lunes, 9 de marzo de 2015

Relatos: UN FILETE PASADO

Hace un tiempo, en el post sobre “Firefly”, os hablé de las etiquetas, y como estas nos llevan, muchas veces, a los malditos prejuicios. Desde una supuesta altura moral, tendemos a ver los defectos del otro y a pensar en que nosotros seríamos más inteligentes o más dignos ante la misma realidad.
"Untitled" by espacios.vacios (CC BY-NC-ND)

En el caso de este relato, la historia nace de mis prejuicios sobre muchos adolescentes. Tantas veces he tendido a vilipendiar a esos jóvenes que parecen desperdiciar su vida con una inconsciente decisión, y tan pocas me he preguntado cuál es su verdadera realidad, en qué piensan, qué sienten.

Con esta narración traté de ponerme en la piel de una de esas chicas que, en un momento, elige un camino, uno de esos que no tienen borrón y cuenta nueva. No sé si lo conseguí, pero os aseguro que escribirlo me hizo sudar tinta china. Tres meses liado dándole vueltas a cada párrafo, buscando la manera de seguir avanzando. Y, al acabarlo, sentí un vacío enorme, pero, al mismo tiempo, supe que se acababa de convertir en mi relato más preciado. No sé si será el mejor que escrito, pero, por ahora, es al que tengo más cariño.

 Espero que lo disfrutéis.

Un filete pasado               Escrito en septiembre de 2014

 Mil gotas húmedas flotan en el aire…

Jennifer frota fuertemente el espejo con una toalla sucia. Los restos de pasta de dientes se hacen a un lado y la joven contempla su cuerpo desnudo entre el vapor. Desde hace años, cada vez que sale de la ducha, casi como si fuese un ritual, deja caer la toalla y se detiene unos instantes a contemplar su reflejo. Cuidadosamente se aparta con los dedos un mechón rubio de la cara y abre muy despacio sus párpados, maquillados de perenne violeta. Se gira despacio y recorre con la mirada su cintura, mientras imagina que, tras el cristal, un amante la devora con los ojos, deseando engancharse a sus caderas. Se muerde los labios y se le escapa una risita. Es el momento que más le gusta del día.

Con el vapor envolviéndola en una suerte de sueño libidinoso, le vuelven a la memoria las miradas de los años de instituto. Se acuerda del empollón de Mateo, que empañaba sus gafas cada vez que ella se acercaba, contoneando el trasero, en busca de alguien que le hiciera los deberes. También recuerda cómo la escudriñaban las otras chicas, los ojos llenos de puro veneno, esperando el más mínimo tropiezo del que sacar tajada. Aunque eso nunca le había importado. Jennifer sabía que la mayoría de ellas sólo le tenían envidia, y hasta le daban un poco de pena, con sus culos fofos y caídos. A lo más que podían aspirar era a un polvo rápido con alguno de los patanes del barrio y, si tenían suerte, a que les ofrecieran el asiento trasero del coche en vez del habitual aparcamiento del centro comercial.
En cambio, ella no tenía que conformarse con esos perdedores. Ella tenía al Rober, que la sacaba de clase y la llevaba en moto de un lado a otro de la ciudad a cambio de un buen magreo. Era verlo, y se le olvidaban todas las miserias del día. Su madre le había recriminado desde un principio que anduviese con un tipo mayor que ella. Pero que iba a saber, todo el día dormitando en el sofá como una morsa anestesiada. Nunca podría imaginar la sensación que daba ir a toda velocidad, el viento contra la cara y, en cada semáforo, notar las manos que jugaban con su falda, acompañadas de unos besos que hacían que te olvidaras de respirar.
Al tiempo que se humedece los labios, se pregunta cuánto tiempo hace que no monta en moto. Un suspiro se escapa de su boca y empaña de nuevo el espejo.

Mientras que la neblina comienza a evaporarse y sus curvas se hacen más visibles, el sueño se desvanece y siente un ligero escalofrío. Poco a poco, la excitación que recorría su cuerpo va despareciendo y una ligera angustia le baja por la garganta. Sin la fantasía que escondía la bruma, su imagen se muestra ante ella, inquisidora. Y es que, a pesar de que aún se considera atractiva, tiene la desagradable sensación de que su cuerpo no es el de antes. Las tetas todavía se mantienen firmes, aunque las estrías han empezado a hacer acto de presencia. Para colmo, las caderas se le han ensanchado y la piel, antes dorada como el trigo, parece que lleva años sin ver la luz del sol. Y luego, bajo el ombligo, está la maldita cicatriz, como un espadazo. Su culpa, que recuerde. Cuando ve la marca desea volver a tener diecisiete. Con veintitrés ya se siente una vieja.

