Terminas el relato a lo grande, en el más puro estilo dramático, con la muerte de los protagonistas principales y llevando a Rosalind de nuevo a sus raíces indias juntando el mundo de los espíritus con el mundo real como no podía ser de otro modo tratándose de una Arapahoe. Esta evocación del particular mundo indígena entronca con el comienzo de la narración, donde nos hablabas de las leyendas que de pequeña escuchaba la muchacha de boca de sus ascendientes, cerrando un círculo perfecto.

    Resumiendo, un trabajo elaborado, concienzudo, con una trama digna de mención que nos atrapa, donde despliegas muchas de tus facetas como cuentista que la larga ausencia con la que nos has castigado no ha mermado en absoluto. Enhorabuena por tan excelente trabajo. Un abrazo.

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  7. Por cierto que me he dado cuenta que he estado poniendo todo el tiempo Rosalind en vez de Rosalie... cosas del directo :)

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    1. Gracias Jorge, ¡menudo análisis tan conciencudo te has marcado!¡Eres un crack!

      Entrando ya en materia, me alegra que apreciaras la psicología de los personajes y la dosificación de la información, es algo a lo que le he dado muchas vueltas, así como también a la documentación para no ir soltando barbaridades. Como apunte te comento que los nombres vienen todos (a excepción de Emmet que hace referencia al héroe real que se nombra en el cap.V) de las canciones que componen los capítulos; Rosalie es la canción homónima de Thin Lizzy, y 'Loco Chester','Jack el perro', 'Anna Lee', 'Miss Moses', 'Miss Fanny', 'Viejo Luke' y la leyenda de Carmen y el diablo, proceden todos de la canción "The Weight" de The band.

      Chester está inspirado levemente en el sanguinario Coronel Chivington, un personaje real que representaba un poco esa dualidad, siendo un hombre culto y educado (fue incluso ministro), y al segundo matar al que se le pusiera por delante, como hizo efectivamente con los indios en la batalla de Sand Creek. Esto entronca con lo que comentas del papel del hombre blanco y la crítica subyacente. Aunque yo creo que lo que le dice Rosalie a su hija es un poco lo que yo quería transmitir: "Los hombres, da igual su color de piel, siempre encuentran alguien a quién odiar."

      Yendo a lo interesante, paso a comentar lo que dices de los diálogos. Te confieso que es un tema que no sé muy bien como tratar. Esta historia estaba planteada para que la reunión durara un solo capítulo. Y sin embargo dura cuatro. Lo que me pasa Jorge, y creo que viene por (de)formación profesional, es que cuando leo diálogos que van muy al grano, me suelen parecer artificiales. No puedo evitar pensar que la gente no habla así, que realmente se da muchas vueltas para llegar a un punto, se desbarra y se dicen tonterías. Y, sin embargo, estoy de acuerdo contigo en que perjudica el ritmo narrativo. En fin, creo que es algo que tengo que tratar de corregir, alcanzar al menos un punto medio. Gracias por el apunte, es gratificante tu sinceridad (nos hace mucha falta en el mundo literario-web).

      Y nada, Jorge, muchísimas gracias por tu curradísimo comentario que me ayuda mucho a identificar las virtudes y también los defectos de la historia. Me alegra no obstante que en el conjunto la hayas disfrutado. Espero no alejarme tanto esta vez y seguir de vez en cuanto por aquí y por vuestros espacios.

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  8. ¡Hola Alejandro! Qué gusto saber de ti. Es una alegría muy grande que me da poder leer tus cosas, nuevamente. Hacía mucho tiempo que no tenía ese placer. Recién me entero y me he puesto muy contento. ¡Me pongo a leer tu nueva novela y después comento!
    ¡Un gran abrazo!
    Ariel

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    1. Un gran abrazo, Ariel. Me alegra que nos reencontremos.
      ¡Espero que te guste!

