lunes, 6 de abril de 2015

Relatos: LA CASA DE PAPÁ

Escribir una novela. Quizás el fin último de los que empezamos a escribir, un sueño que a veces se antoja inalcanzable y un reto para seguir mejorando día a día.

En mi caso, soy muy vago para lanzarme a ello (viendo lo que actualizo ya no debería sorprenderos).
"Old house" de Cindy Cornett Seigle (CC BY-NC-SA)
Además, no quiero involucrarme con un proyecto de tal magnitud hasta no estar seguro de haber aprendido lo suficiente. Pero, a pesar de mis reticencias, ideas para novela se me han ocurrido decenas. Estaba una a lo "Philipp K.Dick" de un grupo anarquista en un futuro distópico; otra de personajes estrafalarios que se reunían en una cafetería perdida del mundo; incluso tenía una historia de perdedores muy del estilo "Leaving las Vegas"... y así muchas más. De todas ellas, la que más cerca me tuvo de lanzarme a la piscina fue la de un chico que viaja por las carreteras acompañando de su desvergonzada prima paralítica y el fantasma de su padre, que parece empeñado en hacerle la vida imposible. Finalmente, en un ejercicio para un curso, me dio por adaptar lo que sería el segundo capítulo de la novela a un relato corto. Lo que salió es esta "Casa de Papá".

Recientemente ha sido el relato del mes en la web tusrelatos.com, lo que me llena de aglegría, ya que es una de las historias que más he disfrutado escribiendo, especialmente con el personaje de la prima Vicky, que es sin duda mi favorito.

Espero que os guste y os sintáis reflejados en esta 'peculiar' familia.
 
La casa de papá
Escrito en noviembre de 2014 escuchando "Azurro" de Adriano Celentano

Allí dentro el calor era insoportable.  
Aún no eran las doce y el salón estaba a rebosar. El constante ronroneo de los radiadores se confundía con las voces de la veintena de presentes que habían venido a despedirse de mi padre. A lo largo de la sala se formaban diferentes corrillos de gente, muchos de ellos junto a la mesa al lado de la ventana, dónde se amontonaban platos de pastas y rosquillas perfectamente colocados. Recordaba muchas de las caras de los asistentes, si bien había visto un par de rostros que no lograba situar. Me imaginé que serían parientes lejanos, o peor, vecinos con ganas de cotillear. A esos seguro que papá los hubiera echado a patadas.

«Sólo espero que a él no se le ocurra presentarse aquí», pensé intranquilo.

En el antiguo tocadiscos sonaba una vieja selección de clásicos italianos que llevaba puesto toda la mañana. Desde el primer momento en que había entrado en la casa, supe que eso sería cosa de la Tía Agnes. Solo ella podía ser tan hortera de poner algo así para despedir a un muerto. Y es que no dejaba ser paradójico ver a la exuberante prima Felisa llorar a moco tendido, balanceando sus pechos a cada hipido, mientras el salón se llenaba con la alegre voz de Adriano Celentano. Un pequeño escalofrío me entró por la espalda al imaginar que la siguiente pista pudiera ser un bolero.


Yo hacía rato que notaba cada fibra de la camisa pegado a mi piel y la corbata se me había transformado en una boa constrictor, viciosa sádica que se negaba a aflojar a pesar de mis múltiples tirones. Encima, un olor dulzón se me había metido en la nariz. Entre los aromas creí distinguir una mezcla de colonias baratas y la enorme fuente de rosquillas. Aquella nauseabunda fusión de fragancias te golpeaba en la cara, como un derechazo del mismísimo Muhammad Alí, dejándote K.O. y sin poder levantarte de la lona.