¿Y cómo no sentirlo? Ya ha pasado demasiado desde que el Rober le hubiese prometido que tendrían una preciosa cabaña en “Zahara de los atunes”, el único sitio con “mejores playas que las del Caribe”. Esa última noche, en lo alto del mirador, con miles de luces a sus pies, se habían despedido sobre el asiento de la moto. Apretado contra su pecho, él le había susurrado que conocía unas calas desiertas de arena más suave que una alfombra y que allí podrían nadar desnudos cada mañana y follar como locos cada noche.

El recuerdo pegajoso del cuero bajo sus nalgas le parece ahora tan cercano que casi puede oler la gasolina de sus manos y sentir su respiración entrecortada en la nuca. "Sólo una maleta, canija", le había dicho. "Una maleta y te olvidas de todo".

Con las palabras aún resonando en la cabeza, aturdida y mareada de recuerdos, aparta la vista del espejo, va directa a su habitación y abre el armario. Está lleno de la ropa que coge de la tienda donde trabaja a media jornada, justo cuando la encargada mira para otro lado. Acelerada, comienza a revolver entre los vestidos. Primero mira uno verde, “demasiado atrevido”, luego uno rojo, “demasiado juvenil”. Frustrada, cierra el armario con un portazo. Hoy tampoco le apetece ponerse nada. De entre una pila de ropa arrugada que hay sobre la cama, coge un chándal oscuro y se lo pone a toda prisa, ocultando sus curvas bajo las arrugas de la amorfa prenda.

"living a little in b/w" by Mary Moon (CC BY-NC-SA)
Se recoge el rubio oxigenado en una coleta, a la vez que un hilillo de agua se desliza desde su pelo a la alfombra. “Una alfombra que en nada se parece a un tapiz de arena”.



Cien gotas inquietas chisporrotean en la sartén…

Jennifer voltea el filete por tercera vez. Pero no hay manera. Por mucho que lo tueste, no va a hacer que tenga mejor pinta. El trozo de carne sigue mostrando, amenazante, un mapa de nervios blancuzcos que se resisten a desaparecer, pese a que el resto ya parece una roca de carbón. Lleva un rato pensando que hubiera sido mejor idea hacer algo de arroz o pasta. Pero siempre le ha dado pereza la olla. La sartén es mucho más rápida. “Además, el renacuajo se lo come todo, que para eso es un cielo, el pobre.”

El sonido del aceite hirviendo se entremezcla con el rugido que provoca la tormenta. Lleva horas lloviendo y el cielo gris pizarra no tiene ninguna intención de clarearse. En días como éste, Jennifer tiene la sensación que cada gota cae sobre ella, haciéndola sentir más y más pesada. A veces se pregunta si no sería mejor que todo se hundiera bajo toneladas de agua, como en la Atlántida. Quizá así ella podría convertirse en una sirena, de esas de cola brillante y pechos ingrávidos. No tendría que lidiar con filetes, ni chándales viejos. Además, tendría libertad para ir a donde quisiera, sin pared que la encerrara. “Para ir nadando hasta Zahara, a las playas como alfombras”.

Un trueno cual traicionera puñalada la saca de sus pensamientos. El olor a quemado la hace recaer de nuevo en el filete. La chica arruga la nariz; preferiría el aroma de un cigarrillo. Poniendo cara de asco, pincha el trozo de carne con la esperanza de que el tenedor se hunda, pero ya se ha quedado duro como una piedra.

- ¡Chito, vente a la mesa!

Desde el pasillo, se escuchan unos pasos en carrera, y, tras unos instantes, un niño de unos cinco o seis años aparece en la puerta de la cocina. Tiene los rizos todavía mojados y lleva el uniforme azul del colegio.

- Mamá – ríe el niño divertido– ¡Qué te has equivocado otra vez, que me llamo Nachito!

Ella pone los brazos en jarra y lo mira desafiante.

- Y a ti se te ha olvidado que yo te puse el nombre, y te puedo llamar como me dé la gana.