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  9. II – The weight


    Hola de nuevo Alejandro ¡Cómo me gusta pillar una buena historia tomando un café los domingos por la mañana!
    Es impresionante la parte de cuando Rosalie cierra los ojos y rememora la gran ola de búfalos tiene mucha fuerza. Has conseguido imprimir velocidad y dinamismo por medio de las frases cortas y los verbos de acción. Una escena tremendamente visual y determinante para la chica… es como si la fortaleza de los búfalos entrara en ella.
    Con lo de la luna “vanidosa” sobe su cabeza, supongo que pretendías un giro lírico en contraposición con la imagen poderosa de los búfalos.
    Lo del “astro rey” (recuerdo que una vez le apunté esto a nuestro compañero Jorge en uno de sus magníficos relatos), es una de esos giros hechos que no me suelen convencer.
    Se nota tu vena fílmica en la manera que tienes de fundir y encadenar las diversas escenas sin cortarlas de golpe. En la parte de los búfalos casi has hecho un barrido y , a veces, hasta un plano general, sin embarco cuanto te acercas a Rosalie enfocas sus ojos (en el capítulos anterior), y en este sus pies en el barro, el sonrojo de sus mejillas, la hierba…las flores estranguladas por las manos de Anna Lee y sus dientecillos brillando.
    Y como sin querer, nos has guiado hasta el lugar de mala muerte con el revólver de Emmet Moses escondido bajo la falda.
    Me gusta muchísimo la determinación con la que Rosalie avanza por la calle del pueblo con los ojos entornados, esa escena la hemos viste cientos de veces en las pelis del oeste pero con un hombre (un chérif o un bandido), por eso precisamente e gusta que sea, en esta ocasión, una mujer, además de india, pequeña.
    Nos presentas a Terragreda (aquí va el arsenal del tremendo trabajo de documentación) y te permites ser descriptivo, abres un paréntesis informativo (y necesario para la comprensión de los futuros sucesos) y aparcas, por el momento, a Rosalie para volverla a enseñar más tarde escupiendo el suelo con desprecio.
    Me ha parecido una buena alegoría las lilas de pétalos alicaídos creciendo ante, o a pesar de la adversidad y otro buen encadenado para presentarnos a la hija y con la espontaneidad ingenua de la niña de no odiar a nadie despides este capítulo.

    Que tengas una estupenda semana Alejandro, un abrazo muy muy grande y cuidadín con el calor compañero.

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    1. Gracias Isabel. Te pido disculpas porque en mi cabeza creía que te había contestado este comentario.
      Lo que dices del astro rey, te entiendo, y si lo he puesto ha sido en un intento de no repetir tanto la palabra "sol". A veces me pasa que, con tal de no crear monotonía sonora, tiendo a abusar de los sinónimos, pero es que repetir palabras me resulta un tanto molesto al oído. Supongo que serán manías.
      Lo que me cuentas de la cámara, es algo que me sale sin quererlo, pues yo pienso en imágenes, y trato de mostrarlo así. Como bien dices, ese es mi estilo, y aunque tengo que pulirlo, supongo que está bien seguir por ese camino.
      Y sobre la ingenuidad de la niña... bueno, siempre me ha gustado la lógica aplastante de los niños, y lo que dice tiene todo el sentido del mundo, y ya irás viendo como el odio es uno de los dos temas que sobrevuela toda la historia.
      Gracias por tus fantásticos comentarios y por el tiempo que le dedicas.
      Un gran abrazo.

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  10. Alejandro, tienes una manera de describir a los personajes que es imposible no verlos. Los dotas primero de características físicas, y luego “los pones en movimiento”, así que nos ofreces una doble vertiente de todos ellos. Por ejemplo a Rosalie, que ya conocemos sus rasgos físicos de los dos anteriores capítulos, la pones a caminar hacia el pueblo a la vez que la vemos rumiando pensamientos y recuerdos mientras se muerde el labio con saña); del viejo Luke describes la vestimenta del alcalde, su bigote manchado haciendo más evidente aún su estado de embriaguez, los variables estados de ánimo de los alcoholizados.
    Bien por los diálogos mezclados con la trama, algo deshilvanados por parte de Luke, con muy buen criterio, pero no tanto para no resultar entendibles.
    Hay una frase importantísima para la trama que metes como sin querer queriendo, la que dice Luke: “saber que seguirás ahí para cuidar de mi hijo y de la pequeña Anna Lee, es un enorme consuelo…”, me encanta el modo en que das esta información vital, así como el color de los ojos de ambos... y es que me encanta que no mastiques los datos, así como no apretar demasiado la emoción, la manera de contenerse de Rosalie, sin sentimentalismos, hace que sea más duro el relato y case con el salvaje Oeste.
    Solamente con estos dos personajes has creado una trama que aúna el pasado y el presente, y expectativas para el enfrentamiento con los cuatreros.
    Veremos que pasa...
    Un cariñoso abrazo Alejandro. Hasta pronto.




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    1. Mil gracias por tu análisis, Isabel. Creo que expresas muy bien lo que he intentado transmitir, especialmente en el tema de la contención, pues a veces cuesta, especialmente con las historias épicas y melodramáticas que me acaban saliendo.
      Te agradezco mucho tu tiempo y tu aprecio.
      Un abrazo, canaria.