Atolondrado por tal ambiente, los ojos me pesaban cada vez más y tenía la impresión de que iban a vencerme en cualquier momento. Supuse que también tenía culpa el haberme quedado toda la noche discutiendo con el fantasma de mi padre muerto, tratando de convencernos el uno al otro. Yo de que era una alucinación de mi mente estresada, nada que no pudiese solucionar una visita al psiquiatra. Él se reía y contestaba que no podía ser un producto de mi cerebro, que yo no podía tener tanta imaginación. Insistía en que a él tampoco le hacía mucha gracia la situación, pues hubiera preferido una chica guapa para interactuar, pero parecía que se tenía que conformar conmigo. Ya fuese real o no, el putearnos mutuamente seguía siendo nuestra manera ideal de relacionarnos.

Al tiempo que daba vueltas a mi última y alucinada noche, notaba que cada vez hacía más calor dentro de la casa. Tanto que añoraba el frío intenso de la calle que había maldecido sólo un par de horas antes. Mientras los cristales de la ventana se llenaban de escarcha, allí dentro podíamos estar a un par de grados de cambiar el funeral por un baño turco. Ante tan bochornosa perspectiva, se me pasó por la cabeza que sería muy fácil coger la puerta y salir pitando de allí. Seguro que todos lo verían como un gesto de aflicción y disculparían mi comportamiento. Bueno, todos no. La tía Agnes no dudaría un momento en ahorcarme si hiciese tal cosa.

«Aguanta un poco», me dije. Era el hijo del difunto y, por mucho que me disgustase, lo correcto era hacer mi papel ante la especie de capilla ardiente que había montado la tía. El féretro estaba colocado en el fondo de la sala, delante de la chimenea. Bajo un enorme cabeza de ciervo disecado y con sus trofeos de pesca alrededor. Allí, expuesto como en un escaparate, mi padre me pareció un digno aspirante a portada de revista de jubilados. «Mira que has acabado ridículo, viejo», pensé con cierta sorna.

Por supuesto, a su vera, como si se tratara de otro trofeo más, estaba la tía Agnes, rígida igual que una tabla. No se había movido en todo el tiempo que llevábamos allí. Estaba seguro de que ella creía que, con su porte rígido y su elegante sombrero negro, parecía lo menos una aristócrata. Viendo como agitaba de vez en cuando los pies, no pude evitar sentir cierta satisfacción. Sus juanetes parecían estar empeñándose en fastidiarle su gran momento.

Y es que, aunque no le había hecho mucha gracia que la voluntad de mi padre fuese tener el funeral en casa, pronto había visto una oportunidad para ser la perfecta anfitriona. Según sus palabras, solamente ella podía encargarse de una reunión digna de un gran hombre como su hermano. A veces me preguntaba cómo habría sido la niñez de papá al lado de semejante víbora. Sólo había que ver de que manera empezaba a llorar cada vez que alguien se acercaba a dar las condolencias y lo rápido que se recomponía en el instante en que se daban la vuelta.

En lo que llevábamos de mañana habían sido varias las personas que habían pasado por sus hipócritas brazos. Alguno gimoteaba cuando se asomaba a mirar el rostro de mi padre. La mayoría simplemente comentaba la jugada. “Era un gran hombre”, decía un tipo calvo, “No somos nadie”, comentaba el tío Francis. Tenía la certeza de que, si nos hubiesen dado un guión, no habríamos podido parecer más tópicos.

Yo me había hartado casi al principio de tanto pésame y abrazo sudoroso y me había refugiado en el sofá de la esquina. El problema es que unos minutos más tarde ya no podía levantarme. Me encontraba atrapado. Para ser exactos, estaba encajonado entre los prominentes traseros de la abuela Magda y de Margarita Fuentes, la panadera del pueblo. Ésta parecía haber descubierto que su verdadera pasión eran los dulces en vez de las chapatas, ya que devoraba cada galleta con el énfasis de una amante. La abuela en cambio no probaba bocado. Simplemente sonreía y de vez en cuando me acariciaba el pelo mientras me preguntaba que de donde había salido un chico tan guapo. Viendo sus ojos, rodeados de arrugas y siempre amables, no veía el parecido con mi padre. A él siempre lo recordaba con la boca torcida y la mirada en un inequívoco gesto que decía “Yo llevo razón y tú no”. O al menos así era cuando estaba vivo. Su nueva versión espectral era de todo menos serio.
"Coffee ghost" by bpinzini (CC BY-NC-ND)