El pequeño pone cara seria mientras mira al suelo enfadado. Jennifer se agacha para ponerse a su altura y le coge la barbilla con suavidad.

- Si lo prefieres te puedo llamar alcachofa, o lechuga, o
"539" by Caroline (CC BY)
cualquier verdura que se me ocurra.


- Vale – contesta derrotado – Pero mami, cuando cumpla siete años y ya sea grande me llamas Nachito, ¿Vale? Que si me llamo Chito, no soy elengante, y Candela se ríe de mí y no va a querer ser mi novia…

La joven asiente y el niño enseguida vuelve a sonreír. Ella se incorpora y comienza a servir la comida en la mesa. “Menudas salidas que tiene el renacuajo”, piensa jocosa.
Durante un instante se queda mirándolo con satisfacción, pero, casi al segundo, la sensación de angustia vuelve a aparecer y tiene que apartar la vista. Siempre le pasa lo mismo cuando lo observa. Chito tiene las greñas oscuras y los ojos grandes y avispados de su padre. Le recuerda tanto a él, que a veces le resulta difícil mirarlo. Aún duele. “Sólo una maleta, canija”.

Se muerde el labio inferior con fuerza para no pensar en ello. Nerviosa, saca un cigarrillo del cajón de la mesa y lo enciende con premura. Ha perdido el temple y sus dedos se agitan a cada calada. Ya nota el picor de los ojos que va en aumento. Cada maldita vez lo mismo. Le gustaría poder llorar un río entero, pero nunca consigue ni una sola lágrima. A lo más que llega es a sentir un terrible dolor de barriga al imaginarse tostada en la playa, observando al Rober a través del humo de un cigarrillo.

- Jo – lloriquea el niño – Otra vez filete no, mamá.

Jennifer lo mira con hastío. Temblorosa y apoyada contra la mesa, parece que fuera a desplomarse en cualquier momento.

- Sí, Chito, otra vez sí. – contesta con voz cansada – Y cómo te pongas a lloriquear te comes el mío también.

Al escuchar a su madre, el chico deja de inmediato de balbucear y agarra los cubiertos. No sin dificultad logra cortar un trozo y llevárselo a la boca. Una mueca desagradable se dibuja en su cara mientras trata de masticar.

- Mami, ¿tú no vas a comerte el tuyo?


- Estoy esperando a que tú acabes. Además, no te quejes tanto. Cuando tú hagas la comida, hablamos…

Se lleva el cigarrillo a la boca y absorbe con fuerza. “Cómo me gustaría soplar y que el humo lo borrase todo”.

- ¿Y si hago yo la comida puedo hacer pizza? – pregunta el niño ilusionado.


- Pizza y hamburguesa, hasta que nos pongamos como vacas.


- ¡Qué guay! – exclama con la boca llena - Mañana le digo a la seño que me enseñe a cocinar.

Jennifer deja escapar una sonrisa. El chico tiene su encanto.

- Oye, mamá – continúa Chito – He escribido una redanción para llevarla mañana al cole. ¿Te la puedo contar?


- Me la lees cuando acabes. Qué se te va a quedar helado.


- No importa. Frío está menos malo.

La chica mira al pequeño y luego al plato. No cree que ni frío ni caliente eso esté comible. Siente un ligero hormigueo en el estómago cuando ve que su plato aún está entero.

- Bueno, de acuerdo. – suspira – Pero léela rapidito, que ya es muy tarde y todavía tienes que acabar.

Chito pone cara de felicidad,  y, de un salto, sale corriendo por el pasillo. Unos segundos después vuelve con un par de folios escritos con letras muy grandes y torcidas. En letras de color destaca el título, ‘Mi familia’.

- Ya la tengo, ya la tengo – grita el niño dando saltitos. – Me ha quedado súper larga.


- Entonces será mejor que empieces – replica Jennifer con cierta pereza.

El chico asiente y se pone muy serio. Muy erguido y con las hojas en alto comienza a leer a trompicones:

“Mi familia.
Mi mamá tiene el pelo amarillo muy clarito y es muy alta, pero no tanto como el papá de Darío. Yo papá no tengo, pero mi mamá dice que sí, y que es el más guapo del universo.
Mamá hace la cena cuando vengo del cole, y más de noche me cuenta un cuento. Cuando se enfada no me cuenta un cuento, y dice que es porque no me portao bien, pero yo me porto bien, pero ayer he rompido un vaso con el balón y mamá ha gritado mucho. Mi amigo Darío dice que su mamá le grita porque su papá es malo, y yo le digo que el mío no es malo, es el más guapo del universo.
Me he pedido a los reyes un perro feroz, para que sea también de mi familia y jugar a guerreros galásticos y que ataque a los ladrones.