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  11. El comentario anterior era, naturalmente, en relación con "COWBOY SONG (III) - BEHIND BLUE EYES "

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  12. IV – The chain

    En lo primero que me fijo es en los aspectos técnicos de tu narrativa, en cómo conformas las frases largas, con las comas adecuadas para respirar y las conjunciones justas. Aprendo de esto Alejandro porque a mí me resulta difícil hacer frases largas.
    Y como siempre, en el inicio de los capítulos, nos enseñas el escenario, ésta vez con el mal presagio de las dos águilas calvas.
    La escena del botellazo impecable.
    Me gustó mucho la descripción física de Emmet, no te has conformado con decir que era pelirojo, no, has hecho un recorrido por su figura y el paisaje de su cara. Haces que vemos, que vea, con total claridad a Emmet. Recordé Alejandro cuando me diste el buen consejo de “pintar” alguna cualidad única a Chano, el tío de Lucía (en mi novela), así que por tu culpa lo hice cojo jeje
    De la Rosalía joven destaco su arrojo rayano en la inconsciencia por culpa, supongo, del hambre y las necesidades.
    Has resuelto con diálogos en enfrentamiento del bandido y Emmet, y de paso te las has arreglado para informar como sin querer queriendo sobre sus circunstancias (voluntario de…etc…)
    Lo único que me araña un poquito es la frase de Rosalie cuando dice: “—Si piensas que voy a yacer contigo por lo que has hecho, ya puedes irte olvidando.” Lo de yacer lo sustituiría por otra palabra, acostar, foll…, alguna palabra más vulgar, que casara en la boca se supone que no demasiado refinada ni culta de la india. En cambio están muy logradas otras frases, por ejemplo la de duda y desconcierto de: “—Aun así… —titubeó— eso no te da derecho a…”
    ¡Vaya…quién iba a sospechar que estos dos acabaran en boda!
    Y con la determinación por bandera Rosalie entra en la taberna. Las dos puertas abatibles actúan como las cortinas de un escenario, al menos así lo veo.
    Bueno Alejandrito, nos vemos en el próximo. Un abrazo de los apretaos!!!!


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  13. V – The night they drove old Dixie down

    Me gusta cómo te las ingenias para ir del presente al pasado con toda naturalidad.
    Es un rasgo de ingenio el olor de las uñas a café, sorprende y es original.
    La tensión de la espera de Rosalie perfectamente reflejada (la ansiedad el nerviosismo y sobre todo su determinación y firmeza, su mandíbula apretada), así coo su carácter pragmático en cuanto a no dejarse llevar por la alegría desmedida con el tema de la cosecha, su propensión a adaptarse a las circunstancias y no tirar cohetes antes de tiempo. Tiene también algo de bruja o hechicera, supongo de su procedencia india, intuye a las personas, y a los acontecimientos, los siente en en la falta de sueño y en las tripas (en eso se parece a ti, Alejandro, que somatizas con el estómago…algo muy peculiar en las persona sensibles)
    La figura de Chester… ¡qué mal me cae éste tipejo con los botones a la altura del pecho a punto de saltar! , su petulancia, su pelo pringado de brillantina ¿Ves? eres original a la hora de describir rasgos personales y genuinos. Su grandilocuencia, propia biografía edulcorada por él, y además, algo que también me ha gustado muchísimo que no le has puesto solo defectos, alguna virtud tenía que tener, al menos al principio…el amor por su mujer, su inteligencia para prosperar…luego ya se devaluó en lo que era, un paleto venido a más, para ser creíble se necesita humanizar al personaje, y lo seres humanos, generalmente, no tenemos valores absolutos, ni malos del todo, ni buenos completamente. No te quedas en la superficie de los personajes, te metes a fondo Alejandro.
    A Jack el perro y su risa estridente…a los mercenarios y bandidos de la cuadrilla de Chester.
    Me ha llamado la atención la expresión “trufada de la épica…”y la de “Mesías de plomo”. De nuevo originalidad.
    Te marco algunas repeticiones, supongo que por despiste, al estar tan cercanas las palabras repetidas en la misma frase resulta demasiado reiterativo; en la primera frase del texto tienes dos “mucho” (cambiado mucho y mucho más vieja).
    Hay un cuando interrogativo que debe ir con acento.
    Documentada y bien ambientada la época en que has situado la historia, con las luchas entre el norte y el sur, los confederados y los yanquis.

    Tampoco descuidas los personajes comparsas (los cuatreros, el hijo del boticario,el pastor, el resto del pueblo…personajes que asoman levemente sin intervenir apenas pero que da sensación de que la escena está llena de gente y viva, que es real), y a los secundarios (El patriarca de los Moses, el suegro de Rosalie )
    Emmet ha quedado muy bien parado en este capítulo en el enfrentamiento con su padre (inteligencia, serenidad, valentía)
    Hces un buen tratamiento de las escenas álgidas, con contundencia, pero sin tremendismos, por ej: la escena de cuando Chester apareció en casa de Rosalie y piropeó a la niña, sugiriendo lo que posiblemente ocurrirá y que dará lugar a la venganza de la india.