Cada vez que pensaba en ese tema me sentía más inquieto. Se suponía que sólo yo podía verle, por lo que estaba casi seguro que se trataba de una fantasía que me debía haber inventado como mecanismo de defensa. Aún así, la promesa que me había hecho el fantasma unas horas antes no me dejaba tranquilo. “Te lo voy a demostrar” repetía sin cesar. Y así llevaba repitiéndolo yo también en mi cabeza toda la mañana.

La abuela Magda debió de darse cuenta de mis cavilaciones, pues de pronto, comenzó a acariciarme el pelo con mayor énfasis. Mientras los dedos temblorosos de la abuela se enredaban entre mis rizos y sonreía como una niña, se me ocurrió pensar que quizá la misma demencia que ella llevaba arrastrando los últimos años podría ser lo que yo estaba empezando a sufrir en ese momento. Eso podría explicar las extravagantes últimas noches que había pasado con aquel espíritu que decía ser mi padre. Aunque yo aún era joven y aquello era poco probable, me resultaba más tranquilizador pensar que estaba perdiendo la cabeza a que me estuviese visitando un alter ego del viejo al que solo interesaban las bromas, los juegos y cualquier cosa que pareciese obscena.
 
Tras un rato de caricias capilares de la abuela, empecé a sentir un fuerte hormigueo en la pierna derecha. Pensé en levantarme y estirarme un poco, pero no estaba seguro de poder hacerlo sin dar de bruces contra el suelo. Me consolé pensando que salir de aquella esquina suponía tener que enfrentarse de nuevo a las charlas del tipo “lo siento mucho” y “te acompaño en el sentimiento”, y la verdad es que no tenía ninguna gana. De hecho, esa había sido en primer lugar la razón de sentarme entre aquellas señoras ‘Rubenescas’ de pocas palabras.
 
Los minutos pasaban a ritmo de tortuga y cada vez me sentía más pegajoso. Presentía que tenía varias miradas posadas en mí, esperando como hienas a que mostrara algún tipo de dolor por la pérdida de mi padre. No se imaginaban que lo único que quería era salir de allí y darme una ducha. Así poder quitarme el olor de aquella casa y el de todos ellos. Ya había tenido tiempo suficiente para comprobar que realmente no les importaba una mierda.
 
Hasta ese día no me había dado cuenta de lo solo que estaba papá.
 
Lo que debió ser una hora más tarde, cuando ya me había resignado a derretirme en aquel sofá, me pareció escuchar el rechinar de una goma contra el parqué. Levanté la vista y encontré a mi prima Vicky devorando pastas de la mesa. Con su cochambrosa silla de ruedas, llena de pegatinas con calaveras, y su inseparable chupa de cuero, parecía la peor pesadilla de los pijos y repeinados que estaban a su lado.
"Wheelchair iceskating" by Jen Rossey (CC BY-NC-SA)


Llevaba dos años sin verla, pero estaba igual. Su pelo alborotado era algo más largo de lo que recordaba y se la veía algo más mujer, aunque ella ya se encargaba con sus anchas camisetas de disimular cualquier posible atributo femenino. En el tiempo que había estado fuera había rememorado muchas de nuestras interminables tertulias. Hablábamos de cualquier cosa. De deportes o de política. De mis amores y de sus odios. Y, por supuesto, ya que yo le sacaba cinco años, de su insaciable curiosidad con el sexo. El único tema en común era que ella siempre tenía que llevar razón. A cabezota nadie ganaba a mi prima Vicky.

Deseoso de tener una conversación algo más interesante, me decidí a levantarme de mi refugio, aún a costa de que mis piernas no fuesen capaces de sostenerme. Por suerte para mí, sólo se me había quedado un temporal cojeo, que, no sin cierto esfuerzo, conseguí disimular hasta que llegué a su altura.