"Writing" by Marin (CC-BY)
Mi agüela es muy gorda y no viene a casa. Mama y la agüela se dan muchos gritos y la agüela llora mucho y dice que mi papá es malo y mi mamá es tonta. Pero la agüela no dice verdad, porque mi mamá es muy buena, me regala una Nintendo y un balón. Yo quiero mucho a mi mamá y es la mejor del mundo-mundial.”

Diez gotas tibias bajan por sus mejillas….

- Mamá, ¿Qué te pasa? ¿Estás triste?

Jennifer se seca los ojos humedecidos con la manga del chándal.

- No, que va, renacuajo – dice con una risa nerviosa.


- ¿No te ha gustado mi redanción? – pregunta el niño muy apenado.


- Claro que sí, claro que sí. – trata de sonreír – Es muy bonita, Chito.  ¿La has hecho tú solo?

El pequeño asiente enérgico y sonríe mostrando la dentadura mellada.

- Yo solito. Ningún niño más.

Jennifer nota las lágrimas luchando por escapar de nuevo. Hace tanto que no tiene esa sensación que no sabe cómo reaccionar. Se nota la nariz acuosa y la respiración acelerada. Antes de perder la compostura, se limpia los ojos con el dorso de la mano y se acerca al chico.

- Sí que estás hecho un ‘champion’. – le dice revolviéndole el pelo. -  Anda, vete a traerle a Mamá una pastilla de las del cajón, que le duele la cabeza.


- No te preocupes mami, - le contesta mientras le acaricia la mejilla-  que la traigo con mi supervelocidad.

En cuanto el niño sale por la puerta, Jennifer agarra el plato y se lo lleva. Mira el filete, todo chamuscado, y siente ganas de vomitar. Sin pensarlo, abre una ventana y lo lanza con fuerza al vacío. Un golpe de viento le devuelve el gesto, inundando su cara de gotas de tormenta. Con la cara empapada, empieza, por fin, a sentir cierto alivio. Nada distingue ya sus lágrimas de la lluvia.
Dejarse llevar…

"Una maleta y te olvidas de todo"
“Ya vengo cargada de equipaje”

Una gota hirviendo salta del cazo…

Los granos de arroz revolotean al tiempo que Jennifer los mueve constantemente con una cuchara de madera. Su rostro, con los ojos hinchados y las mejillas pálidas, muestra síntomas de agotamiento. Aún así, en su expresión se intuye serenidad.

En la mesa, Chito sonríe de oreja a oreja. Tiene los cubiertos agarrados con fuerza y con ellos tamborilea impaciente sobre el plato. Su madre se gira hacia él.

- Tranquilo, renacuajo, que esto ya sale. – le dice comprensiva. – Que en palacio, todo va despacio.


- ¿en pala... qué? – pregunta el niño confundido.


- Nada Chito, que nada nos vamos a poner las botas.

Jennifer  vuelve a girarse hacia el cazo. Sus labios, resecados por las lágrimas, se doblan en lo que parece ser una pequeña sonrisa.
Durante un instante, la joven se sorprende preguntándose qué tal serán los colegios en Zahara.

Y mientras, afuera, no para de llover.
  

"Zahara de los atunes" by Yuki* (CC BY-ND-SA)

10 comentarios:

  1. Puro y duro como la vida misma. Un relato duro de leer, por la situación, a la vez triste, sin embargo me ha parecido súper hermoso. Etapas de la dichosa adolescencia. Yo apuesto por la de ahora, tengo fe en ella, esperemos que tomen y escogían el camino correcto, para que en un futuro, no lleven acuestas ciertas consecuencias.
    Me ha encantado. Normal que le tengas cariño.
    Un fuerte abrazo.
    Gracias por compartirlo.

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  2. Qué puedo decirte, Alejandro, excepto que me parece un relato absolutamente maravilloso. Está muy bien escrito, es ameno, se hace interesante y la historia es conmovedora. No conozco tanto tu obra como para saber si es o no lo mejor que has escrito, pero que para mí ya eres un escritor como la copa de un pino, eso seguro!!