    Pues ya está Alejandro, me he explayado es? ¡Fuerte rollazo te he metido compañero!

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  14. VI – Bringin’ home the rain

    ¿Ves Alejandro...?, has vuelto a hacer algo que siempre me sorprende de ti, me has mostrado la escena con toda claridad... esos volantes amarillos que el viento agita al andar y que parecen pequeñas olas...vamos, que más visual no puede ser, y encima amarillo, que no pasa desapercibido, se agitan y mueven, tanto como las ondas del cabello de la niña. Son como letreros luminosos y fluorescentes, imposible ignorarlos.
    Y además el símil de “Las olas” siempre presente, la ola de búfalos, la ola que lo arrasa todo, la ola de odio y de sentimientos y pesares contenidos a punto de desbordar.

    En los párrafos iniciales de este capítulo me parece ver una contradicción en la primera frase cuando afirmas que “muestra el sosiego más absoluto...” y enseguida dices que está sobreexcitada, que ya sé que es por dentro y que no lo demuestra, pero creo que deberías rebajar los superlativos, quiero decir que si dijeras simplemente “muestra sosiego o se muestra sosegada” dejando de lado el “más absoluto” y a la frase de “sobre excitada, le quitaría el sobre”, así le sería más fácil aparentar la serenidad externa que no siente por dentro, ¿entiendes a lo que me refiero? Menos, en ocasiones, es más. Por ej: cuando llamas baboso al alcalde nuevo, no creo que sea necesario, ya lo definen sus actos. En cambio, me ha encantado el chasqueo de la lengua para engañar a la mente. Muy bueno.

    Sobre Chester Lynott... es un tipo listo, paciente, meticuloso y ambicioso, cuando quieres conseguir algo, lo cual lo hace doblemente peligroso. Tiene los ojos puesto en la granja y mucho más... te las has ingeniado para meter la reconstrucción del ferrocarril, tan vital en los amplios espacios de la Unión, y lo haces de manera que no parezca conocimientos enciclopédicos, (hay un montonazo de escritores que con tal de lucir sus conocimientos les da igual si la narrativa exige tanta información); en el caso del capítulo se hace imprescindible encajar las vías de expansión tan importantes en la historia del país. De paso también sitúas la historia particular en un momento específico, el final de la guerra de secesión y el reciente asesinato de Lincoln.

    ¡Qué rabia me da cuando el prepotente la llama cariño y que como es piel roja no sabe cómo funcionan las cosas!
    En esta ocasión las frases hechas funcionan bien porque sale de las bocas que suelen decir frases hechas (Chester), Ej: “Por activa y pasiva”: y refranes o proverbios (Rosalie). Ej: Mejor un puñal en la piel, que una duda en el corazón “por activa y por pasiva...

    Un retrato exacto de Jack el perro incidiendo en su figura sin excesos, cuatro pinceladas para saber (y ver) como se las gasta.

    Los diálogos, a mi parecer, resultan algo dilatados para las dimensiones de una novela corta, queda más que aclarado el carácter de los dos oponentes, sus puntos de vistas, sus emociones, gestos...has hecho muy bien en intercalar párrafos de narrativa para equilibrar un tanto el coloquio, aunque lo acortaría un poco para aligerarlo y que todo no se resuelva a golpe de diálogos, aunque reconozco que son chispeantes, ingeniosos irónicos, en suma vivos...un duelo de titanes entre el alcalde verborreico y el verbo fácil y fluído de Rosalie.

    ¡Gran final de capítulo!

    Hasta el próximo Alejandro. Me gusta mucho comentarte aunque no estoy segura si lo hago con acierto y comprensión hacia tus personajes, intento no extenderme demasiado pero...¿qué quieres qué haga chico si me salen tan largos?, ¡eso sí! con la mejor de las voluntades y con muchísimo gusto.

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  15. Respuestas
    1. Todo va bien, Isabel. Acabo de volver de un largo viaje a las tierras de Rosalie, el cual llevaba posponiendo mucho tiempo por problemas de salud. Te debo respuesta a varios comentarios y una visita a Locabajo, claro está. Aunque ahora se me viene una época complicada de tiempo, espero ir consiguiendo, poco a poco, ponerme al día con los cinco o seis autores a los que os sigo.
      Un gran abrazo, compañera.

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  16. ¡Ah bueno! no te preocupes de comentar a la locabajo.
    Y a ver si yo también sigo comentándote tus capítulos que te tengo abandonado.
    Un abrazo cariñoso Alejandro. Me alegra saber de ti.

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