    —Te vas a poner gorda si sigues comiendo así— le dije por su espalda.

Vicky giró la cabeza y me echó una mirada asesina. Tenía todas las mejillas llenas de migas. Soltó las pastas que tenía en la mano, agarró las ruedas de la silla y la giró hacia mí.

    —Si pudiera mover el pie, se iban a enterar dos que yo me sé— contestó desafiante.

    —Siempre tan adorable, Vicky.

Sus labios que habían estado en gesto serio se tornaron en una enorme sonrisa. Me agarró de la solapa y me atrajo hasta su altura mientras me daba un fuerte abrazo. Su forma de abrazar tampoco había variado. Siempre me había sorprendido la enorme fuerza que tenía.

    —Hay cosas que no cambian por aquí— dijo mientras me sostenía en sus brazos.—Te he echado de menos, mamonazo.

Allí, encorvado mientras abrazaba a mi prima, noté como el resto del salón dejaba de parlotear. Apostaba a que estaban pendientes para ver si ese momento significaba que el ‘niño’ por fin había roto su bloqueo emocional y les iba a dar el espectáculo de lágrimas que tanto esperaban. Pero al separarme de Vicky solo tenía una gran sonrisa en mis labios, por lo que muy pronto perdieron el interés en nosotros y volvieron a sus cotilleos.

Estuvimos unos minutos conversando y por primera vez en toda la mañana conseguí no acordarme del fantasma de papá, ni estar pendiente de las inquisitorias miradas.

    —Mira cómo vas, primito. Estás hecho un pincel—me miró con una enorme risa burlona.

    —¿Qué dices Vicky? ¿Cómo se supone que tengo que ir, eh?— le contesté con fastidio.

    —Nunca le había visto tan apuesto, Sir Horterius— replicó poniendo un acento tan exageradamente refinado, que tuve que contener la risa.

    —Vamos, cállate.— le dije mientras me tapaba la boca.—Estamos en un funeral por si se te ha olvidado.

    —¿Entonces por qué has venido vestido para una boda? —empezó a reírse. ¡Una de huevos cocidos para la mesa siete!

La verdad es que tenía razón. Entre el calor y lo poco que me gustaba ir así, me estaban dando ganas de quemar aquel traje.

     —Jaja, que graciosa. Yo al menos no voy de vagabunda discotequera.

Sin que me diera tiempo a apartarme, Vicky me soltó un puñetazo en el muslo.

    —¡Ayyy! Oye, que eso ha dolido.

    —Así aprendes a hablarle a las señoritas.— contestó muy digna.

La miré de arriba abajo con los ojos muy abiertos.

    —¿En serio?

Vicky puso de nuevo cara seria y bajó la cabeza algo avergonzada. A pesar de la confianza que nos teníamos, sentía que no le gustaba cuando le recordaban lo poco femenina que se veía.

    —¿No tendrías que ir a darle el pésame a la frígida de tu tía Agnes?— dijo ofendida mientras volteaba de nuevo la silla hacia la mesa.— Llévale lubricante que se debe haber quedado seca de tanta lágrima de cocodrilo…

    —Vamos Vicky, no hables así, que es tu madre. Además…
 
No pude continuar la frase. Me había quedado de piedra al ver al fantasma. Nadie más parecía poder verlo. Pero claramente estaba allí, justo al lado del ataúd, haciéndose burlas a su propio cadáver embalsamado.

    —Mierda, ha venido….


Vicky se giró tratando de ver de qué estaba hablando. Tenía, de nuevo, la boca llena de galletas.

    —¿Quiénf fa vefnido?

Ni siquiera tuve tiempo de tratar de disuadirlo; Antes de que pudiese hacer nada, la tía Agnes estaba gritando fuera de sí, mientras el fantasma se retorcía en el suelo en un ataque de risa.

    —¡Alguien le ha sacado la.... la… le ha dejado fuera…!