    Un abrazo y mi más sincera enhorabuena :)

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  3. Increíble fotografía, puesta en escena y profundidad de los personajes, una maravilla de relato que provoca una empatía instantánea y compleja, se percibe el alma de la protagonista y la del propio autor en cada estrofa, por su intento, totalmente logrado, de adentrarse en la piel de una joven madre que sin rencor, no olvida. Dolor y desilusión, una mezcla de resignación y esperanza.
    (Parezco un puto crítico de cine)
    Un abrazo Alejandro!

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    1. Perdona Federico, no sé que ha podido pasar, pero me aparece tu comentario borrado y no puedo recuperarlo. Mis disculpas.

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  5. Gracias de verdad a los cuatro por dedicarme vuestro tiempo. Nos seguimos leyendo.

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  6. No me extraña que sea uno de tus relatos favoritos, Alejandro. Mira que lo conocía, pues este Chito me ha dejado un nudo en la garganta. No sé qué más decirte excepto que me quito el sombrero ante ti. Un abrazo y mi admiración

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    1. Gracias Ana. La admiración es mutua. Un enorme abrazo.

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  7. Alejandro
    Este es el primer relato que te comento en tu sitio. Ya te lo he comentado en otro lugar pero de ahí ha desaparecido porque esa es otra historia.
    He querido que fuese este el primero porque es el que más me ha sensibilizado de todo lo que te he leído, el que más me ha conmovido.
    Tanto con Jennifer como con el niño has logrado crear dos personajes entrañables, pero de los dos el que me ha parecido de una elaboración magnífica es el de ella, es por eso que entiendo que te haya llevado mucho tiempo y trabajo.
    Mira, te cuento que Pablo Ramos, que es un escritor de los más conocidos y talentosos de mi país, de los que yo más admiro, en un escrito muy corto dice que "Hay que escribir horas y horas y si al terminar cada página uno siente que se ha quedado vacío...es que vamos por buen camino", frase que se parece mucho a lo que dices haber experimentado al escribir este maravilloso texto. Te lo cuento porque me parece que por ese lugar común deben transitar los grandes escritores como tú, que ponen toda su alma sobre el papel, hasta las tripas.
    La elaboración de los sentimientos y tribulaciones que la embargan a Jennifer, que es la columna vertebral del relato, la has dejado plasmada de forma tal que uno no puede dejar de estremecerse con el dolor de ausencia que la aqueja, con los recuerdos que no la abandonan hasta el fin de la historia.
    Con la aparición del personaje del niño le has agregado una dosis de candor que amplifica los recuerdos que acosan a su madre, con esas palabras mal escritas, con ese diálogo magnífico a la hora de comer.
    Van mis felicitaciones para tí por esta estupenda narración digna de figurar en una antología. Has logrado un excelente trabajo. Un gran abrazo!

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    1. Mil gracias Ariel por tus cariñosas palabras.

      Sin querer entrar en el escabroso tema del otro lugar, sólo decirte que han desaparecido de la vista de otros, pero yo guardo tus comentarios y los de los demás en el ordenador, como un tesoro que son. Yo no quería quitar mis relatos del lugar, pero tras algunos ataques a compañeros me veía en la responsabilidad de hacerlo.

      Yendo ya al texto, me alegra mucho que hables tan bien de Jennifer. Sobre todo porque, aunque los jóvenes de todo el mundo se parecen, quise con ella retratar un estereotipo de chica joven que se da mucho en España (el nombre tampoco es casual). Y es que aquí me cruzo mucho con casi adolescentes con niños a cuestas, sin perspectivas de futuro, a las que la vida les ha dado un mordisco a la ilusión. Son chicas que por inquietudes o simplemente frecuentar diferentes círculos no he llegado a conocer demasiado, pero siempre me he preguntado como deberían sentirse, porque si hay algo que noto es que, probablemente por haberles venido todo más rápido, es que aún siguen siendo muy niñas, nunca terminaron de crecer. Por eso es normal que aún sigan sintiendo la ingenuidad del primer amor (aunque el tipo sea un capullo) y la esperanza de un futuro brillante que llame a su puerta.

      Me congratula, por tanto, que haya conseguido transmitirte con este relato. Al final, escribimos para conectar con los demás, tú me presentas a tus personajes para que yo les coja cariño y yo hago lo mismo.

      Me encanta verte en el blog. Un gran abrazo a tí también.

      Y gracias!

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