La tía no conseguía articular más palabras, al tiempo que sus ojos daban la impresión de que iban a saltarle de las cuencas. El resto de los invitados empezó a acercarse al cadáver. Los suspiros y los murmullos ahogaron el zumbido de los radiadores. Mientras dos de mis primos abanicaban con una servilleta a la, a punto de desmayo, tía Agnes, el tío Francis trataba de tapar con su chaqueta las ‘vergüenzas’ del cuerpo de mi padre.
A mi lado, Vicky esparcía galletas por el suelo a cada carcajada que soltaba.

Aquel fue el momento en que me di cuenta que, por desgracia, no estaba alucinando. Mi padre había vuelto y tenía ganas de pasarlo en grande.

15 comentarios:

  1. Poco te voy a decir aquí, tan solo que... Esto es muy grande, espero tener tu novela en mis manos en un futuro, si puede ser, no muy lejano...
    ¡Un abrazo compañero!

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  2. me sigue divirtiendo y gustando mucho Alejandrillo¡

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  3. Gracias Rafa por tu cariño.
    Gracias Edgar por ser uno de los seguidores más fieles y participativos del blog.
    Un abrazo!

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  4. Una situación dramática narrada con desenfado, lo que le quita peso y melodrama. Narrado magistralmente, nos introduces entre una familia que llora a un difunto, desde el punto de vista de su hijo, al que parece no importarle mucho, y se dedica a pasear entre sus familiares, presentándonos a cada uno de ellos, haciendo de la escena muy real y natural, pues cada personaje está muy bien caracterizado. Tiene momentos graciosos, como los de las dos mujeres, y algunos más gramáticos, como cuando piensa a veces en el padre; muy completo, con mucho sentimiento.
    Un saludo, Alejandro.

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  5. jajajaja, qué morbosos son los funerales! Una vez leí que el mejor lugar para ligar es precisamente un funeral! Muy divertido Alejandro, muy entretenido y con mucha realidad hipócrita familiar :) Abrazo

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  6. Muy entretenido, una familia memorable. Todos tenemos parientes similares... o bien somos un poco como tus personajes. Muy buen relato de humor pero también emotivo.
    Abrazo!

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  7. Genial!! Resulta ameno, interesante y divertido.

    De verdad no vas a escribir la novela?? :)

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    1. Gracias Julia. En principio la novela tendrá que esperar... ¡Demasiado tiempo que no tengo!
      Un abrazo.

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  8. Creí que no me iba a reír tanto después de haberlo leído antes en TR, pero cuanto más lo leo, más cosas nuevas descubro. ¡Tienes cada cosa! El final, con el soponcio de la tía Agnes incluido, es genial. Te felicito, Alejandro. Un beso muy fuerte

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    1. Que me leas más de una vez me hace sonrojar, Ana. Eres una de las personas que más me impulsa a seguir escribiendo. Te lo agradezco muchísimo. Un besazo, compañera,

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  9. No lo había leído, así que puesto el caramelo en la boca, yo también te animo a escribir la novela, saca tiempo, diviértete y sigue deleitándonos, pero más rato. Un beso

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    1. Gracias Blanca. Significa mucho que me estéis leyendo. La novela está complicadilla (la dejamos para cuando me libre de la administración...)

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  10. Vicky es realmente genial. Yo he escrito sobre personas, pero nunca he hecho algo tan complejo como crear un personaje y este lo es en todo su sentido literario. Enhorabuena y no pierdas de vista a esta chica si algún día tienes tiempo para lanzarte a la aventura de la novela, es un personaje que va a funcionar,estoy seguro.

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    1. Gracias Rafa por tu generosidad. Yo también opino que el hallazgo de este relato es Vicky. En la novela que tenía pensada (una novela de carretera con el protagonista, Vicky y el fantasma) la dejaba lucirse en todo su esplendor. Quizá algún día en el que no me de tanta pereza.
      Gracias por tu constante apoyo. Un abrazo.

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